sábado, 4 de abril de 2026

LOS SANTOS INOCENTES

 




                                                          A Manuel Moya

 

Esos que estiran el cuello como aves zancudas y se creen diferentes al resto de los mortales porque su sangre es ligeramente más roja que la de los demás (y ello es signo de pedigrí); los que sonríen constantemente y alardean de signos de distinción, como sus autos, sus mansiones, sus ropas y sus carísimos complementos (zapatos de tacón, bolsos de mano, cinturones, guantes, chales, joyas, perfumes, costosísimas cremas de maquillaje para ocultar las arrugas y otros desperfectos de la piel visible e invisible); esos, digo, son los que creen que heredarán la tierra porque ya es suya y está escrita a su nombre por el señor notario y el registrador de la propiedad. Esos ignorantes que no caen en la cuenta de que sus signos de distinción escandalizan a quienes duermen al raso, a quienes visten de harapos, a los que andan sucios y mendigando con un perrillo por las aceras de la gran ciudad, los que extienden su mano echados sobre los escalones, a las puertas de los supermercados, y muestran unos céntimos de limosna generosa entre sus dedos ennegrecidos y sus uñas aún más negras, los que mueren aplastados bajo el estruendo de las bombas o viven en condiciones miserables que abochornan a los animales más reacios a asumirlo… 




Piedras de escándalo para ser lanzadas sobre los desamparados del mundo que, a no tardar, habrán de abrir los ojos a la cruda realidad de sus abusos; señoras de abultados abrigos de pieles suavísimas, caballeros de trajes impecables cortados a medida que beben burbon o jerez en copas labradas con listas de oro fino, mientras comprueban que van viento en popa sus negocios. Todos ellos socios del muy exclusivo club donde juegan al golf o al bacarrá, al par que ellas comentan los últimos escándalos de amor o de adulterio perpetrados por conocidos y conocidas de tan elegante clase y mayor fortuna, proporcionando la más dolorosa humillación y el más bajo deshonor al orgullo, si no a la soberbia, de sus más íntimos congéneres. Señores que, al amanecer, se baten en duelo para defenderlos, eligiendo las armas con que batirse, tras recoger el guante que los ofende al cruzarles el rostro con desprecio.




Los aplastados por sus botas camperas en días de caza a través de sus fincas y dehesas, los santos inocentes como Azarías y su milana bonita, Los hijos de Régula y Paco el Bajo (la Niña Chica, Inés y Quirce).  Y otra vez Azarías pidiendo a Régula que le deje tomar entre sus brazos a la Niña Chica como si fuese un Cristo yacente y recién descendido del madero, disparando al señorito que le acaba de matar por simple juego a su milana bonita. Quirce, visitando en el manicomio a su tío Azarías y éste tras el cristal soñando en la libertad del aire… 




Ese que se orinaba las manos para que no se le agrietaran y entre las cuales sostiene ahora a la milana muerta, tal y como si le hubieran arrancado a él la piel a tiras. Azarías, Paco el Bajo y Quirce, agitando el cimbel, el señuelo que atrae a las palomas para solaz del disparo del señorito Iván.


                                     José Antonio Sáez Fernández


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