viernes, 11 de septiembre de 2026

EL BUEN GOBIERNO




No necesariamente ha de cumplirse eso de “Quien no está conmigo está contra mí”, ni tampoco ha de levantarse un muro para evitar al contrario y negar su existencia. Porque quien así procede está provocando el enfrentamiento y la división, la crispación, el rencor y el odio, sujeto como está a una situación de cambio o alternancia en su ubicación predominante. Mejor afirmar que quienes son capaces de acordar y quienes cooperan juntos son más fuertes y capaces de alcanzar cimas de paz y progreso superiores para quienes en ellos han depositado su confianza. 





Ay de quienes dividen a los pueblos y los conducen hacia el enfrentamiento fratricida, fomentando el odio entre hermanos. Ay, de los incapacitados por el rencor, porque él los convierte en líderes inservibles para afrontar el futuro, que ha de ser de paz y de perdón, de superación y de fortaleza en la unión por alcanzar unos objetivos comunes que beneficien a todos. No hay lugar para la revancha en los pueblos llamados a significar algo en el orden mundial. Los bloques están llamados al enfrentamiento y lo que fomenta el desarrollo de los pueblos es la cooperación mutua que enriquece a las partes de forma compensatoria o igualitaria. Y ay de quienes se consideran predestinados o elegidos de por vida para guiar a los pueblos hacia el futuro, porque se invistieron a sí mismos de tal condición y se incapacitaron para tener en cuenta las aportaciones de los demás, permaneciendo adheridos al sillón del regente considerándolo propio.





El buen gobierno exige soluciones a los problemas del presente, pero también ha de proyectarse sobre el futuro pensando en las nuevas generaciones que han de llegar y habrán de heredar el mundo dejado por las anteriores.                                                                        

                                                                         José Antonio Sáez

jueves, 3 de septiembre de 2026

SEDUCCIÓN DEL COLIBRÍ

 

 



Cada amanecer, el colibrí revolotea y hace requiebros de amor ante la flor más hermosa jamás vista. Se acerca a ella envolviéndola en mil galanteos, hasta que logra seducirla en el instante en que abre sus pétalos deslumbrantes al sol y a su galanura de hidalgo diminuto, mensajero de los primeros rayos del astro rey. Se aproxima a ella con el temor y el temblor del tímido adolescente enamorado y besa sus pétalos aguardando un instante su reacción. 




Como ella se deja hacer y le ofrece su más íntimo néctar, su polen más selecto, abre audaz el alfanje de su pico y con él lanza su lengua para absorberlo dulcísimo; instante en que el colibrí y la flor son uno, en fusión perfecta, retornando de nuevo al origen del mundo y su incontaminada belleza. Jamás un ave sedujo a una flor como el colibrí descendido del arco iris y, con él, en sus plumas y en la vibración de sus alas que aletean nerviosas, le entrega a la flor el irisado arco y ella, a él, su hermosura extinta, tal la novia al novio el día de sus bodas. 




Nunca exhibió una flor tanta belleza como aquella que ofreció sin vacilar su más preciosa esencia. Jamás un ave tan leve se elevó con tal gracia y quedó suspendida en el aire, levitando absorta ante el esplendor efímero de la belleza y la muerte, como el pájaro que deja abiertas sus alas, tal el Cristo crucificado sus brazos. Y al final no se supo si fue el colibrí el que sedujo a la flor o fue ella la que lo sedujo.

 

                                            José Antonio Sáez.

 

 

jueves, 11 de junio de 2026

EUCARISTÍA.

 





La carne está sujeta al dolor como la rueda al carro, o como la soga al cuello del ahorcado. Decir carne es decir dolerse, por lo que no hay carne viva sin dolor. No te engañes, mortal, donde hay carne hay algo de placer y mucho dolor. Donde hay carne hay sangre y hay vida. Nadie hay que no se pinche un dedo y no le salga sangre. Donde hay sangre hay también dolor y pasión. Cada ser humano es un viático y recorre su particular Vía Dolorosa cargado de materia, comido por las moscas que acuden al sudor y a la sangre que mana o que se seca. Descalzo, hincándose las piedras y cargando con tan pesada cruz que hunde a quien la porta. Lo hace caer a tierra dañando seriamente sus rodillas con los guijarros puntiagudos de la rúa arenosa. ¿Quién hay que no se duela al paso de la carne andante cargada por el peso de su propia materia y con muecas de espantoso dolor enrojecidas por la sangre que resbala goteando?




No creas que la carne rehúye el dolor, el cual permanece en ella agazapado o más o menos manifiesto. Y eso que es polvo enamorado, pegajoso polvo al mezclarse con sangre. Es lo que saben muy bien las moscas que acuden ventajosas al festín del crucificado, que es carne, que es materia y sangre, rojo líquido que la riega y conforma. En la copa que te da a beber la vida hay sangre, que no vino, y en el pan, hay carne doblegada, amordazada, vacilante. No puedes renegar de ella ni negarte a beberla, a probar del bocado que se te ofrece con diligencia. No, si quieres que la carne y la materia se remonten sobre la mísera realidad cotidiana o el féretro a donde han de depositarse. Viene y va el mortal humano doliéndose, retorciéndose, por la calle pedregosa que hace sangrar sus pies descalzos. Va y viene el Hijo del Hombre con su corona de espinas, valiente rey de quienes lo vitorearon y de las multitudes que aclamaron su nombre. Nadie hay que pueda sanarle de sus múltiples dolores que son muertes, heridas de fluyente sangre. Será quizá, al menos, entregado a su Madre para que cierre sus ojos o sea Ella quien reciba el último aliento del Varón de Dolores exhale sobre su bello y tocado rostro.


                                           José Antonio Sáez Fernández.


sábado, 18 de abril de 2026

NUEVOS NAUFRAGIOS.

 




Cuando entendió que había iniciado el tramo final de la partida, pidió a la vida que le permitiese vivir con la esperanza de acabar sus días junto a aquellos que lo arroparon con su afecto y, a ser posible, que ellos mismos cerraran la pesada cortina de sus párpados para que no pareciese que hubiera deseado continuar mirando el mundo. En realidad, éste había dejado de interesarle hacía bastante tiempo, cuando comprendió que le traía sin cuidado un ser humano más o menos inútil. Apenas en su memoria retenía cuanto de sí había ido entregando a lo largo de su vida y se le antojaba, una vez pasado que, aunque en su momento el devenir se le hacía muy cuesta arriba, al presente no guardaba más que un lejano dolor que le punzaba en ocasiones como algo que vaga entre la niebla y solo, si te tocas o te tocan, duele. “La vida es un dolor”, dejó escrito el poeta, mas no hay mal que cien años dure ni dolor que se prolongue por tanto tiempo. La memoria tiende al sueño y el sueño de la memoria bien pudiera ser el olvido. Niebla al olvido. Ese estar y sentirse cansado, tan cansado que no se tienen ganas ni de pensar e incluso desecharlo, pues hasta eso desgasta la menguada energía que aún resta en la memoria. Era algo parecido a dejarse llevar plácidamente por manos expertas o por el fluido de las aguas que buscan espaciosamente el mar en la desembocadura o en el estuario del río. Entregarse. Abandonarse. Rendir las armas. Darse por vencido y reconocerlo. Estar exhausto. Y cerrar los ojos.




Cuando ya las fuerzas lo habían abandonado y ya no había lugar para él ni en la casa ni en las aceras, pues era una carga para sus semejantes y deseaba aliviarlos de esa carga que él mismo suponía y sentía que era, totalmente dependiente de la bondad, la obligación moral o la profesionalidad ajena se dispuso a aceptar que su tránsito habría de estar cerca.




Mientras el mundo gira y la vida sigue, el ciclo existencial de alguien se ha detenido. Un continuo naufragio la vida, del que quizás salgas a flote y, con suerte, seas avistado por alguna barcaza que erraba por los mares. Todo ser humano viene a este mundo a cumplir una misión, que está enfocada siempre hacia los demás. Somos imperativamente solidarios, lo queramos o no. O nos salvamos todos o nos hundimos todos.

 

                                        José Antonio Sáez Fernández.


sábado, 4 de abril de 2026

LOS SANTOS INOCENTES

 




                                                          A Manuel Moya

 

Esos que estiran el cuello como aves zancudas y se creen diferentes al resto de los mortales porque dicen que su sangre es ligeramente más roja que la de los demás (y ello es signo de pedigrí); los que sonríen constantemente y alardean de signos de distinción, como sus autos, sus mansiones, sus ropas y sus carísimos complementos (zapatos de tacón, bolsos de mano, cinturones, guantes, chales, joyas, perfumes, costosísimas cremas de maquillaje para ocultar las arrugas y otros desperfectos de la piel visible e invisible); esos, digo, son los que creen que heredarán la tierra porque ya es suya y está escrita a su nombre por el señor notario y el registrador de la propiedad. Esos ignorantes que no caen en la cuenta de que sus signos de distinción escandalizan a quienes duermen al raso, a quienes visten de harapos, a los que andan sucios y mendigando con un perrillo por las aceras de la gran ciudad, los que extienden su mano echados sobre los escalones, a las puertas de los supermercados, y muestran unos céntimos de limosna generosa entre sus dedos ennegrecidos y sus uñas aún más negras, los que mueren aplastados bajo el estruendo de las bombas o viven en condiciones miserables que abochornan a los animales más reacios a asumirlo… 




Piedras de escándalo para ser lanzadas sobre los desamparados del mundo que, a no tardar, habrán de abrir los ojos a la cruda realidad de sus abusos; señoras de abultados abrigos de pieles suavísimas, caballeros de trajes impecables cortados a medida que beben burbon o jerez en copas labradas con listas de oro fino, mientras comprueban que van viento en popa sus negocios. Todos ellos socios del muy exclusivo club donde juegan al golf o al bacarrá, al par que ellas comentan los últimos escándalos de amor o de adulterio perpetrados por conocidos y conocidas de tan elegante clase y mayor fortuna, proporcionando la más dolorosa humillación y el más bajo deshonor al orgullo, si no a la soberbia, de sus más íntimos congéneres. Señores que, al amanecer, se baten en duelo para defenderlos, eligiendo las armas con que batirse, tras recoger el guante que los ofende al cruzarles el rostro con desprecio.




Los aplastados por sus botas camperas en días de caza a través de sus fincas y dehesas, los santos inocentes como Azarías y su milana bonita, Los hijos de Régula y Paco el Bajo (la Niña Chica, Inés y Quirce).  Y otra vez Azarías pidiendo a Régula que le deje tomar entre sus brazos a la Niña Chica como si fuese un Cristo yacente y recién descendido del madero, disparando al señorito que le acaba de matar por simple juego a su milana bonita. Quirce, visitando en el manicomio a su tío Azarías y éste tras el cristal soñando en la libertad del aire… 




Ese que se orinaba las manos para que no se le agrietaran y entre las cuales sostiene ahora a la milana muerta, tal y como si le hubieran arrancado a él la piel a tiras. Azarías, Paco el Bajo y Quirce, agitando el cimbel, el señuelo que atrae a las palomas para solaz del disparo del señorito Iván.


                                     José Antonio Sáez Fernández


lunes, 9 de marzo de 2026

JESÚS CALLEJA

 



En contadas ocasiones, la programación de televisión tiene verdadera vocación de servir a los intereses de la sociedad y la ciudadanía. Tal me parece a mí ocurre con el problema sobre la despoblación de los núcleos rurales en amplias comarcas de nuestro país y el programa “Volando voy”, del montañero, aventurero, presentador y conductor del mismo, Jesús Calleja, que se emite por la cadena Cuatro. Calleja tiene un excelente sentido del humor y además derrocha empatía, inteligencia y don de gentes por los cuatro costados, de manera que conduce el programa magistralmente, ganándose el favor y la confianza de cuantas buenas gentes del mundo rural se convierten en protagonistas y estrellas del universo mediático, gracias a la magia, ahora sí, de la televisión.




Siendo él mismo quien capta las posibilidades de sus protagonistas extrayendo de ellos el máximo de su expresividad y riqueza, tanto profesional, como personal y humana; dirige conduce y determina el rumbo de la historia que narra en sus programas realizados a lo largo de todo el territorio peninsular, con inusitada diligencia y profesionalidad. No dudo de que estos, a sus programas me refiero, no sean resultado de la colaboración de todo su equipo, pero quien sabe dar alma y convertir en arte aquello que constituye su objetivo no parece ser otro que el mismo Calleja, que derrocha empatía, profesionalidad y humanidad en todas sus actuaciones, con un raro don de captar la enjundia de cada personaje, que atrae hacia sí mismo con la fuerza de un imán. Algo hay de improvisación inteligente en este presentador y coprotagonista, algo de estrafalario y bien traído siempre al medio televisivo que domina, como el vuelo de su helicóptero en el que pasea a algunos de sus protagonistas que sucumben fascinados ante la magia del vuelo alrededor de núcleos rurales rodeados de un paisaje fascinante que nos inclina positivamente a amar, aún con más ahínco y dolor, todas las tierras y lugares de la geografía peninsular que recorre.




Ríen con él y sus ocurrencias los comarcanos de los núcleos rurales que visita, pues no en vano el humor es uno de los componentes de su personalidad y del programa que tan acertadamente conduce. No hay pueblo por donde pase su equipo donde no deje claro un mensaje y una invitación con intención de evitar a toda costa la despoblación rural, el arraigo de las gentes a los pueblos y las posibilidades de futuro que poseen; a pesar de que, seguramente, sea muy consciente de que en ellos esas oportunidades de vida y futuro son muy escasas, tanto como las limitaciones en las oportunidades y servicios que ofrecen a las nuevas generaciones que se ven forzadas a abandonarlos.




Jesús Calleja conjunta voluntades y crea conciencia de arraigo allí por donde otea con su helicóptero los núcleos rurales que visita, sacando el mayor provecho de paisajes y personajes, de posibilidades y realidades, dejando a los habitantes de los mismos con una sonrisa en los labios y una esperanza luminosa en el corazón. Porque ama a sus gentes y le duele el estado de abandono de esa España rural a que, el desgobierno y el desacierto de las políticas de quienes rigen los destinos de este maltrecho país de nuestros pecados y nuestra abulia, nos han conducido.

 

                                                        José Antonio Sáez Fernández


lunes, 2 de marzo de 2026

AFORISMOS DE LA NADA

 



 

1 En la nada hay algo que ni la vista ni la razón alcanzan, pero que está ahí, palpitando.

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2 En la paradoja, del enfrentamiento de los contrarios puede saltar la chispa que ilumine al perdido en la nada.

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3 Hubo una nada inaprehensible en el origen y puede que haya una nada fecunda en el final.

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4 El ser y la nada. Te contradices: de paradojas aparentes e inevitables está hecha la vida.

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5 La nada es un mar navegable: el mar de la intranquilidad, el cuestionamiento y el desasosiego.

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6 ¿Qué es la nada? La nada no es ¿o es algo? Puesto que tiene nombre, puede ser un concepto o una realidad que no podemos aprehender.

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7 No es nada… Pero duele. La nada eres tú y piensas.

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8 La nada es lo que no aciertas a definir por tus límites, no por los suyos.

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9 ¡Nada, nada, nada!… Para no ahogarte.

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10 Nada que no pueda resolverse o quizás nada que no quieras resolver.

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11 La nada es el muro donde vienen a estrellarse los talentos.

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12 Discurres en la nada y por la nada como por un río pantanoso y no navegable. Mas, te adentras en él como en una espesa niebla.

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13 No me digas nada de la nada. La nada es la de cada cual, y sin embargo…

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14 ¿Teorizas sobre la nada con hipótesis o son certezas?

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15 Son solo cuatro letras las que forman su nombre y no dicen nada.

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16 ¿A quién revela la nada sus secretos? Fustiga tu mente, aunque no diga nada.

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17 En el barco de la nada, por la laguna Estigia, Caronte hace sonar sus monedas que tintinean al son de la nada.

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18 Sin fe, no puedes ir hacia la nada. Para ver en la nada hay que estar ciego o no ver nada; pues la nada se extinguió en el instante mismo del alumbramiento del ser.

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19 Lo no tangible se revuelve contra la razón y ella hunde furiosa sus puños en la nada del aire.

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20 En su travesía del desierto, erigieron un pedestal a la diosa de la nada y ella les prometió conducirlos hasta la inexistencia.


                                                   José Antonio Sáez Fernández

 

 

 

viernes, 30 de enero de 2026

"EN PIE, CON EL PUÑO EN ALTO"

 




Tú no estás dispuesto a enterrar el hacha de guerra. El rencor, la desconfianza y la ceguera te han llevado a encerrarte en ti mismo y en tus posiciones. La intransigencia se ha apoderado de ti y eres el inamovible. Prefieres la hecatombe antes que ceder un ápice en tus ideas. Eres demasiado arrogante, demasiado orgulloso y hasta soberbio. Tus enemigos no son los otros: eres tú mismo quien se ha cerrado a dar pasos de entendimiento hacia la opinión divergente. Has cavado una trinchera, has levantado un muro, has colocado alambre de espino y cristales rotos en lo alto del muro, has minado cualquier punto de acercamiento, has quemado las naves para hacer imposible cualquier tipo de regreso a la concordia. No tienes interlocutores porque te has negado al diálogo y has decido romper la baraja, sin ser consciente de que, con ello, negabas un futuro de paz y esperanza para tus descendientes.




El rencor es la antesala del odio y el odio oculta las garras incontrolables del desenfreno y la locura. Si es colectivo, lleva a la catástrofe. La crispación es la antesala del rencor y predispone tanto al mismo rencor como al odio, y el odio pudre los corazones de los seres humanos arrancando de ellos lo único bueno y de valor que poseen: la solidaridad, el hermanamiento, la justicia, la paz y todo aquello que es imprescindible para el desarrollo de los pueblos y la preservación de la vida. No dejarás que el otro se vaya de rositas, te las ha de pagar muy caro: “La venganza es de los fuertes -te dices-, y de los valientes”. La razón de la sinrazón y el ofuscamiento. La torpeza suprema. Inquebrantable e incólume, has puesto todas tus capacidades al servicio de la crispación y el enfrentamiento. Y has colocado a la sociedad, con los de tu cuerda, al borde del caos.

 

                                    José Antonio Sáez Fernández


Nota: "En pie con el puño en alto" es el nombre de la mujer blanca (la actriz Mary McDonnell), cautivada en su infancia por los indios, quien contrae matrimonio con el soldado (Kevin Costner) enviado a vigilar la frontera entre EE.UU. y los territorios indios en la película "Bailando con lobos", del mismo Kevin Costner, el cual acaba adoptado su misma vida y sus costumbres.




lunes, 5 de enero de 2026

TESTAMENTO DE JOAQUÍN DONAIRE

 





1

Como siento que me acerco al final del camino, he tomado la pluma para dejar escrito lo que mi alma guarda celosamente y que os iré mostrando en gran desnudez y desposesión de cuanto creí mío. Con nada llegas al mundo y nada tienes, con nada te irás. Durante un tiempo, quedarás en la memoria de los que te rodearon y, cuando ellos pasen, también tú serás olvido. Esa es la implacable ley del discurrir del tiempo y bien está que así sea. La inmortalidad no está hecha sino para los dioses y no para los hombres que devienen en pura ruina de su corporeidad material, haciendo imposible su perpetuación en este mundo.

   “La vida empieza en lágrimas y caca”, afirma en un soneto el escritor del barroco español don Francisco de Quevedo, y así termina para acallamiento de nuestra altivez y falta de humildad, cuando nuestra existencia se vio amenazada por tantos miedos contra los que hubimos de enfrentarnos y en cuya batalla perpetua llegamos al final de nuestros días: el hambre, la miseria, el vestido, los afectos, la enfermedad, el dolor, la casa, el fracaso, la muerte, en fin, que siempre nos acecha como una espada en alto, la flamígera espada del ángel que prohíbe la entrada al Jardín de Edén. La vida no es sino un hacer frente a todas esas amenazas por la supervivencia en un medio hostil que nos obliga a doblegar los esfuerzos para subsistir.




¡Ah, los miedos! Siempre temidos y tan utilizados por unos seres humanos para someter a otros y perpetuarlos a su arbitrio y capricho. No dejan de ser un chantaje. Como los fantasmas, a menudo se desvanecen o quedan al descubierto, así como detrás del humo cunde el fuego y, tras él, la mano que lo propaga subrepticiamente. Somos animales cuyo cerebro evolucionó hacia una inteligencia racional de la que nos valimos para sobrevivir. Adivinamos que juntos podíamos llegar a ser más fuertes y alcanzar mayores logros, pero la desconfianza y el egoísmo de unos hacia otros pudo más que las muestras fehacientes de lo que fuimos capaces de alcanzar. El ser humano es egoísta por naturaleza. Quizá lo ciegue su mismo instinto de supervivencia; de ahí su sentido de prevención frente al otro, ese tomar precauciones frente a la reacción inesperada que pueda surgir de él. Pues una conducta generosa desde la otra parte nos produce extrañeza; si no prevención y alerta de amenaza oculta, de escondidas intenciones aviesas que han de pasarnos factura. No aceptamos la generosidad y el altruismo porque sí, y ellos nos suscitan sospechas cuando menos. La confianza puede ser un signo de debilidad manifiesta hasta que es desengañada cuando se muestran a las claras los aviesos objetivos de su aparente desinterés.




No obstante, este animal desamparado que somos está obligado a creer y confiar en un raro sentimiento humano que podemos llamar misericordia o compasión, el cual nos mueve y nos conmueve, en ocasiones, a auxiliar a los más desesperados de entre nosotros. Es la última tabla de salvación a la que agarrarnos, el último tren que recoge a los supervivientes en esta batalla desigual que es vivir. Por nuestro desvalimiento frente a la realidad nos inclinamos al grupo y a la defensa y supervivencia del mismo, porque en ello radica nuestra fortaleza.


                                                   José Antonio Sáez Fernández.


domingo, 14 de diciembre de 2025

MANIPULADORES.




Quédate con lo bueno de lo que te rodea, de los unos y de los otros. Nadie posee toda la bondad ni todo el bien, pues están muy repartidos. Tú quédate con lo mejor de cada uno y no caigas en la tentación ni en las redes que te tienden para obligarte a tomar partido, a definirte a favor o en contra de un bando o del otro. La vida no es roja o azul, aunque esos dos colores forman parten de la realidad que se ha creado. Debes insistir en que los mayores objetivos del bien común se alcanzan cuando la colaboración y el acuerdo para construir se hacen posibles. Tú has superado ya las ideologías y sólo tu inteligencia y tu sabiduría, tu conciencia y tu sentido común te dicen dónde está el bien y dónde esté el mal. Los hombres libres del siglo XXI no están dispuestos a someterse a una disciplina de partido porque la conciencia, la inteligencia y la verdad son de cada uno, aunque podamos llegar a confluir. No acatamos otras consignas ni las asumimos porque todas vienen dictadas por quienes nos inducen a que no hace falta que pensemos por nosotros mismos, ya que ellos realizan ese esfuerzo por los demás y saben lo que nos interesa. No necesitamos que nadie realice el esfuerzo de pensar por nosotros ni tampoco que se nos indique qué es lo que más nos conviene. Las consignas, los eslóganes, el relato, la manipulación están al orden del día. Los manipuladores campan por sus respetos (ancha es Castilla) y el futuro o es de los hombres libres o es de los corderos que están al arbitrio de su señor.




Condúcete con diáfana claridad, con meridiana lucidez, analizando lo que pasa a tu alrededor y saca tus propias conclusiones. Haz tus propias deducciones, no aquellas que quieren que hagas y a las que te inducen subrepticiamente. Tú estás hecho a imagen y semejanza de Dios y no de unos manipuladores interesados de tres al cuarto. Mira que el cielo se abre y la luz se reparte entre todos por igual, aunque no todos la reciben de igual modo.

                            

                                                     José Antonio Sáez Fernández.

lunes, 24 de noviembre de 2025

¿PARA QUIÉN O PARA QUÉ SE ESCRIBE?

 


             A María Zambrano, siguiendo sus huellas.





¡Qué inútil este acto de sentarse cada día a escribir! ¿Para quién se escribe? ¿Hay alguien que nos lea con el interés, la voluntad, la capacidad y el amor que pusimos en este empeño baldío, en esta brutal necesidad que sentimos por respirar para no ahogarnos en nuestra propia sangre, para no mentirnos más de lo debido o sentarnos a escuchar en medio del fango que nos rodea? No hay mayor solitario que el escritor. Nadie más abandonado a su soledad, que es la de todos y cada uno de nosotros. La soledad es la marca de Caín sobre los ojos, la frente y el corazón del escritor.




Escribimos porque nos estamos muriendo lentamente, porque sentimos el paso del tiempo huir de nosotros con el vértigo de que somos conscientes de ello, porque vemos pasar la vida sin pena ni gloria, envueltos en la rutina de cada día y a la espera de que algo nos caiga del cielo. He aquí al que se da cuenta de que vive porque respira y constata que aún no se ahoga y le duelen las vísceras de saberse amenazado a cada instante o por tener su vida pendiente de un hilo. Y lo que es más: saber que la de los suyos, aquellos a quienes más ama, también está sujeta a la misma condición frágil, efímera y quebradiza, cuando se grita hasta enronquecer que el amor debería ser inmortal y eterno. Quizá acabemos aprendiendo a aceptar, al final, la caducidad, el desgaste y la muerte, como quería María Zambrano. Escribimos junto a la ventana para asegurarnos de que hay luz y de que corre el aire, de que otros sonidos son posibles en la oscuridad y en la soledad que nos atenaza, sonidos que bien pudieran ser solidarios en nuestra desvalida y desamparada condición, la cual se niega una y mil veces a extinguirse, a desaparecer como si nunca hubiera existido.




Escribimos, digo yo, para encender antorchas en mitad de la noche, para lanzar bengalas o hacer señales de humo, por si acaso alguien las avista y acude. ¿Para quién son visibles nuestras señales de socorro? ¿Quién las divisa o tiene conciencia de ellas? Tantos seres humanos gimiendo en el interior de la caverna, tantos encerrados, abotargados, dolientes y desesperados a los que nadie escucha, si no es quien, sentado a su mesa de escribir, rumia en silencio las horas del día y de la noche para no sucumbir a la desazón que lo embarga. Ese que necesita del silencio para oír lo que nadie oye, pero que sumergido en el silencio despliega toda su ineficaz elocuencia. El que se desangra por dentro en una hemorragia interior que acaso ningún galeno detecte. Pero es que se está muriendo el mundo y el ser humano está herido de muerte. Escribe de verdad y no se engaña quien siente la necesidad de alertar, de despertar conciencias, de agitarlas y zarandearlas, de avisar a sus semejantes de la hecatombe que se avecina. Quien ve en sueños, pero ve también a plena luz del día y no acierta a provocar la reflexión en aquellos que pasan por su lado ignorándolo, tan ciegos, tan sordos, tan incapacitados.

 

                                                              José Antonio Sáez Fernández.

 


martes, 28 de octubre de 2025

QUE TRATA DE ESPAÑA.

 




“Cría cuervos –dice el refrán castellano- y te sacarán los ojos”. ¡Qué mala suerte tiene este país con sus gobernantes! Excepcionales han sido en la historia los periodos de buen gobierno y buenos gobernantes que han conducido a esta malaventurada nación por el sendero de la prosperidad. Y sus enemigos, qué bien han sabido aprovecharse de ello lucrándose para sacar una leyenda negra en la que difuminar u opacar sus logros. Quizás se nos vienen a la cabeza algunos reyes medievales, extraviados en la memoria por sus cruzadas contra los musulmanes, quienes inicialmente ocuparon la península, pero que acabaron asumiendo a esta como a su patria, la enriquecieron con su esfuerzo físico e intelectual, dando al mundo mentes prodigiosas con que enorgullecerse y obras dignas de toda admiración. 




Aquellos eran tan españoles como los que luchaban contra ellos hasta lograr, finalmente, su expulsión de la península arrojándolos al mar. Judíos, moros y cristianos llegaron a convivir en este solar patrio, recelando unos de otros, desconfiando unos de otros, cohabitando y habitando en barrios separados o bien delimitados, pero recurriendo unos a otros en casos de necesidad o imperativos. Ahí están para demostrarlos los casos de Averroes, Maimónides o de Ibn Arabi, más muchos otros nombres que vivieron con dolor su exilio de Sefarad para salvar su propia vida. Mentes prodigiosas, plumas excelsas, pintores, escultores, músicos, arquitectos, aventureros y científicos. 




Por todos ellos merece la pena nuestra historia con gobernantes que contribuyeron al engrandecimiento de su país, tales como los Reyes Católicos, su hijo, el emperador Carlos V o Felipe II, “en cuyos dominios no se ponía el sol”, o el mismo Carlos III. Hubo, sin duda, algunos más; pero fueron sin duda aún más los que inclinaron la balanza hacia el abuso de poder, el lujo, el derroche, la holganza y la fastuosidad. Cuando más encumbrada estaba la fama de sus artistas, más desestimada y desalentadora era la vida de pícaros y maleantes en las ciudades donde todo se daba por cumplir aquel otro refrán de “una buena capa todo lo tapa”; esto es: el fingimiento, la hipocresía, el disimulo y el pesimismo que nos trajo ya el Barroco, en el siglo XVII. La picaresca y el hambre. 




Un país donde los poderes de iglesia y estado caminaban juntos y en connivencia, donde se vela por la pureza de sangre (nada de contaminación musulmana ni judía, cuando fray Luis de León y Teresa de Jesús eran descendientes, en parte, de conversos). La Santa Inquisición, creada por los Reyes Católicos y no abolida hasta el siglo XVIII, fue martillo de herejes, vigía y galante de la pureza de sangre y el recelo hacia brujas, desviados y conversos, con sus temibles interrogatorios donde se torturaba hasta la muerte en el potro o en la hoguera a las víctimas sospechosas o delatadas tanta veces por envidia o maldad; los sambenitos que eran exhibidos, a veces semidesnudos y a lomos de una cabalgadura por pueblos y ciudades, adornando su cabeza con el gorro que nos recuerda al de los penitentes actuales. Una España asfixiante y negra retratada por Goya y por Sorolla, oscurantista, donde las vidas ejemplares entre quienes debían de serlo, brillaban por su ausencia y se buscaban solo los privilegios que el estatus social conllevaba.




Mínimos periodos de prosperidad han seguido a la larga noche de un país maltratado por sus propios gobernantes: “Oh, Dios, que buen vasallo si tuviese buen señor” –se dice en el Poema de Mío Cid-, y Antonio Machado dejó escrito: “En España, lo mejor es el pueblo”. La lloraron Larra y Valle-Inclán, Unamuno y Blas de Otero. Y la seguimos llorando todos aquellos que amamos este secarral donde el sol y el mar, las llanuras y las altas colinas nos obligan a mirar al cielo, encogidos el corazón y las entrañas y clamando siempre por la paz y la prosperidad de sus gentes. Paz. Queremos paz.

 

                                                                     José Antonio Sáez Fernández.


domingo, 19 de octubre de 2025

CONSIDERACIONES SOBRE EL ABORTO

 





Tengo para mí, como hombre libre que piensa y no está sujeto a disciplina de grupo o partido alguno, que el aborto no es ningún derecho, esencialmente porque la madre no es dueña de la vida que ha engendrado y alberga en su interior. Esa vida constituye un ser totalmente diferente y distinto a ella, aunque es cierto que es la madre quien lo alimenta y la criatura resulta enteramente dependiente del organismo de su madre para sobrevivir, por su desvalimiento e indefensión, por su radical vinculación a ella, incluso después de nacida. Insisto: el ser que se alberga en el vientre de la madre no es ningún apéndice o protuberancia que ha surgido en su organismo, sino una criatura viva, libre e independiente, aunque necesite de la madre para subsistir. Lo mismo nos sucede a los demás seres vivos que deambulamos por este planeta: que estamos vinculados los unos a los otros, que tenemos unas relaciones de interdependencia con los demás y estamos marcados por esas relaciones solidarias para sobrevivir, tanto materiales o físicas como emocionales o afectivas, sin que por ello vayamos por ahí privando de su vida a los demás. Dar vida, transmitir la vida es el acto más sublime que pueda imaginar el ser humano, el más altruista y generoso, pero también el que implica, quizás, una mayor responsabilidad. No puede haber frivolidad a la hora de traer hijos al mundo, sino tener plena consciencia y voluntad en lo que se hace. Negar la exigencia más imperiosa de la naturaleza que es la perpetuación de la vida, es negar la continuidad de ella y engañarse a sí mismo engañando a la especie.




Cierto es que, en principio, a nadie se le obliga a abortar y que tampoco se persigue a quien lo hace o deja de hacerlo en nuestro país, España, por mor de la ley que reconoce el aborto como un derecho de la mujer; si bien quien escribe no se muestra de acuerdo con ese razonamiento y otros del cariz de que el feto no es persona o de que no hay vida independiente desde el momento mismo de la concepción, etc. El aborto no resulta, a mi juicio, ningún derecho en la vida de la mujer ni supone ningún acto de progreso en aras a la libertad femenina; más bien, al contrario, resulta un magno atentado contra la naturaleza y sus imperativos, contra la ciencia, la conciencia y las normas morales surgidas de los más esenciales principios que dicta la misma naturaleza humana. Y eso sin hacer mención al derecho a la existencia de esa criatura libre e independiente, que crece en el seno de la madre, con los latidos de su propio corazón. Lo cierto es que alrededor de 3.000.000 de abortos se han practicado en España desde 1987 hasta este mismo año, esos mismos niños que hubiera necesitado el país para facilitar el relevo generacional y evitar el envejecimiento de la población. Son los inocentes, los silenciados, los indefensos que no han tenido opción a pronunciarse.




Existe una gran diversidad de métodos anticonceptivos que están a disposición de los padres para evitar una concepción no deseada, pero no se puede amordazar la conciencia, anestesiarla, negarla y engañarse a uno mismo porque una sociedad hedonista y adormecida haya decido, a través de sus políticos, adictos al populismo y ávidos de votos, que es legítimo abortar en base a argumentos falaces que no convencen a una persona de pensamiento libre y crítico. El aborto no es una bandera de progreso en el siglo XXI, la cual enarbolan determinadas ideologías con afanes de identificar sus logros y ganar votos. La abolición de la conciencia moral, como signo de los tiempos, es objetivo buscado y perseguido con ahínco por esas mismas ideologías.




Por otro lado, es cierto que existe una casuística, más o menos amplia, que habría de someterse a consideración serena y reflexiva, sobre la que habría mucho que discernir: tales son los casos de violación o peligro para la vida de la madre, malformaciones o enfermedades genéticas muy graves, en la que la opinión de las progenitoras podría ser esencial junto a otras consideraciones familiares, religiosas y profesionales. Una mujer no debería renunciar a su derecho natural de ser trasmisora de la vida, como culminación a un proyecto esencial de vida, dejándose convencer por las “trampas”, muy eficaces por lo que se comprueba, que la sociedad actual del totum revolutum (la confusión) le ha tendido. Demasiada carga ideológica para una cuestión tan esencial, sensible, emocional y desgarradora para tantas personas.

 

                                                José Antonio Sáez Fernández.