viernes, 16 de octubre de 2026

"CUENTOS Y LEYENDAS DE ALHAMA DE ALMERÍA", DE ANTONIO J.M. SALDAÑA MARTÍNEZ

  






El cuento y la leyenda son dos subgéneros que forman parte del género narrativo y, aunque tienen características comunes, pueden diferenciarse claramente el uno de la otra. Narrar es contar, relatar unos hechos que suceden a unos personajes en un lugar y un tiempo imaginarios o indeterminados, caso del cuento, y lo contrario, en el caso de la leyenda. Ambas son narraciones de corta extensión, por supuesto, menor que la novela. En el caso del cuento (normalmente producto de la imaginación, aunque puede introducir elementos reales), el autor suele ser de nombre conocido; mientras que en el de la leyenda, habríamos de convenir en que tiene carácter anónimo, así como que forma parte de la tradición oral; es decir: se trata de literatura transmitida de generación en generación a través de la palabra hablada y que se confía a la memoria, por lo que sufre cambios y alteraciones a través del tiempo. Los cuentos, en cambio, suelen conservarse por escrito y la escritura obliga a su conservación perdurable. Las memorias tienen una base real, ya sea en sus personajes o en los hechos que cuentan, si bien introducen a la par elementos imaginarios, fruto de la inventiva de las sucesivas generaciones que las han conservado en la memoria, acrecentándolas o dotándolas de mayores atractivos para quien las escucha, tales como la mezcla de hechos y lugares históricos con elementos mágicos o misteriosos. Normalmente suelen tener una intención didáctica o ejemplarizante.

Ambos pretenden entretener, si bien hay cuentos como los medievales (recuérdense “El Conde Lucanor”, del marqués de Santillana; los “Milagros de Nuestra Señora”, de Gonzalo de Berceo o hasta el “Libro de buen amor”, del Arcipreste de Hita), que nos dejan al final del relato una moraleja, (dos versos en pareado, en el primer caso) de la que se extrae una enseñanza moral. En el caso de las leyendas, esta característica suele ser prácticamente constante, a la par que se vinculan a un lugar reconocible y a un pasado histórico concreto. 

Muy destacadas, por su enorme difusión en la actualidad, son las famosas “Leyendas” del poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer, quien aprovechó la corriente favorable que a lo largo de todo el siglo XIX (Emilia Pardo Bazán, Armando Palacio Valdés, Leopoldo Alas Clarín, Pedro Antonio de Alarcón, etc.); y parte del XX (Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite o Medardo Fraile; la llamada, en fin, “generación de los niños de la guerra”) fomentó todo un cultivo esplendoroso de la narración corta, especialmente el cuento.




El sacerdote de Alhama de Almería, don Antonio J.M. Saldaña Martínez, nacido en 1988, ha prestado un inestimable servicio a la cultura de su pueblo natal y a su comarca con la publicación de “Cuentos y leyendas de Alhama de Almería”, en edición del Ayuntamiento de su localidad y con la colaboración de la Diputación de Almería. Un volumen de 237 páginas que contiene 25 cuentos y leyendas dotadas de la amenidad, la intriga y el misterio necesarios para provocar las delicias del lector que busca en la literatura, no solo el entretenimiento, sino algo más; esto es, una enseñanza ejemplarizante, útil para la vida, moral si se quiere, con situaciones y valores aplicables al ser humano de nuestros días, a pesar de que las historias estén normalmente relacionadas con tiempos y épocas históricas pasadas, desde los árabes al siglo XIX (“El tesorillo”, “El Pa Palomo” o “El jazminero del masón”), desde la minería a la criminología (“El crimen del Olivillo”, “La Cueva de los Siete Mineros”, “La momia de Huéchar”), desde la usura a la pobreza (“La lavandera de san Nicolás”), desde la arqueología a la intriga de las cuevas (“La dama de Alhama”, “La Cueva de la Encantada” o “La Cueva de la Loca”), los fantasmas y la imaginería religiosa (“El Ensabanao”, “El fantasma del Balneario” o “La revuelta del Muerto”; junto a “El corazón de la Dolorosa”, ”La Virgen del Río” o “La sonrisa de la Purísima”, por ejemplo); los personajes singulares o el conocido balneario de Alhama (“El baño del cardenal”, “El frasco de La Puente”, “El confitero de Alhama” o “La venganza del Carahermosa”).  

El paisaje es uno de los elementos más relevantes que el escritor cuida y mima con esmero, a pesar de conocer las duras circunstancias que condicionaron y condicionan la vida de sus moradores. El prólogo, siempre esclarecedor, es de María del Carmen Amate Martínez y las acompasadas ilustraciones de Jesús Lagares Valladolid.


(Portada del libro)


En un fluido y bien cuidado castellano, el autor sabe proporcionar las pinceladas precisas sobre la caracterización de personajes, lugares, épocas y ambientes para enganchar al lector a la trama de sus historias, logrando que éste disfrute de una amenísima lectura y sepa reconocer la importancia que la elaboración literaria de estos cuentos y leyendas supone para la cultura de una comunidad en la que se encuentran sus raíces, consciente de que la cultura de los pueblos se constituye en un baluarte de primer orden contra la despoblación, el abandono y el olvido; contra la ignorancia y el menosprecio que los debilita y los condena a la desaparición. Conocer esa cultura es el primer paso para valorarla y defenderla contra la desidia y el acoso del tiempo.



(Junto a los pintores Antonio López y Andrés G. Ibáñez)



Antonio J.M. Saldaña Martínez ha querido rendir tributo con este libro al mundo de su infancia, cuando escuchaba seguramente muchas de estas leyendas que recoge, leyendas con las que creció y que en cierto modo conformaron su forma de ver el mundo, de ser y estar en él, junto a aquellas personas cuyas voces alimentaban su fecunda imaginación (de ahí la dedicatoria a su abuela y el agradecimiento a otras mujeres de la familia, pues suelen ser ellas las depositarias de esta literatura oral que forma parte indiscutible del acervo cultural de los pueblos y que, a no ser recogida por escrito, normalmente por un escritor culto de nombre conocido, acaba perdiéndose. Algo así ocurrió en la Edad Media con las jarchas y las moaxajas, la literatura de cancionero o con los romances tradicionales o populares, que gozaban de carácter anónimo y eran patrimonio de la comunidad, la cual los transmitía de forma oral hasta que un autor culto, consciente de su valor cultural, los recoge y pone su firma al lado.

 

                                                        José Antonio Sáez.

 


miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA PRINCESA ENJAULADA

 

 



Cada mañana, a las 9.00, la joven y bella dependienta alza la persiana de la coqueta tienda de modas que defiende a costa de su libertad y su tiempo. Un salario de hambre en la boutique de la embestida, consuelo para la escasez y delirio para la usura de su jefe. Allí deja enterrado cada día el lustre de su juventud, sin que la roce el aire y el bese el sol sus labios y su cara, la cual bien pudiera ruborizar hasta los mismos rayos del astro refulgente. Blanca, como la claridad que envuelve la calle por donde deambulan con urgencia los viandantes dormidos, los únicos viandantes que cruzan las aceras y pasan ante el escaparate de la tienda de modas mirando con desdén las últimas rebajas, el saldo de remate que avisan desde el amplio cartel que ocupa casi todo el espacio. Adentro, la estancia iluminada por una luz amarillenta enfoca la mercancía; mientras la niña, eficiente ajena, ordena las camisas vacías de los cuerpos ausentes que las vestirán un día y rumia su tristeza porque le faltan el aire y el sol de cada día.




Tiene la niña dieciséis años y ha dejado los estudios al terminar la secundaria obligatoria. Mucha prisa por crecer y ser adulta, reclamando su lugar en la sociedad, pues todas sus amigas tienen novio y ya la pandilla empezó a disgregarse. ¿Quién o qué le espera en casa? Nadie que le diga una palabra amable o la reciba con una sonrisa. El móvil acapara la atención de los restantes miembros de la familia y ni siquiera hay un saludo para una adolescente que, al igual que Cenicienta, ha visto convertirse su carroza en calabaza, los corceles en ratones, y a ella misma revestirse con el atuendo de la ilustre fregona, a la que pagan el precio de su reclamo juvenil con el tintineo de unas pocas monedas, contantes y sonantes.




Y en esas se debatirá, hasta las 21.00 horas, cuando ya la noche haya sobrevenido y sea tanta la fatiga acumulada que deje caer de nuevo la persiana con estruendoso ruido. Las luces del escaparate llamarán la atención de los últimos solitarios desnortados, casi zombis ambulantes, mientras esporádicos vehículos atraviesan en horizontal la avenida que se prolonga en busca del tiempo perdido y se difuminan en la oscuridad iluminada.

 

                                             José Antonio Sáez.                            


viernes, 11 de septiembre de 2026

EL BUEN GOBIERNO




No necesariamente ha de cumplirse eso de “Quien no está conmigo está contra mí”, ni tampoco ha de levantarse un muro para evitar al contrario y negar su existencia. Porque quien así procede está provocando el enfrentamiento y la división, la crispación, el rencor y el odio, sujeto como está a una situación de cambio o alternancia en su ubicación predominante. Mejor afirmar que quienes son capaces de acordar y quienes cooperan juntos son más fuertes y capaces de alcanzar cimas de paz y progreso superiores para quienes en ellos han depositado su confianza. 





Ay de quienes dividen a los pueblos y los conducen hacia el enfrentamiento fratricida, fomentando el odio entre hermanos. Ay, de los incapacitados por el rencor, porque él los convierte en líderes inservibles para afrontar el futuro, que ha de ser de paz y de perdón, de superación y de fortaleza en la unión por alcanzar unos objetivos comunes que beneficien a todos. No hay lugar para la revancha en los pueblos llamados a significar algo en el orden mundial. Los bloques están llamados al enfrentamiento y lo que fomenta el desarrollo de los pueblos es la cooperación mutua que enriquece a las partes de forma compensatoria o igualitaria. Y ay de quienes se consideran predestinados o elegidos de por vida para guiar a los pueblos hacia el futuro, porque se invistieron a sí mismos de tal condición y se incapacitaron para tener en cuenta las aportaciones de los demás, permaneciendo adheridos al sillón del regente considerándolo propio.





El buen gobierno exige soluciones a los problemas del presente, pero también ha de proyectarse sobre el futuro pensando en las nuevas generaciones que han de llegar y habrán de heredar el mundo dejado por las anteriores.                                                                        

                                                                         José Antonio Sáez

jueves, 3 de septiembre de 2026

SEDUCCIÓN DEL COLIBRÍ

 

 



Cada amanecer, el colibrí revolotea y hace requiebros de amor ante la flor más hermosa jamás vista. Se acerca a ella envolviéndola en mil galanteos, hasta que logra seducirla en el instante en que abre sus pétalos deslumbrantes al sol y a su galanura de hidalgo diminuto, mensajero de los primeros rayos del astro rey. Se aproxima a ella con el temor y el temblor del tímido adolescente enamorado y besa sus pétalos aguardando un instante su reacción. 




Como ella se deja hacer y le ofrece su más íntimo néctar, su polen más selecto, abre audaz el alfanje de su pico y con él lanza su lengua para absorberlo dulcísimo; instante en que el colibrí y la flor son uno, en fusión perfecta, retornando de nuevo al origen del mundo y su incontaminada belleza. Jamás un ave sedujo a una flor como el colibrí descendido del arco iris y, con él, en sus plumas y en la vibración de sus alas que aletean nerviosas, le entrega a la flor el irisado arco y ella, a él, su hermosura extinta, tal la novia al novio el día de sus bodas. 




Nunca exhibió una flor tanta belleza como aquella que ofreció sin vacilar su más preciosa esencia. Jamás un ave tan leve se elevó con tal gracia y quedó suspendida en el aire, levitando absorta ante el esplendor efímero de la belleza y la muerte, como el pájaro que deja abiertas sus alas, tal el Cristo crucificado sus brazos. Y al final no se supo si fue el colibrí el que sedujo a la flor o fue ella la que lo sedujo.

 

                                            José Antonio Sáez.

 

 

jueves, 11 de junio de 2026

EUCARISTÍA.

 





La carne está sujeta al dolor como la rueda al carro, o como la soga al cuello del ahorcado. Decir carne es decir dolerse, por lo que no hay carne viva sin dolor. No te engañes, mortal, donde hay carne hay algo de placer y mucho dolor. Donde hay carne hay sangre y hay vida. Nadie hay que no se pinche un dedo y no le salga sangre. Donde hay sangre hay también dolor y pasión. Cada ser humano es un viático y recorre su particular Vía Dolorosa cargado de materia, comido por las moscas que acuden al sudor y a la sangre que mana o que se seca. Descalzo, hincándose las piedras y cargando con tan pesada cruz que hunde a quien la porta. Lo hace caer a tierra dañando seriamente sus rodillas con los guijarros puntiagudos de la rúa arenosa. ¿Quién hay que no se duela al paso de la carne andante cargada por el peso de su propia materia y con muecas de espantoso dolor enrojecidas por la sangre que resbala goteando?




No creas que la carne rehúye el dolor, el cual permanece en ella agazapado o más o menos manifiesto. Y eso que es polvo enamorado, pegajoso polvo al mezclarse con sangre. Es lo que saben muy bien las moscas que acuden ventajosas al festín del crucificado, que es carne, que es materia y sangre, rojo líquido que la riega y conforma. En la copa que te da a beber la vida hay sangre, que no vino, y en el pan, hay carne doblegada, amordazada, vacilante. No puedes renegar de ella ni negarte a beberla, a probar del bocado que se te ofrece con diligencia. No, si quieres que la carne y la materia se remonten sobre la mísera realidad cotidiana o el féretro a donde han de depositarse. Viene y va el mortal humano doliéndose, retorciéndose, por la calle pedregosa que hace sangrar sus pies descalzos. Va y viene el Hijo del Hombre con su corona de espinas, valiente rey de quienes lo vitorearon y de las multitudes que aclamaron su nombre. Nadie hay que pueda sanarle de sus múltiples dolores que son muertes, heridas de fluyente sangre. Será quizá, al menos, entregado a su Madre para que cierre sus ojos o sea Ella quien reciba el último aliento del Varón de Dolores exhale sobre su bello y tocado rostro.


                                           José Antonio Sáez Fernández.


sábado, 18 de abril de 2026

NUEVOS NAUFRAGIOS.

 




Cuando entendió que había iniciado el tramo final de la partida, pidió a la vida que le permitiese vivir con la esperanza de acabar sus días junto a aquellos que lo arroparon con su afecto y, a ser posible, que ellos mismos cerraran la pesada cortina de sus párpados para que no pareciese que hubiera deseado continuar mirando el mundo. En realidad, éste había dejado de interesarle hacía bastante tiempo, cuando comprendió que le traía sin cuidado un ser humano más o menos inútil. Apenas en su memoria retenía cuanto de sí había ido entregando a lo largo de su vida y se le antojaba, una vez pasado que, aunque en su momento el devenir se le hacía muy cuesta arriba, al presente no guardaba más que un lejano dolor que le punzaba en ocasiones como algo que vaga entre la niebla y solo, si te tocas o te tocan, duele. “La vida es un dolor”, dejó escrito el poeta, mas no hay mal que cien años dure ni dolor que se prolongue por tanto tiempo. La memoria tiende al sueño y el sueño de la memoria bien pudiera ser el olvido. Niebla al olvido. Ese estar y sentirse cansado, tan cansado que no se tienen ganas ni de pensar e incluso desecharlo, pues hasta eso desgasta la menguada energía que aún resta en la memoria. Era algo parecido a dejarse llevar plácidamente por manos expertas o por el fluido de las aguas que buscan espaciosamente el mar en la desembocadura o en el estuario del río. Entregarse. Abandonarse. Rendir las armas. Darse por vencido y reconocerlo. Estar exhausto. Y cerrar los ojos.




Cuando ya las fuerzas lo habían abandonado y ya no había lugar para él ni en la casa ni en las aceras, pues era una carga para sus semejantes y deseaba aliviarlos de esa carga que él mismo suponía y sentía que era, totalmente dependiente de la bondad, la obligación moral o la profesionalidad ajena se dispuso a aceptar que su tránsito habría de estar cerca.




Mientras el mundo gira y la vida sigue, el ciclo existencial de alguien se ha detenido. Un continuo naufragio la vida, del que quizás salgas a flote y, con suerte, seas avistado por alguna barcaza que erraba por los mares. Todo ser humano viene a este mundo a cumplir una misión, que está enfocada siempre hacia los demás. Somos imperativamente solidarios, lo queramos o no. O nos salvamos todos o nos hundimos todos.

 

                                        José Antonio Sáez Fernández.


sábado, 4 de abril de 2026

LOS SANTOS INOCENTES

 




                                                          A Manuel Moya

 

Esos que estiran el cuello como aves zancudas y se creen diferentes al resto de los mortales porque dicen que su sangre es ligeramente más roja que la de los demás (y ello es signo de pedigrí); los que sonríen constantemente y alardean de signos de distinción, como sus autos, sus mansiones, sus ropas y sus carísimos complementos (zapatos de tacón, bolsos de mano, cinturones, guantes, chales, joyas, perfumes, costosísimas cremas de maquillaje para ocultar las arrugas y otros desperfectos de la piel visible e invisible); esos, digo, son los que creen que heredarán la tierra porque ya es suya y está escrita a su nombre por el señor notario y el registrador de la propiedad. Esos ignorantes que no caen en la cuenta de que sus signos de distinción escandalizan a quienes duermen al raso, a quienes visten de harapos, a los que andan sucios y mendigando con un perrillo por las aceras de la gran ciudad, los que extienden su mano echados sobre los escalones, a las puertas de los supermercados, y muestran unos céntimos de limosna generosa entre sus dedos ennegrecidos y sus uñas aún más negras, los que mueren aplastados bajo el estruendo de las bombas o viven en condiciones miserables que abochornan a los animales más reacios a asumirlo… 




Piedras de escándalo para ser lanzadas sobre los desamparados del mundo que, a no tardar, habrán de abrir los ojos a la cruda realidad de sus abusos; señoras de abultados abrigos de pieles suavísimas, caballeros de trajes impecables cortados a medida que beben burbon o jerez en copas labradas con listas de oro fino, mientras comprueban que van viento en popa sus negocios. Todos ellos socios del muy exclusivo club donde juegan al golf o al bacarrá, al par que ellas comentan los últimos escándalos de amor o de adulterio perpetrados por conocidos y conocidas de tan elegante clase y mayor fortuna, proporcionando la más dolorosa humillación y el más bajo deshonor al orgullo, si no a la soberbia, de sus más íntimos congéneres. Señores que, al amanecer, se baten en duelo para defenderlos, eligiendo las armas con que batirse, tras recoger el guante que los ofende al cruzarles el rostro con desprecio.




Los aplastados por sus botas camperas en días de caza a través de sus fincas y dehesas, los santos inocentes como Azarías y su milana bonita, Los hijos de Régula y Paco el Bajo (la Niña Chica, Inés y Quirce).  Y otra vez Azarías pidiendo a Régula que le deje tomar entre sus brazos a la Niña Chica como si fuese un Cristo yacente y recién descendido del madero, disparando al señorito que le acaba de matar por simple juego a su milana bonita. Quirce, visitando en el manicomio a su tío Azarías y éste tras el cristal soñando en la libertad del aire… 




Ese que se orinaba las manos para que no se le agrietaran y entre las cuales sostiene ahora a la milana muerta, tal y como si le hubieran arrancado a él la piel a tiras. Azarías, Paco el Bajo y Quirce, agitando el cimbel, el señuelo que atrae a las palomas para solaz del disparo del señorito Iván.


                                     José Antonio Sáez Fernández