sábado, 4 de julio de 2020

DEFENSA DE CABO DE GATA.





                                                                                  A la memoria de José Ángel Valente

Bajan hasta el mar las calvas sierras como si de un animal sediento y extenuado se tratase; aún más: como si el animal se desplomara justo en su encuentro con las aguas y se entregase a ellas, o como si dijese: “Hasta aquí he llegado, por fin, no hay más, no puedo más y me abandono”. He aquí el límite del infierno o del paraíso, lo ignoro. Esta lengua de siete leguas, esta arena que arde, este fuego que sale de la tierra rojiza no es sino la lava de los apagados volcanes que un día vomitaron sus erupciones sobres las laderas de las montañas. Y las pitas que exhiben sus enhiestos falos, ¿a quién pretenden escandalizar, sino al cielo protector que las encubre? Las alondras de Dupont quedaron cegadas por la luz inmisericorde y despiadada que quemó sus ojos y son cada vez más raras entre las zarzas ardientes que aguardan el chamán que las conjure. La foca monje, que entre las rocas y los farallones de espuma se ocultara, como acaso las sirenas que alguien creyó ver nadando al solaz de las aguas, exhibió aquí su coquetería femenina hasta extinguirse. Quizá todo se extinga en el lugar, menos la franja del mar o el desierto que permanecen en un frágil equilibrio a punto de ser devorado por la mano devastadora que empuña la piedra inerte. Esta belleza bien pudiera resultar desoladora si no fuera por la cadenciosa armonía de las formas y los colores, las brisas y los vientos que circundan el recinto desnudo que cautiva, pues liberas el espíritu y él va como a tu deriva, llevándote de acá para allá o en círculos, antojadiza y caprichosamente, hacia ninguna parte que no sea la embriaguez, el aturdimiento, la danza del derviche giróvago, la ceniza del infortunio que derramas sobre tus cabellos mojados. ¿Qué demencia es esta? ¿Qué desmesura? ¿Y quién osa lanzar esta afrenta? Caballitos de mar arrastran la cuadriga de Neptuno, el de afilado tridente, hacia un trono de algas marinas y corales donde son felices las criaturas que habitan semejante espacio. El mar es una franja de azul intenso, un topacio cuyo fulgor penetra hondamente en el interior, como la daga que atraviesa el alma enamorada de quien contempla; una piedra preciosa cuya extensión se aleja de la tumba, con que el fuego de la tierra ardiente, intenta seducirlo brindándole sus ágatas. He aquí el desierto licuado, la bebida que quema la garganta, el corazón del aire y las últimas aves que hierven en la ascesis.
                                             
                                                                           
                                                                                   José Antonio Sáez Fernández.

sábado, 9 de mayo de 2020

LA LUCHA CON EL ÁNGEL O EL COMBATE CON LAS PALABRAS.







La contemplación mental, que no visual, va más allá de las palabras y el entendimiento resulta ser más largo que ellas. Te esfuerzas por hacer explicable lo inexplicable, pero sólo consigues aproximarte; nunca abarcas la experiencia absoluta que abre el conocimiento a lo recóndito. Tu lucha titánica está con las palabras que, paradójicamente, son también fruto del entendimiento; mas, fruto limitado. En abrir el armazón de las palabras está el secreto, en descascararlas, en desconcharlas para hacer transparente la luz cegadora de su significación plena, que coincide con el absoluto y se muestra, pleno, en su interior. Pero quizá no dependa tanto de ti como de ellas, de que ellas se abran a ti y deseen serte reveladas. Las palabras están revestidas de una opacidad exterior que guarda en su interior la claridad desveladora de su esencia y su sustancia. No todos están preparados para recibir la sacudida del interior de las palabras, de su esencia, y se quedan en su exterior, en el envoltorio que las recubre, entre las diversas capas sucesivas que las revisten y encubren su significación plena, que es la revelación. Hay que batirse el cobre con las palabras, luchar contra su hermetismo, porque su más hondo discernimiento está protegido bajo un barniz externo. La mayoría de las personas se conforman con tener acceso a la superficie de las palabras, deslumbradas por su brillo de piedras preciosas; pero su significación plena está oculta y sólo acceden a ella quienes persisten en su empeño; de manera que, amándolas, asumen su sacralidad y hacen de la causa de su desentrañamiento, el objetivo primordial de sus vidas, la mortificación de sus esfuerzos sometidos al ascetismo del entendimiento, al vaciamiento y la humildad de la desposesión, al desprendimiento y la disposición de las capacidades.



                                                                         José Antonio Sáez Fernández.


Ilustración: "La lucha de Jacob con el ángel", de Alexander L. Leloir, 1985. Óleo sobre lienzo. Museo Roger-Quilliot.

lunes, 27 de abril de 2020

EN CAÍDA LIBRE.







Cuando un cuerpo está en caída libre, la ley de la gravedad y la inercia lo atraen hasta que choca con la dura tierra que lo aguarda desde el origen para reiniciar el ciclo de la vida. Así los seres humanos que no cesan de desgastarse, consumidos día a día, hora a hora, minuto a minuto por el tiempo devastador. Se nos va la vida como se va el agua por el desagüe. He ahí el desplome de las criaturas todas en la abducción de la caída que no cesa, de la tierra que imanta y convierte en fermento cuanto ser deposita su aliento en ella. He ahí esa lenta agonía, ese sabernos en caída libre hasta el último choque, hasta el estruendo horrísono de la hecatombe, hasta el choque de cuerpos que se encuentran y, enfrentados, sucumben el uno en el otro y el otro en el uno, fundiéndose, desintegrándose. He ahí el descendimiento y la cámara que ralentiza la caída de la hoja desde la rama más alta del árbol generoso, abundante en frutos y pájaros que entre sus ramas se cobijan. He ahí el picado y su contra picado. Acércate al charco y siente la putrefacción de las hojas que se hicieron en volandas a la caída. Y ve a los que lloran, postrados a los pies del madero, sosteniendo el cuerpo exánime del rey de la caída, el que cayó tres veces y reinició su camino hasta el lugar donde estaba convocado. 





Tú que naciste para volar, aprendiste que tu vuelo es en caída libre, que lo tuyo es caer y levantarte mientras puedas, para remontar el vuelo. Pero, lo tuyo es caer. Caer, no lo olvides. Aunque te veas izado en el aire, alzado como un estandarte en la batalla de la vida, sabe que tú estás llamado a la caída y, una vez en tierra, a la putrefacción que ha de nutrirla. No eres más que el caído, el descendido, el bajado, el recogido y recostado. Y bien lo sabes, porque a veces planeas u oteas desde arriba tu propia caída.



                                                                       José Antonio Sáez Fernández.



jueves, 23 de abril de 2020

LA EXPERIENCIA DEL DOLOR EN LA POESÍA DE EZEQUÍAS BLANCO.







Ezequías Blanco: Tierra de Luz Blanda, Prólogo de Enrique Gracia Trinidad, Madrid, Los Libros del Mississippi (Col. Poesía, 11), 2020.


   En ocasiones, el devenir existencial suele llevarnos a todos ante una situación que pone a prueba nuestra capacidad de superación de obstáculos que, en apariencia, nos parecían difícilmente superables. Una de esas situaciones, que nos ubican en esos casi, para muchos, inexplorados límites; bien pudiera estar vinculada a la salud y nos ubica en un hospital, afrontando la experiencia de una operación quirúrgica difícil de asumir. La enfermedad o el dolor nos adentran en un territorio abisal donde el miedo y los temores suelen provocar un sufrimiento añadido.
   El tema de la experiencia hospitalaria, unido al de una operación quirúrgica, no es la primera vez que aparece hermanado con la poesía (recuérdese, por ejemplo, el poemario Trasmundo, de Ángel García López) y es también el que el escritor Ezequías Blanco (Paladinos del Valle, Zamora, 1952) ha querido afrontar en su último libro, Tierra de Luz Blanda. En los textos poéticos que conforman íntegramente el volumen, el escritor zamorano residente en Getafe, conocido tanto por su obra literaria bien contrastada, como por su labor al frente de la revista “Cuadernos del Matemático” y otras empresas socioculturales afronta, con un coraje digno de encomio, el reto de poetizar una experiencia que, en principio, podíamos considerar si favorece poco o mucho, el grado de su poetización. Creo, en principio, que no todos los poetas seríamos o somos capaces de ello y que el acometer tal empresa, bien pudiera servir de terapia psicológica en aras a vencer las secuelas de una experiencia quirúrgica y hospitalaria. Ardua tarea, sin duda, esa de poetizar una experiencia traumática; si bien es cierto que convertir en literatura la experiencia de los límites, en este o en otros casos similares, siempre supuso un reto y un incentivo para el escritor que se pone a prueba a sí mismo y pone a prueba su suficiencia en ese transgredir las fronteras de lo tan difícilmente literaturizable.





   Ezequías Blanco ha escrito un libro valiente y ha superado con nota el reto que suponía su empeño. Así lo vienen reconociendo crítica y lectores de su poemario Tierra de Luz Blanda, empezando por el prologuista del libro, el poeta Enrique Gracia Trinidad. Dedicado a los doctores que lo atendieron, e introducido por citas de Escribir, de Marguerite Duras, y de Poesía y Cuerpo, de Cecilia E. Collazo, nos encontramos ante un viaje o una experiencia que somatiza líricamente pasos y procesos, intuiciones y circunstancias: desde el quirófano a la anestesia, desde la sala de reanimación al dolor y al gotero en una habitación de hospital, la herida y su drenaje, los calmantes, la cama y las visitas, la enfermera y el andador, los tiempos interminables (especialmente las noches), los miedos y temores en un Paseo por el amor y la muerte: “No había asomado por aquí la muerte/ todavía junto al amor que nace/ y el que se malogró/ en este tierra de luz blanda” (p. 42).       Un viaje necesario que se culmina felizmente, pero que no termina cuando llega el alta, a la cual ha de seguir necesariamente la recuperación. Ya en curso de la misma, el poeta se decide a hacer balance de su experiencia: “Por delante la tristeza y por detrás la niebla. / Y no hace falta ya que muera nadie. / Eso ha sido la vida en esta estancia: / trenes vacíos con estaciones sin destino” –escribe en el poema Balance, p. 45. Noches que siguen al insomnio, paisajes para después de la batalla en los que se comprueba que la vida sigue, el sol sale cada día y los árboles visten de hojas sus ramas en un abril que puede llegar a ser el mes más cruel. Así, como quien aprende a caminar de nuevo y halla siempre el auxilio de los bancos que esperan el reposo del cuerpo cansado y dolorido, porque no queda otra que afianzarse en la esperanza, acertando a ver la vida como la maravilla que es: como una oportunidad para ser vivida.


   El poeta zamorano nos ha legado un libro existencial y valiente, que es expresión de una experiencia realmente difícil y dolorosa; pues no en vano el dolor puede llegar a considerarse como una de las mayores y más complejas experiencias. De ahí que el poeta se pregunte si habrá un día en que el dolor se aplaque, aunque sabe que “Breve es el tiempo de quien sufre” y que “La música del vuelo está perdida.                

                               
                    José Antonio Sáez Fernández.





martes, 21 de abril de 2020

CATÁBASIS O DESCENSUS AD INFEROS.







¡Qué misterio insondable se oculta en el interior de los seres humanos! Por mucho que intentes penetrar en el corazón, en el alma humana, no conseguirás hacer grandes progresos, incluso si a quien pretendes llegar se abre a ti. Las motivaciones últimas de la conducta humana son, a menudo, insondables; tanto para quien pretende acceder a ese lugar inefable como para quien desea hacer explícita su intimidad. Porque desde el mismo instante en que alguien se decide a exteriorizar esas motivaciones o intenta justificarlas, sólo se queda en eso y el resultado resulta tan inverosímil como vano, voluble o antojadizo para quien lo intenta y suele descarriar en el camino. Seguramente no encontramos justificación a las motivaciones últimas del alma y la conducta humanas. Puede que solo haya una vía de acceso a ese abismo insondable, a esa bajada a los infiernos, cuyo conocimiento provoca tanto desasosiego, tanto desconcierto y tanta desazón a quien logra descender hasta allí. Esa bajada tiene una sola vía de acceso y es personal e intransferible: la tuya, desde ti mismo hacia ti mismo. Es un viaje de inciertos logros que atemoriza y amenaza con la demencia a quien se atreve a intentarlo, tal es el descubrimiento de la lucidez y lo indigerible de los hallazgos. Los fantasmas de la conciencia que se manifiestan en tal descenso ad inferos atormentan desde el inconsciente al ser consciente y no le permiten ubicarse en un estado normal de consciencia, de realidad o de más o menos normalidad. No pocos se decidieron a acceder a ese territorio hermético a través del alcohol o distintos tipos de estupefacientes y fueron presa del desasosiego permanente, si no de la locura; incapacitándose a sí mismos para la convivencia o la sociabilidad con sus semejantes.






   Si hay algo que caracteriza a ese espacio del alma humana es su hermetismo, su blindaje, su opacidad amurallada, su caparazón acorazado. Nadie que logre asomarse a ese abismo sale indemne de su osadía, ni nadie que haya sido capaz de descender allí o adentrarse en él, siquiera sea mínimamente, no queda afectado de por vida. La lucidez se paga, pues, muy cara. Su carga es demasiado pesada para la endeble, indefensa y desamparada corporeidad que nos reviste. Territorio ignoto de todos los abismos, viaje que conduce con demasiada frecuencia al extravío.                            


                                                                    José Antonio Sáez Fernández.





martes, 7 de abril de 2020

AUTE, EL JUGLAR MELANCÓLICO.








   El cantautor Luis Eduardo Aute ha sido un buque insignia para mi generación y puede que para algunas más. Nadie como él supo conectar con los anhelos de los jóvenes españoles de los setenta y los ochenta, quienes vivieron la agonía del franquismo y la llegada de la democracia como la conquista de la tierra prometida, tan largamente esperada. Aute canta y parece que susurra y sugiere a la par. Nunca estridente. Es un poeta que canta, un juglar melancólico que tiñe de melancolía cuanto expresa. Y es un desarraigado, un desgarrado, un expatriado, un herido de amor muy lastimado. También de libertad y de belleza. Le dolió su país y se refugió en el amor, en la amistad, en la música y en el arte. En la belleza, en definitiva, a la que aspiraba; sabiéndose humano, falible y mortal. Su imagen misma era la de una generación inadaptada, rebelde y contestaría desde postulados nunca violentos, pero sí de rechazo; de una especie de rechazo autodestructivo que plasmaba a través de la melancolía y la indeclinable tristeza de sus textos y sus cuadros, engendrados por una suerte de incapacidad o de frustración ante la consciencia de no poder cambiar el mundo. 
   También el amor puede resultar una experiencia de aniquilamiento personal, un proceso de autoafirmación destructiva en cuanto los amantes disuelven su más íntimo ser en la conjunción con el otro. Ese perpetuo estado de desazón que deviene en melancolía y autodestrucción, reflejada esta última también en su pintura, junto a la rebeldía, lo convirtieron en emblema para los jóvenes de los años setenta y ochenta, como digo. Fue un juglar no acomodaticio que molestaba y suscitaba desconfianza o prevención en amplios sectores de los poderes públicos de entonces. Del mismo modo, fue un ser libre, en un país donde no todo el mundo entiende ni respeta la libertad del otro. La figura de Luis Eduarte Aute es la radiografía emocional de varias generaciones de jóvenes españoles, de sus anhelos y aspiraciones en la España de la transición. 





   Lo que lo diferenció de otros cantautores está a la vista: de unos, la canción protesta de cariz político-reivindicativo; de otros, el carácter intrínsecamente urbano de su temática. Puede que Aute tuviera algo de los dos grupos, pues fue un subvertidor de valores y emociones. Su personalidad y su singularidad son incuestionables, junto al intimismo, de raíz inconformista, en sus creaciones literarias, musicales o pictóricas. Intimismo, pues, junto a rebeldía, elegancia estética y melancolía, se dan la mano en un artista indiscutible de la España actual que, en sus concomitancias culturalistas, entronca con la poesía española de los setenta, la de los novísimos; por ejemplo, en lo que a sus referencias cinematográficas se refiere. Mientras que, en sus tintes filosóficos, no deja ser un existencialista pasional que consumía sus cigarrillos con voracidad.


                                                                        José Antonio Sáez Fernández.

lunes, 30 de marzo de 2020

INTIMISMO POÉTICO Y EFICACIA COMUNICATIVA.








   El poeta Antonio Pérez Roldán (Nueva Carteya, Córdoba, 1945), residente en Tarrasa, codirector allí, con el almeriense Francisco Lucio, de la colección de poesía “Alandar”; es autor de varios libros de poemas, aforismos y cuentos, todos ellos publicados entre los años 1992 y 2017. Su última obra editada, aparecida en estos últimos meses, lleva por título “Señales de uno”. Se trata de unos textos que fueron escritos entre 2007 y 2011, de una poesía depurada, quintaesenciada, diría yo, como si de un alquimista o un destilador de enjundiosos licores se tratara. El lenguaje se hace aquí enormemente efectivo y eficaz, a la par que significativo, pues nada sobra ni falta en el verso ni en el poema. Todo ello hace de ésta una poesía ágil, ligera, que va de vuelo. Nada hay que distraiga al lector, nada que lo desvíe de la senda trazada en la escritura por el poeta, quien conduce a ambos (lector y texto) con economía de elementos y esencialidad. Poesía intimista, sin duda, y profundamente reflexiva, que sitúa al hombre y al poeta ante sí mismo y ante los problemas o interrogantes vitales que acosan al ser humano; especialmente aquí, el paso del tiempo y la muerte.
   El lector atento hallará en estos versos un acentuado aliento que se debate entre una tan profunda como lejana tristeza y la melancolía; correlatos del dolor y el desgaste de vivir, de haber luchado y haberse dejado la piel en el intento; esto es, en el camino de la vida. Nada es en balde, nada ocurre o sucede en balde: la superación de las condiciones adversas, incluidas las de desarraigo y la edad, no pasan sino dejando factura y al guerrero seriamente herido. Esa herida es la que respira en los poemas de “Señales de uno”, donde la soledad y la escritura del poema, incluso a altas horas de la noche o ya en la madrugada, parecen requerirse mutuamente desde el insomnio. Un cierto desencanto se aprecia también en estos textos ante el balance que se extrae de la experiencia del vivir.



   Diría que el poeta Antonio Pérez Roldán siente la urgente necesidad de dejar testimonio del sentido agónico, unamuniano de la vida y de dar fe de ella, para que no todo sea pasto del olvido y algo quede así en la memoria de sus contemporáneos; dar testimonio, digo, de algunas de las preocupaciones que, en gran medida, han requerido de sus afanes y desvelos en su pasar por este mundo. Y ello sucede cuando se tiene la clara conciencia del esfuerzo, del sacrificio, de la entrega y superación que la existencia humana requiere. No se hacen señales en la noche sino para advertir de que estamos aquí, en radical soledad, insomnes ante el dolor, el paso del tiempo y la muerte. Luminarias, señales en la noche, bengalas que lentamente se consumen por si alguien las avista y recoge, con amor, la honda verdad que ellas representan. En su lucha con las palabras, el poeta las desnuda para extraer de ellas su sentido primigenio y verdadero; se desnuda igualmente a sí mismo para presentar ante el lector su más honda y genuina verdad, que es también nuestra más honda y genuina verdad: lo esencial humano.


                                                                José Antonio Sáez Fernández.