domingo, 10 de febrero de 2019

ALAS DE MARIPOSA.




   Ve en mí esta gran orfandad que me llueve en las manos y compadécete de mi sombra. Si tú hubieras estado aquí no hubieran dejado de volar las mariposas y el viento no las hubiera arrastrado en su vorágine hacia ninguna parte, como hojas secas e inútiles. Ellas que hacían crecer los pétalos alados de las flores y expandían su aroma en primavera. Nada más frágil ni nada más bello que aquella que se hace al aire agitando sus alas al compás, como quien abraza un cuerpo o abraza el espacio, así como el director de orquesta mueve la batuta conduciendo a los músicos.

  


Ah, dulces, ah vulnerables, dúctiles mariposas mágicas, angelicales criaturas mínimas que con vosotras lleváis los sueños y la infancia hacia un lugar secreto que atesoráis, dibujado y coloreado por los niños. Lepidópteros del entusiasmo y el asombro, cristal y agua que se quiebra y se evapora, polvo de estrellas que los dedos rozan y se queda: milagros de Dios en la pradera de flores esmaltada, sobrevolando inquietas, trazos de armonía siempre a punto de romperse. 

   Velas volar o estacionarse sobre el cáliz de las flores, alargando su espiritrompa, gustando del néctar, hurgando en la corola, los estambres y el pistilo, posadas lánguidamente sobre los pétalos como violinistas que tocasen un vals, dibujando ahora trazos de luz y colorido en el espacio azul turquesa, iluminado por los rayos de sol al mediodía. Y velas girar, cabriolando, novias del aire, dejándose llevar allá donde él las conduce, embriagadas en su música celeste; estas mínimas, tan hermosas, siempre a punto de esfumarse ante nuestros propios ojos, ellas, que practican el arte de birli birloque, ligeras y etéreas, vistas y no vistas, tal la vida misma. 




   Solitarias o buscándose, individuales o en grupo, persiguiendo la flor más delicada que ha de convertirse en copa de néctar que embriaga. Liban en ella el gozo y la dicha de vivir, de disfrutar al sol que vibra y da energía, animándolas a salir de su letargo. Son suspiros nada más o son aliento del Creador sobre los campos, aladas mensajeras diestras en dejarse pintar por la inocencia. Mas no intentes atraparlas, que morirán cautivas de tus manos, prisioneras de los dedos que encarcelan.


                                                                      José Antonio Sáez Fernández.

miércoles, 30 de enero de 2019

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS.






   Vivimos días de incertidumbre, de desasosiego y hasta de aflicción. Los medios de comunicación, en su afán por alcanzar índices de audiencia cada ver mayores, se confabulan a diario para tenernos al día de la saga de los horrores que tienen lugar en nuestra sociedad y en el mundo. Algunos telediarios no son sino crónicas de sucesos, cuanto más escabrosos e impactantes mejor. De esa manera aleccionan y acostumbran a su público a desayunarse, almorzarse y cenar con una buena dosis de horror y de sangre cada noche y a la hora de irse a la cama. Desafortunadamente, el mundo anda envuelto en un totus revolutum y en un "cuanto peor, mejor", que dicen algunos frotándose las manos con lo que esperan por ganar. "Esto ya no hay quien lo pare", se regodean otros con satisfacción.
   A nadie se oculta ya que vivimos un cierre de ciclo o de época y la incertidumbre que nos acosa se debe en buena parte a que no vislumbramos con claridad qué va a ser del futuro de este planeta y hasta de la misma especie a la que pertenecemos. Antes de que eso llegue, querríamos asegurar un futuro de paz, trabajo y esperanza para nuestros hijos en este mismo planeta que ahora habitamos. Titubeos, zozobra, indecisión e indefinición nos acosan por doquier, demagogia y oportunismo falsario de quienes no ansían otra cosa que su propio provecho, sacar ventaja de una situación que nos ensombrece el ánimo ante el panorama de oscuridad que parece vislumbrarse.
   Pero también parece estar claro que es el ser humano quien elige el sendero que ha de seguir y los cambios que deben conducir sus pasos para alcanzar cotas de justicia, solidaridad y bienestar para todos, incluyendo el cuidado de esta casa común que habitamos y que es nuestro planeta. ¿Acaso no nos imaginamos ya a nuestros congéneres formando colonias humanas en otros planetas o satétiles? ¿Quiénes serán los que puedan viajar y quiénes deberán permanecer el este malhadado planeta? Si damos vueltas a la imaginación, podemos llegar hasta donde ella nos lleve, incluso a los paisajes de la desolación y el caos que el cine, que en tantas ocasiones actúa como otro instrumento de propaganda y difusión del terror o la desesperanza, se encarga de difundir con estadísticas millonarias de espectadores y beneficios económicos que engordan las arcas de multinacionales y productoras.¿Quiénes podrán pagarse los viajes del futuro fuera de nuestro planeta o quiénes los tratamientos médicos, extraordinariamente costosos, que puedan sanar las nuevas enfermedades? Las compañías farmaceúticas no reservarán sus medicamentos sino para aquellos que puedan pagarlos y ya se sabe que lo suyo es cronificar enfermedades, más que curarlas.
   ¿Cómo sentirían las gentes de la Edad Media el final de su época y las del Renacimiento la suya? ¿Serían conscientes de que un nuevo tiempo amanecía con la aurora del sol que estaba por asomarse en el horizonte? La Noche de los Tiempos supone una amenaza en las mentes y en los corazones de los hombres. Pero aún disponemos de libertad, inteligencia y voluntad para trazar nuestro propio camino y ser dueños de nuestro destino.


                                                                                  José Antonio Sáez Fernández.


jueves, 10 de enero de 2019

EL PODER Y LOS MEDIOS.



Fotografía de Dorothea Lange.



Suele decirse que los objetivos principales de la televisión y otros medios audiovisuales (emisoras de radio incluidas) son los de informar, entretener y educar. Si analizamos esos confesados objetivos, a la vista está que la televisión se ha convertido hoy en un instrumento de poder y dominación del capital y las ideologías, un instrumento puesto al servicio de control de la información y, por consiguiente, del control de las mentes; eso que eufemísticamente se califica de “creación o formación de la opinión pública o fomento de corrientes de opinión”. 

Tampoco parece muy cierto que el objetivo primordial de la televisión y otros medios audiovisuales sea el de entretener (más propio sería el término “anestesiar”), a pesar de que este sea confesado, venga o no a propósito cuando conviene sacarlo a relucir. A nadie se oculta ya el gran poder de influencia de un medio al que los empresarios confían sus campañas de márketing y con el que políticos y banqueros coquetean, pasándoselo de mano en mano, según las circunstancias, “como la falsa moneda”. No estamos, pues, ante un medio de información, entretenimiento y educación desinteresado, sino todo lo contrario; se trata del medio más poderoso para controlar las mentes y las conductas ciudadanas, además de conducirlas y encarrilarlas de acuerdo con unos intereses concretos. 

La ideologización de la población, está presente hasta en las más mínimas manifestaciones de estos medios controladores y controlados. Quienes controlan los medios de comunicación son los Consejos de Administración de los mismos y los grupos empresariales o ideológicos a los que estos pertenecen, lo cual se tiende a ocultar siempre que se puede para no despertar suspicacias por parte de sus consumidores. Sólo un ciudadano bien formado sabe distinguir el terreno que pisa y tiene fijada su propia opinión sobre los asuntos que le conciernen y configuran una realidad que otros intentan manipular en su beneficio. Ciudadanos críticos y bien formados hacen libres las sociedades en las que se integran. Lo demás son seres anestesiados, cloroformizados y dispuestos a ser llevados como ovejas al matadero. Pero este tipo de ciudadanos críticos son muy incómodos para el poder, que los prefiere dóciles y asilvestrados, e intenta que todos comulguemos con ruedas de molino.


                                                                              José Antonio Sáez Fernández.



martes, 25 de diciembre de 2018

SEMBRADORES DE ESTRELLAS.




                                                                                           Para Nacho y Javier Zabaleta Botella.


¿Cómo no recordar aquellas noches de su lejana infancia donde contemplar la bóveda celeste era una fiesta, la fiesta de las estrellas brillando en la oscuridad, relampagueando trémulas. Mirar el cielo entonces no cansaba y era como si vieses a Dios paseando por el firmamento iluminado, encendiendo las lamparillas de aceite que alumbraban la noche de los mortales, los que estamos bajo el cielo y pisamos este suelo. Esa frágil llama de la lamparilla de aceite, que dura lo que una vida siempre expuesta a una ráfaga de aire que acabe con su luz y expanda así la oscuridad. Podría ser un celeste sereno quien va encendiendo las lamparillas de aceite en la noche iluminada de estrellas que guían al descarriado hacia el camino seguro. O quizás podría ser un celeste pirómano que hace arder en cielo con minúsculas llamitas que reflejan su amor por las criaturas: un astrónomo perdido por el universo.


Cuando llegó la contaminación lumínica, los niños crecían y se hacían mayores sin haber visto el cielo poblado de estrellas en una noche de verano, escuchando a la par el canto de los grillos. Tampoco se les habían ido los ojos tras el farolillo resplandeciente de las luciérnagas, por lo que no conocían el asombro ni se habían entusiasmado con la emoción de tener entre sus manos al insecto que revolotea en las noches cálidas dibujando trayectorias de luz en el aire escindido. Como quiera que habían escuchado de sus mayores relatos sobre las estrellas visibles y las invisibles, jugaban los niños con su imaginación a ser fareros, a encender las luces y a proyectarlas, intermitentemente, sobre el cielo y el mar para dirigir a los pesqueros hacia lugar seguro. Ya se imaginaban ellos ser capitanes de bajeles piratas que allá en altamar se guiaban por la estrellas, burlándose de la Osa Mayor y de la Osa Menor o de la Vía Láctea en su conjunto, rumbo a la isla de Pascua, desde donde los observaban los moáis, colosales gigantes de piedra milenaria. Así hasta una noche en que vieron pasar, raudo, un cometa que llevaba una larga cola de novia, la cual llegara tarde a su boda. ¿Hacia dónde se dirigía aquel cometa fugitivo con su luminosa cola deslizante? 


Una mañana, vieron pasar sobre la playa una avioneta que llevaba un lienzo donde podía leerse una extraña frase: "Sembradores de Estrellas", decía. Y creyendo entender el mensaje, en el Día de Navidad, se pusieron a dibujar estrellas, a colorearlas y recortarlas, pintándolas de amarillo, para después ir pegándolas sobre una cúpula de papel y cartón que, a su vez, habían fabricado. Luego emprendieron el camino hacia las residencias de ancianos, hacia los hospitales donde otros niños enfermos aguardaban la llegada de la Navidad y fueron también a visitar a los sin techo, quienes dormían al raso, entre cajas y hojas de periódico, en las frías noches de invierno. Si veían a un ciego, lo paraban en la acera y le hacían palpar aquella bóveda celeste de recortadas estrellas amarillas, para que él encendiera las luces de su corazón y pusiera en solfa a quienes creían que no podía ver, que no se puede ver con los ojos interiores: los de la imaginación, los del entusiasmo, los de la fantasía, los de la fe inquebrantable. Andaban todo el día de acá para allá y la gente los miraba extrañada, pues se hacían llamar "Sembradores de Estrellas", los que llevaban la luz en sus corazones, esa que asoma sólo a través de los ojos de los niños y que algunos llaman inocencia y otros ilusión, candor, imaginación o fantasía.


                                                                                    José Antonio Sáez Fernández.



viernes, 30 de noviembre de 2018

LA EDAD DE LA INOCENCIA.




   
   Si hay un territorio mágico en la existencia humana ese bien pudiera ser el de nuestra infancia. Durante el resto de nuestra vida somos el niño que fuimos. La infancia condiciona, pues, al hombre en que ha de convertirse el niño y, a pesar de los cambios, en ese hombre no dejará de latir el niño que fue. La vida puede amordazar y hasta ocultar al niño que fuimos, pero nunca podrá negar la luz a que se abrieron sus ojos. Sólo la muerte tiene esa prerrogativa. Somos los rostros de nuestra infancia, los lugares en que jugamos y los olores que percibimos. Nada como el momento de la vida en que nos abrimos al mundo, nos preguntamos por todo aquello que nos rodea y asistimos con asombro a descubrimientos que habrían de deslumbrarnos. Ningún hogar como la casa paterna ni familia como aquella de donde procedemos, ni voces como las que escuchamos, ni ojos como los que nos miraron, ni manos como las que nos acariciaron o nos amonestaron.



   No, no es verdad que el adulto entierra al niño que fue, a pesar de todos los desengaños y fracasos de la vida. El niño que fuiste vive en ti y te acompañará mientras vivas, por lo que irá contigo al sepulcro. Ese niño tiene el mismo miedo que tú, a pesar de que no lo digas, miedo ante la incertidumbre, ante la oscuridad y lo desconocido, ante el mundo de los adultos que le fascina y por el que curiosea. Un adulto es un niño decepcionado, un niño al que le ha sido desvelado el misterio, ese que ha dejado de soñar e imaginar, dando libre vuelo a su fantasía. Nadie tan desinteresado como el niño que no conoce el valor material de las cosas y que, por hacer amigos, no dudaría en desprenderse, incluso, de lo que es más valioso para él. Porque un niño conoce como nadie el valor de la amistad y necesita de afecto para crecer sano y feliz, para incrementar su seguridad y su autoestima, su confianza en un mundo que no entiende y que cuando venga a medio entender se habrá convertido en adulto. 




  Los niños necesitan de libertad y amplitud de espacios para crecer: se asfixian en lugares cerrados, como esos pajarillos que no dejan de aletear en el recinto reducido de su jaula. Como el pájaro es feliz en libertad y se hace al aire en cuanto se le abren las puertas de su encierro; lo mismo los niños, cuya espontanidad les induce a decir y a comportarse como son y como piensan, porque la hipocresía y el fingimiento son más bien cosa de los adultos. Sólo los niños han tocado el cielo con sus dedos, porque no hay mirada más limpia que la suya ni que más agrade al Creador. De la mano de la inocencia se conducen y no aguardan daño. Por eso "quien escandalizare a un niño, más le valiera atarse al cuello una piedra de molino y arrojarse al mar".



                                                                          José Antonio Sáez Fernández.



domingo, 18 de noviembre de 2018

RADIOGRAFÍA DE LA LLUVIA.



(El río Almanzora a su paso por Serón, Almería).



"Mientras sintamos caer la lluvia, habrá esperanza", sentenciaba el abuelo. Cuando sus ojos miraban alrededor, no veían más que desolación. La depredación humana había ido desposeyendo a la tierra de su capa vegetal y, si primero fueron cayendo los árboles porque hacía falta la madera para construir casas, para cocinar los alimentos o para calentarse, después fue la cubierta vegetal de tarays y retamas, de bojas y esparto la que fue sucumbiendo progresivamente, a la par que se abrían caminos y carreteras que removían la tierra para volverla estéril; pues la lluvia, si llegaba, era para acelerar la erosión provocando cárcavas y grietas que dolían como heridas sangrantes en el bramido de la lenta agonía de la tierra. Su piel gredosa, expuesta a los agentes de la erosión, era tan frágil que el viento, el sol y el agua, que se cernían raudos y con violencia sobre ella, la dejaban desnuda y desamparada, a merced de los elementos. Fue así como devino el erial en torno a la villa, al menos como el nieto lo recordaba de labios del abuelo.
"La tierra es nuestra madre. Ella nos acoge de nuevo en su vientre cuando emprendemos el viaje definitivo. Ella nos proporciona los alimentos que necesitamos, sobre ella crece la hierba y bajo ella se sepultan las raíces profundas de los árboles que nos dan sombra en verano y nos resguardan del sol abrasador, las mismas raíces que sujetan la tierra como puños duros y apretados. Sirve de cobijo a muchas criaturas que tienen su guarida en ella y sobre ella posamos con firmeza nuestros pies para dar gracias al Todopoderoso que la hizo fértil y fecunda, mimada por las aguas de los ríos y las fuentes, abonada por los excrementos y el limo que la estercolan. No viertas tú sobre ella líquidos corrosivos que la hieran de muerte ni contamines el lecho de los ríos que van a dar a la mar. La tierra, el aire, el agua son sagrados y los atentados cometidos contra ellos son crímenes de lesa humanidad. Ama la tierra, el aire y el agua, defiéndelos si es preciso, arriesgando tu propia estabilidad; porque la vida nunca será posible sin ellos" -concluía el abuelo, mientras el nieto escuchaba en silencio y guardaba en su corazón cuanto referían sus palabras.


                                                   
                                                                                  José Antonio Sáez Fernández.



martes, 6 de noviembre de 2018

DÍA DE DIFUNTOS.



(Anto Carte: La Piedad)


   ¿Dónde estáis ahora aquellos que fuisteis puntos de referencia en mi vida y dónde la edad aquella? ¿Dónde vuestra presencia y vuestro abrigo, vuestro calor y el espacio que llenabais? ¿A qué esta orfandad y este desapacible frío que me hiela las manos? No vivimos, no, sino que sobrevivimos a la hecatombe de vuestra marcha, pues nos forjasteis a imagen y semejanza vuestra. Y nos convertimos en náufragos que, arrastrados por las olas, no avistan sino las arenas de la playa a donde fuimos confinados tras vuestra desaparición. 
   Somos, pues, los supervivientes, que no otra cosa; los que se sienten extraños en un lugar que ya vosotros no habitáis y, quienes aquí quedamos, no acertamos a habitarlo sin vosotros. Somos también, y sin acaso, los deshabitados. Resulta cruel privar a alguien de aquellos a quienes amó y dejarlo vivir con su desgarro como si nada hubiera ocurrido. Porque nos convertimos en seres escindidos, cortados por su mitad y, ya en la avanzadilla de la existencia, a la espera de nuestro inevitable final. 
   La vida se convierte así en una antesala de lo que siempre supimos que habría de llegar. El vacío que dejasteis resulta imposible de recomponer: aquí los perdidos, los rotos, los desposeídos. Estamos abocados al desasosiego en esta infinita necesidad de abrazaros, de besaros, de sentiros al lado, de escuchar vuestras voces, sentados tan cerca como siempre estuvimos. No hay día ni noche, ni instante ni hora en que no os convoque con amor y temblor en las manos, mis amados difuntos que me marcáis el camino en donde, a no tardar, habremos de encontrarnos.


                                                                   José Antonio Sáez Fernández.