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Cuando
entendió que había iniciado el tramo final de la partida, pidió a la vida que
le permitiese vivir con la esperanza de acabar sus días junto a aquellos que lo
arroparon con su afecto y, a ser posible, que ellos mismos cerraran la pesada
cortina de sus párpados para que no pareciese que hubiera deseado continuar
mirando el mundo. En realidad, éste había dejado de interesarle hacía bastante
tiempo, cuando comprendió que le traía sin cuidado un ser humano más o menos
inútil. Apenas en su memoria retenía cuanto de sí había ido entregando a lo
largo de su vida y se le antojaba, una vez pasado que, aunque en su momento el
devenir se le hacía muy cuesta arriba, al presente no guardaba más que un
lejano dolor que le punzaba en ocasiones como algo que vaga entre la niebla y
solo, si te tocas o te tocan, duele. “La vida es un dolor”, dejó escrito el
poeta, mas no hay mal que cien años dure ni dolor que se prolongue por tanto
tiempo. La memoria tiende al sueño y el sueño de la memoria bien pudiera ser el
olvido. Niebla al olvido. Ese estar y sentirse cansado, tan cansado que no se
tienen ganas ni de pensar e incluso desecharlo, pues hasta eso desgasta la
menguada energía que aún resta en la memoria. Era algo parecido a dejarse
llevar plácidamente por manos expertas o por el fluido de las aguas que buscan
espaciosamente el mar en la desembocadura o en el estuario del río. Entregarse.
Abandonarse. Rendir las armas. Darse por vencido y reconocerlo. Estar exhausto.
Y cerrar los ojos.
Cuando
ya las fuerzas lo habían abandonado y ya no había lugar para él ni en la casa
ni en las aceras, pues era una carga para sus semejantes y deseaba aliviarlos
de esa carga que él mismo suponía y sentía que era, totalmente dependiente de
la bondad, la obligación moral o la profesionalidad ajena se dispuso a aceptar
que su tránsito habría de estar cerca.
Mientras
el mundo gira y la vida sigue, el ciclo existencial de alguien se ha detenido.
Un continuo naufragio la vida, del que quizás salgas a flote y, con suerte,
seas avistado por alguna barcaza que erraba por los mares. Todo ser humano
viene a este mundo a cumplir una misión, que está enfocada siempre hacia los demás.
Somos imperativamente solidarios, lo queramos o no. O nos salvamos todos o nos
hundimos todos.
José Antonio Sáez
Fernández.
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