viernes, 15 de octubre de 2021

FELICIDAD Y REDES SOCIALES.

 


Parece que en la sociedad del bienestar hemos descubierto de pronto la desazón existencial, que ha de ser algo así como el desacuerdo entre intentar demostrar exteriormente lo felices que somos y lo que en realidad sentimos por dentro y a solas: algo inconfesable. La monotonía diaria en extenuantes jornadas laborales que apenas nos dejan tiempo para compartir con las personas que de verdad nos importan, a cambio de un fin de semana o un puente que intentamos exprimir con la avaricia de quien los sabe efímeros, como todo en la vida. Y no paramos de huir, incluso hasta de nosotros mismos. Nos ronda el miedo a quedarnos solos, el terror a que pase el tiempo y nos preguntemos si hemos vivido la vida de acuerdo a nuestras aspiraciones. Mejor no plantearse cuestiones profundas que no llevan a ninguna parte, que no solucionan nada y no provocan sino amargura, frustración e infelicidad; las cuales constituyen tabúes en una sociedad nacida para la alegría perpetua, el jolgorio continuo, la fiesta total que ha de quedar reflejada convenientemente para la historia y los demás en las redes sociales o ha de ser devorada por el guasap.



Pero la vida no suele ser como se muestra en las redes sociales y las personas, que aspiran legítimamente a ser felices, saben por sí mismas que gran parte de lo que difundimos de nosotros y nuestra vida es pura apariencia, pura superficialidad, si no pura hipocresía. Vivimos hacia fuera, para que los demás nos vean y nos importa más que los otros verifiquen lo felices que somos que, en realidad, ser verdaderamente felices. Seres en superficie, pues, no en inmersión; tragando aire para respirar por las branquias que les nacen de los hombros o en pecho. Hay gentes, que se dedican a manipular ideológicamente las redes sociales y captan incautos que difunden sus mensajes envenenados, los cuales muestran la gran mentira que subyace bajo la apariencia del pastelito envenenado. Más tarde o más tempranos esos mensajes y quienes los difunden quedan al descubierto, con las vergüenzas al aire y bajo el gesto de asombro de los confiados.



Pedir hoy autenticidad y verdad en nuestras vidas es pedir demasiado. Pedir pensamiento y reflexión para evitar la manipulación, una imposible empresa. Estamos, como siempre estuvimos, a merced del gran capital y las ideologías que planean y diseñan nuestra vida. Al arbitrio del postureo, como suelen decir los jóvenes.

                                                            José Antonio Sáez Fernández.

viernes, 17 de septiembre de 2021

OJOS AL ACECHO.






¿Qué decir de los ojos? Y a partir de ellos, ¿Qué de la contemplación? Abiertos hacia a luz e imprescindibles para ponernos en contacto con el mundo, para abrirnos a la belleza de la creación y a las relaciones con nuestros semejantes. Desplegamos la mirada como quien se eterniza sobre las brasas y hacemos nuestro su conjuro acogedor que conduce al alma. Dejamos ir a nuestros ojos, siempre están escapando y ay de nosotros si no los retuviéramos. Así el niño que gatea y solo ambiciona escapar de la mano que lo sujeta. Ellos van como si caminaran por libre, ajenos al cuerpo que les da cobijo. ¡Qué son los ojos sino alas de pájaro, las alas del águila o las del halcón! Se nos van los ojos como se van los hijos en la madurez vital, sin que podamos ni debamos retenerlos. Van en la libertad del aire, hacia ninguna parte, hasta dar con la diana que los subyuga, que los atrae, que los atrapa. Los ojos no ven tope ni restricción alguna en su vuelo sobre el azul, aunque se ven limitados en la noche porque están hechos para la luz.



Mas he aquí que aun siendo la vista uno de los cinco sentidos, puede también quebrarse, malinterpretar lo atrapado y confundirnos; si no caer en la desmesura y ambicionar los límites de su contingencia física. “Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y tíralo; porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (Mateo 5, 29) –dijo el Maestro. 

Para llegar al centro de ti mismo es necesario que atravieses por "el no ver", porque ese es el camino que conduce a la luz. No se llega a la aurora sin pasar por la noche, a ser posible cerrada, que no estrellada. En "el no ver" está la pista que lleva al secreto mejor guardado; esto es: tu unión con la deidad o con el universo del que formas parte, si así lo deseas.




 Es la plena oscuridad lo que te propulsa hacia la visión completa. ¡Qué pocos persisten en ese sendero! ¡Y cuántos abandonan en la búsqueda! El logro es de quienes perseveran. Pero no superas esa oscuridad infinita sino por concesión de una gracia que te es ajena: limitadas son las capacidades humanas que quedan muy atrás, abandonadas en el camino. De la oscuridad no sales por méritos propios, sino por los ojos que te miran y te aguardan al otro lado de tu misma contingencia. Feliz quien se abandona al río que nos permite fluir hacia lo ignoto y, entrando en un territorio inexplorado, se sabe a salvo en los brazos que lo acogen magníficos.


                                                                      José Antonio Sáez Fernández.





viernes, 3 de septiembre de 2021

AMOR FLUYENTE.




   Lo que se da en amor no muere porque queda grabado de forma intangible en la eternidad, para que no lo borre el olvido. Por eso tú, no dudes: todo el amor que diste quedó grabado a sangre y fuego, y no podrá el paso del tiempo borrar la memoria de cuanto por amor te prodigaste, por el que te creciste y fuiste ya inmortal. Sabe que solo el amor que dimos nos convierte en inmortales. Solo el amor va en el silbido del viento y llega al corazón palpitante de la muchacha en flor que aguarda, engalanada de novia los besos, las palabras encendidas de aquel que le da vida. Ah, el amor, que es concesión divina y embarga todo el corazón humano, ese que apenas puede soportar la plenitud amorosa… Ama. Ámame, compañera. Amadme, vosotros, porque os amo, porque sois mis iguales en todo, con mis mismas carencias y mis aspiraciones. 




   Os doy amor porque no cabe más dentro de mí, porque el amor fue concebido para desbordar su cauce, como los ríos en la estampida de las aguas. Sabed que he amado y por ello sé que he vivido. De no haberlo hecho así, mi vida sería un erial, el árbol estéril que no ha dado fruto, ese al que terminó por agostar la sequía del egoísmo y es hoy fantasma del páramo baldío y desértico. Ved cómo me he derramado y deshecho en vosotros, cómo me he dejado caer en la languidez como el que se abandona, como quien no da más de sí y se ha quedado exhausto, como quien se ha vaciado de sí enteramente y a quien aún sobra siempre un poco más de amor que dar. Soy, así, el que se deja llevar y al igual que la caña va en la bonanza de las aguas que lo transportan, sumido en su propia paz, dispuesto a entregarse una vez más. Mirad en mi bodega interior y bebed del mosto que en ella fermenta, pues soy el desalojado. Solo en el desprendimiento me enriquezco y cuanto más doy, mayor compensación obtengo en este gozo inefable de amar.

 

                                                         José Antonio Sáez Fernández.



jueves, 29 de julio de 2021

CALBALGANDO JUNTO A DON QUIJOTE.

 



Has de saber, Sancho, que hoy me embarga un raro sentimiento de melancolía, porque llevamos dos días cabalgando y aún no nos han salido al paso, por estos polvorientos caminos que recorremos, los gigantes descomunales contra quienes me advirtieron las historias de los caballeros andantes que me precedieron en la noble Orden que profeso, y a la que tú perteneces como leal escudero mío. Y no me digas que aún no has comido, pues de sobra sabes que los caballeros andantes se alimentan de las hazañas que les acaecen; mas no así quienes les sirven, que necesitan sentir cómo se desliza el vino por su garganta y, en cortando con su navaja un trozo de queso, y con él un buen pedazo pan, bien cocido en el horno por su ama, son los seres más felices de la tierra. No me culpes, pues, Sancho, amigo, de no reparar en tu necesidad sino en esta insaciable sed de aventuras que me consume, pues al fin y al cabo es superior a mí y al magullado Rocinante que soporta mis huesos sobre los suyos. Mas, en transcurriendo aquella loma hay una alameda que discurre al par de la orilla de un riachuelo, donde podremos dar agua a nuestras respectivas cabalgaduras y, bajo la sombra que nos proteja, podremos hallar el solaz que tú buscas y que yo necesito; así como descanso para Rocinante y el jumento. Mira que cae la tarde, Sancho, y se nos viene encima la noche, por lo que debemos acogernos a la protección que se nos brinda y ponernos a resguardo de las alimañas que nos acechan a cada paso que damos.

- Haga y diga vuesa merced lo que bien le parezca y pase por sus mientes atormentadas y sudorosas, que yo voy sacando ya las pobres viandas que aún restan de mi faltriquera, pues mis tripas rugen de desconsuelo y mi cuerpo, en su flaqueza, se resiste a mantenerse erguido sobre el jumento.

- Come  y bebe tú, Sancho, amigo, y duerme también si lo deseas, que yo estaré velando toda la noche bajo la luna llena por amor de mi señora Dulcinea; pues de sobra sabes que sólo ella es la dueña de mis pensamientos.


                                                                      José Antonio Sáez Fernández.

martes, 2 de febrero de 2021

LOS DÍAS DE LA PANDEMIA.




Aquel día, Ángel se levantó preguntándose por qué la humanidad habría decidido suicidarse. La especie humana no había existido, obviamente, desde el origen del mundo; sino que era resultado de la evolución. Pues hubo un inicio, no tenía nada de particular que hubiese también un final. Él pertenecía a una especie que había acosado y sometido a una extinción más o menos programada, más o menos vertiginosa, a otras muchas especies, arrebatándoles su territorio y su hábitat natural, hurtándoles el alimento, asolando su territorio o sometiéndolo a una depredación sostenida hasta dejarlo exhausto e inhabitable. El afán depredador, la arrogancia, la falta de escrúpulos con el medio de esta especie que se consideraba a ella misma la especie elegida, el ser racional e inteligente, dotado de libertad y dignidad inquebrantables, no tenía parangón con otras especies con las que debiera convivir y compartir tan hermoso y único planeta, nuestra casa común.




El ser humano se había extraviado irremediablemente: padecía una enfermedad incurable y era presa del desvarío, quizás antes nunca apreciado en el común de las mentes vacías, únicamente guiadas por el individualismo salvaje y el ansia de colmar todos los apetitos que lo seducían. Era, en efecto, como si alguien hubiese dictado el vaciamiento de los cerebros a través de la expansión de un virus de demencia colectiva. Las masas, agitadas por políticos y multinacionales, eran dirigidas desde los medios audiovisuales y de propaganda hacia el consumismo más absoluto, como único camino hacia la felicidad posible; decretada ya la muerte del amor, de la conciencia y de los valores que hubieron sustentado las sociedades humanas desde el origen. No habíamos entendido que, al presente, éramos enteramente dependientes unos de otros y que la solidaridad no era una opción, sino la única salida posible a la ceguera que nos acosaba. Las estadísticas, las encuestas y la bolsa de valores eran algunos de los instrumentos utilizados por las mentes dominantes y manipuladoras con objeto de controlar y dirigir al rebaño hacia los fines que habían determinado en un presente desolador y un futuro provechoso, según calculaban, para sus intereses. La especie anestesiada, como la conciencia, vivía el sueño del estado del bienestar del que emanaba toda aquella felicidad posible. Todo estaba previsto: los conceptos elaborados repetitiva y machaconamente para ser asimilados por las mentes anémicas, anulada toda capacidad de pensamiento crítico y libre, todo esfuerzo que supusiese pensar críticamente.




Como otras especies animales hermanas de la especie humana, al verse acosadas y su medio destruido, se decidían por el suicidio colectivo al verse privadas de su hábitat y de las mínimas condiciones necesarias para sobrevivir; ese mismo camino parecía ser el que habían elegido los humanos, y hacia ese mismo objetivo, nunca explícito, se dirigían irremediablemente, ya iniciado el siglo XXI de nuestra era. Quede aquí constancia.



                                                                        José Antonio Sáez Fernández.

                                                                Febrero de 2021, segundo año de pandemia.

martes, 22 de septiembre de 2020

REFLEXIONES SOBRE LA CONCIENCIA.

 





Lo que nos lleva a entrar en esa suerte de territorio vedado que es la plenitud de la conciencia son los errores que cometemos en la vida, son las dificultades por las que atravesamos y de las que estamos impelidos a salir con mayor o menor acierto, con mayor o menor fortuna, con mayor o menor solidaridad de quienes nos rodean. Son, en definitiva, las experiencias que nos ponen a prueba las que nos obligan a “caer en la cuenta”, lo que no equivale sino a la conciencia; esas que nos obligan a vencerlas o a salir renqueantes de ellas, victoriosos o malparados. Nuestra conciencia se forja, pues, en las dificultades, en los errores, en las pruebas a que nos somete la vida, los cuales nos inducen y conducen a ella descubriéndonos todo un territorio de umbría o deslumbramiento por explorar, a través de la reflexión. La capacidad de respuesta y el acierto para conducirnos por ella dependen de cada uno, de nuestros principios y valores morales, de nuestra persistencia en la indagación. Somos, créanme, nuestra conciencia. La conciencia de lo que somos. Lo que nos golpea con dureza es el aldabonazo que nos despierta o nos deja sonados, como a boxeador noqueado, y nos pone en alerta, esto es, nos predispone para introducirnos en el territorio secreto de la conciencia y en los claroscuros que la constituyen o la pueblan. No hay nada que te identifique más contigo mismo que tu conciencia y has de saber que si eres como ser individual es por tu conciencia, que es solo tuya y de nadie más. Tú no puedes justificar tus actos basándote en la conducta de los demás, porque cada uno es hijo de sus actos y no de los actos de los demás. Por eso no puedes amordazar tu conciencia, ni acallarla, ni silenciarla, ni tampoco anestesiarla para que no te moleste. Ella estará siempre ahí, como el Pepito Grillo que alerta a Pinocho de su erróneo proceder con tan equivocadas compañías.

 



Cuando no se quiere oír, cuando estorba y molesta, la conciencia puede llegar a ser insoportable por su insistencia y su terquedad. Pero no te puedes despojar de ella, porque ella eres tú mismo. No puede dejar de ser luz e iluminar nuestra existencia, ni puede dejar de marcarnos el camino. En el final de la vida, lo que escapa de nosotros, con nuestro espíritu o la energía que fuimos, es la conciencia. Ella y el amor que fuimos capaces de dar son los que han de rendir cuentas de cuanto fuimos: el saldo que nos queda antes de entrar en la Eternidad.


                                                                         José Antonio Sáez Fernández.

miércoles, 26 de agosto de 2020

PUEBLO INDOMABLE

 

 



Pueblo indomable, amalgama de tribus en conflicto, gentes de los valles y la alta montaña, de los campos y los ríos, de los pueblos y las ciudades que miran al norte o bajan hacia el sur… Eh tú, el que camina como si nada ni nadie pudiera detenerlo o ponerle freno, el que arrasa con todo por donde pasa, aunque lleva sobre la frente, impresa, la palabra “libertad” y en sus manos la pancarta: “No hay costumbre más sana/ que hacer lo que te dé la real gana”. La metafísica de la real gana. “De cada diez cerebros españoles, decía el bueno de don Antonio, nueve embisten y uno piensa”. “Oiga, oiga, respéteme, que yo tengo mis derechos”. 

Ahora que nadie te ve, y aunque te vea, qué más da, arroja al suelo la gasa, la mascarilla, la bolsa, el papel que te incomoda en las manos como ascua ardiente que quemara, los restos de la fruta, la botella vacía o deja sobre la acera las cacas de tu perro para que las aplaste el pie de otro. Preciosas plantas las de tu jardín, si bien las hojas secas de tu bugambilia van a la puerta del vecino. Tú que en las noches de verano, bebes, ríes y bromeas hasta rayar el alba, aun a sabiendas de que a tu alrededor hay gentes que se levantan al amanecer para ir a trabajar; eres el que grita, vocea y se rebela cuando alguien lo llama al orden. Amigo que no te molestas en depositar tu bolsa de basura en el interior del contenedor, sino que la abrigas junto a él para que vengan los animales hambrientos a expandir los restos por los alrededores. ¿En qué piensas, tú que contaminas el aire, el agua y los campos, tú que cortas los árboles o quiebras el frágil tronco de los recién plantados, tú que disparas o arrojas piedras sobre el cristal de las farolas y sus bombillas, o tú que por las noches bajas a cortar las rosas del jardín público para ponerlas en un hermoso jarrón que alegre tu casa?




Eh, amigo, si tú, el de la real gana, ese que desprecia lo que es común, lo que nos pertenece y disfrutamos todos, porque está resentido o porque se considera con derecho a la impunidad de sus actos: examina tu proceder y ve si queda algún resto de conciencia en tu interior, si aún sabes apreciar el respeto que te deben y el que tú debes a los demás, porque vives en sociedad y hay muchos que hacen mucho por ti, y sufren además las consecuencias de tus actos. Y disculpa, si te parezco entrometido. Mira que voy siempre en son de paz.


                                                 José Antonio Sáez Fernández.