Cada amanecer, el colibrí revolotea y hace requiebros ante la flor más hermosa jamás vista. Se acerca a ella envolviéndola en mil galanteos hasta que logra seducirla en el instante en que abre sus pétalos coloridos al sol y a su galanura de hidalgo diminuto, mensajero de los primeros rayos del astro rey. Se aproxima a ella con el temor y el temblor del tímido adolescente enamorado y besa sus pétalos aguardando un instante su reacción.
Como ella se deja hacer y le ofrece su más íntimo néctar, abre audaz el alfanje de su pico y con él lanza su lengua para absorberlo dulcísimo; instante en que el colibrí y la flor son uno, en fusión perfecta, retornando de nuevo al origen de la belleza del mundo. Jamás un ave sedujo a una flor como el colibrí descendido del arco iris y, con él, en sus plumas y en la vibración de sus alas que aletean nerviosas, le entrega a la flor el irisado arco y ella, a él, su hermosura extinta, tal la novia al novio el día de sus bodas.
Nunca exhibió una flor tanta belleza como aquella que ofreció
sin vacilar su más valiosa esencia. Jamás un ave tan leve se elevó con tal
gracia y quedó suspendida en el aire, levitando absorto ante el esplendor
efímero de la belleza y de la muerte, como el ave crucificada que deja abiertas sus alas tal el Cristo los brazos. Y al final no se supo si fue el colibrí quien sedujo a la flor o fue ella quien lo sedujo.
José Antonio Sáez.



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