Tú no
estás dispuesto a enterrar el hacha de guerra. El rencor, la desconfianza y la
ceguera te han llevado a encerrarte en ti mismo y en tus posiciones. La
intransigencia se ha apoderado de ti y eres el inamovible. Prefieres la
hecatombe antes que ceder un ápice en tus ideas. Eres demasiado arrogante,
demasiado orgulloso y hasta soberbio. Tus enemigos no son los otros: eres tú
mismo quien se ha cerrado a dar pasos de entendimiento hacia la opinión
divergente. Has cavado una trinchera, has levantado un muro, has colocado
alambre de espino y cristales rotos en lo alto del muro, has minado cualquier
punto de acercamiento, has quemado las naves para hacer imposible cualquier
tipo de regreso a la concordia. No tienes interlocutores porque te has negado
al diálogo y has decido romper la baraja, sin ser consciente de que, con ello,
negabas un futuro de paz y esperanza para tus descendientes.
El
rencor es la antesala del odio y el odio oculta las garras incontrolables del desenfreno y la locura. Si es colectivo, lleva a la catástrofe. La crispación es
la antesala del rencor y predispone tanto al mismo rencor como al odio, y el
odio pudre los corazones de los seres humanos arrancando de ellos lo único
bueno y de valor que poseen: la solidaridad, el hermanamiento, la justicia, la
paz y todo aquello que es imprescindible para el desarrollo de los pueblos y la
preservación de la vida. No dejarás que el otro se vaya de rositas, te las ha
de pagar muy caro: “La venganza es de los fuertes -te dices-, y de los valientes”.
La razón de la sinrazón y el ofuscamiento. La torpeza suprema. Inquebrantable e
incólume, has puesto todas tus capacidades al servicio de la crispación y el
enfrentamiento. Y has colocado a la sociedad, con los de tu cuerda, al borde
del caos.
José Antonio Sáez Fernández

No hay comentarios:
Publicar un comentario