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Como
siento que me acerco al final del camino, he tomado la pluma para dejar escrito
lo que mi alma guarda celosamente y que os iré mostrando en gran desnudez y
desposesión de cuanto creyó suyo. Con nada llegas al mundo y nada tienes, con
nada te irás. Durante un tiempo, quedarás en la memoria de los que te rodearon
y cuando ellos pasen, también tú pasarás al olvido. Esa es la ley implacable
del discurrir del tiempo y bien está que así sea. La inmortalidad no está hecha sino
para los dioses y no para los hombres que devienen en pura ruina de su
corporeidad material, haciendo imposible su perpetuación en este mundo.
“La vida empieza en lágrimas y caca”, afirma
en un soneto el escritor del barroco español don Francisco de Quevedo, y así
termina, para acallamiento de nuestra altivez y falta de humildad, cuando
nuestra existencia se vio amenazada por tantos miedos contra los que hubimos de
enfrentarnos y en cuya batalla llegamos al final de nuestros días: el hambre,
la miseria, el vestido, los afectos, la enfermedad, el dolor, la casa, el
fracaso, la muerte, en fin, que siempre nos acecha como una espada en alto, la
flamígera espada del ángel que prohíbe la entrada al Jardín de Edén. La vida no
es sino un hacer frente a todas esas amenazas por la supervivencia en un medio
hostil que nos obliga a doblegar los esfuerzos para subsistir.
¡Ah,
los miedos! Siempre temidos y tan utilizados por unos seres humanos para
someter a otros y mantenerlos a su arbitrio y capricho. No dejan de ser un
chantaje. Como los fantasmas, a menudo se desvanecen o quedan al descubierto,
así como detrás del humo cunde el fuego y, tras él, la mano que lo propaga
subrepticiamente. Somos animales cuyo cerebro evolucionó hacia una inteligencia
racional de la que nos valimos para sobrevivir. Adivinamos que juntos podíamos
llegar a ser más fuertes y alcanzar mayores logros, pero la desconfianza y el
egoísmo de unos hacia otros pudo más que las muestras fehacientes de lo que
fuimos capaces de alcanzar. El ser humano es egoísta por naturaleza, quizá lo ciegue
su mismo instinto de supervivencia; de ahí su sentido de prevención frente al
otro, ese tomar precauciones frente a la reacción inesperada que pueda surgir
de él. Pues una reacción generosa desde la otra parte nos produce extrañeza, si no
prevención y alerta de amenaza oculta, de escondidas intenciones que han de
pasarnos factura. No aceptamos la generosidad y el altruismo porque sí, y ellos nos
suscitan sospechas. La confianza puede ser un signo de debilidad manifiesta
hasta que es desengañada cuando se muestran a las claras los aviesos objetivos
de su aparente desinterés.
No
obstante, este animal desamparado que somos está obligado a creer y confiar en un
raro sentimiento humano que podemos llamar misericordia o compasión, el cual nos
mueve y nos conmueve, en ocasiones, a auxiliar a los más desesperados de entre
nosotros. Es la última tabla de salvación a la que agarrarnos, el último tren
que recoge a los supervivientes en la batalla de vivir. Por nuestro
desvalimiento frente a la realidad nos inclinamos al grupo y a la defensa y
supervivencia del mismo, porque en ello radica nuestra fortaleza.
José
Antonio Sáez Fernández.



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