“Cría
cuervos –dice el refrán castellano- y te sacarán los ojos”. ¡Qué mala suerte
tiene este país con sus gobernantes! Excepcionales han sido en la historia los
periodos de buen gobierno y buenos gobernantes que han conducido a esta
malaventurada nación por el sendero de la prosperidad. Y sus enemigos, qué bien
han sabido aprovecharse de ello lucrándose para sacar una leyenda negra en la
que difuminar u opacar sus logros. Quizás se nos vienen a la cabeza algunos
reyes medievales, extraviados en la memoria por sus cruzadas contra los
musulmanes, quienes inicialmente ocuparon la península, pero que acabaron
asumiendo a esta como a su patria, la enriquecieron con su esfuerzo físico e
intelectual, dando al mundo mentes prodigiosas con que enorgullecerse y obras
dignas de toda admiración.

Aquellos eran tan españoles como los que luchaban
contra ellos hasta lograr, finalmente, su expulsión de la península
arrojándolos al mar. Judíos, moros y cristianos llegaron a convivir en este
solar patrio, recelando unos de otros, desconfiando unos de otros, cohabitando
y habitando en barrios separados o bien delimitados, pero recurriendo unos a otros
en casos de necesidad o imperativos. Ahí están para demostrarlos los casos de Averroes,
Maimónides o de Ibn Arabi, más muchos otros nombres que vivieron con dolor su
exilio de Sefarad para salvar su propia vida. Mentes prodigiosas, plumas
excelsas, pintores, escultores, músicos, arquitectos, aventureros y
científicos.

Por todos ellos merece la pena nuestra historia con gobernantes
que contribuyeron al engrandecimiento de su país, tales como los Reyes
Católicos, su hijo, el emperador Carlos V o Felipe II, “en cuyos dominios no se
ponía el sol”, o el mismo Carlos III. Hubo, sin duda, algunos más; pero fueron
sin duda aún más los que inclinaron la balanza hacia el abuso de poder, el
lujo, el derroche, la holganza y la fastuosidad. Cuando más encumbrada estaba
la fama de sus artistas, más desestimada y desalentadora era la vida de pícaros
y maleantes en las ciudades donde todo se daba por cumplir aquel otro refrán de
“una buena capa todo lo tapa”; esto es: el fingimiento, la hipocresía, el
disimulo y el pesimismo que nos trajo ya el Barroco, en el siglo XVII. La picaresca y el hambre.

Un país
donde los poderes de iglesia y estado caminaban juntos y en connivencia, donde
se vela por la pureza de sangre (nada de contaminación musulmana ni judía,
cuando fray Luis de León y Teresa de Jesús eran descendientes, en parte, de
conversos). La Santa Inquisición, creada por los Reyes Católicos y no abolida
hasta el siglo XVIII, fue martillo de herejes, vigía y galante de la pureza de
sangre y el recelo hacia brujas, desviados y conversos, con sus temibles
interrogatorios donde se torturaba hasta la muerte en el potro o en la hoguera a
las víctimas sospechosas o delatadas tanta veces por envidia o maldad; los
sambenitos que eran exhibidos, a veces semidesnudos y a lomos de una
cabalgadura por pueblos y ciudades, adornando su cabeza con el gorro que nos
recuerda al de los penitentes actuales. Una España asfixiante y negra retratada por Goya y por Sorolla,
oscurantista, donde las vidas ejemplares entre quienes debían de serlo,
brillaban por su ausencia y se buscaban solo los privilegios que el estatus
social conllevaba.

Mínimos
periodos de prosperidad han seguido a la larga noche de un país maltratado por
sus propios gobernantes: “Oh, Dios, que buen vasallo si tuviese buen señor” –se
dice en el Poema de Mío Cid-, y Antonio Machado dejó escrito: “En España, lo
mejor es el pueblo”. La lloraron Larra y Valle-Inclán, Unamuno y Blas de Otero.
Y la seguimos llorando todos aquellos que amamos este secarral donde el sol y
el mar, las llanuras y las altas colinas nos obligan a mirar al cielo, encogidos
el corazón y las entrañas y clamando siempre por la paz y la prosperidad de sus
gentes. Paz. Queremos paz.
José
Antonio Sáez Fernández.