martes, 12 de mayo de 2015

LA EVOLUCIÓN DE LAS ESPECIES.





   Aunque hubiera cien, mil, diez mil hombres dispuestos a morir en una cruz por redimir a la especie humana, seguramente ninguno de ellos conseguiría su propósito. Esta especie terca y obtusa, que vuelve una y otra vez a caer en los mismos errores o en otros nuevos tan viejos como aquellos, que no hacen sino conducirla al desastre y, probablemente, a su propio exterminio… Este ser dotado de inteligencia y libertad, capaz de crear y destruir con voracidad cuanto por su felicidad fue en origen, que no se aferra a la paz y desconfía de su hermano; que acapara, derrocha y dilapida cuanto sabe que es limitado y efímero: ese ser que no es capaz de construir un mundo donde haya lugar para todos, incluidos los desheredados que no heredarán la tierra… Es la burda imagen de quien lo creó, la parodia, el absurdo, el esperpento, la trágica consecuencia del fortuito azar en que se originó. 
   Mas yo necesito pedir indulgencia para él por parte de quien pudiera perdonarlo, porque no sabe lo que hace y porque es una pura llaga, un lacerante dolor, una hemorragia por la que se desangra. Y porque no hace más que girar y dar vueltas sobre sí mismo con inconsolable desgracia, como un planeta a la deriva de las galaxias y las constelaciones, como un agujero negro, como la explosión primera del big-bang.
   Vedlo venir tambaleándose. Es el borracho que no encuentra en la calle la farola a que agarrarse y se ha orinado ya en los pantalones. Es la triste caricatura de sí mismo, la pleamar en donde vienen a morir las olas. Vedlo espantando al espectro que incorpora y a los mosquitos que acuden a la luz de la farola, la cual empuña como su majestad el cetro. No tiene trono, pero habrá de poseerlo. Es el rey de su propia miseria: humo, polvo, barro amasado por el alfarero. El beodo histrión que pasa de la risa a las lágrimas sin apenas darse cuenta.

   
                                                                       José Antonio Sáez Fernández.




viernes, 8 de mayo de 2015

DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS (VII).





31.

Quiéreme mientras cae la noche sobre tus pupilas iluminadas. Dime que me quieres y obrarás en mí el milagro, al igual que actúa la luz en las flores inclinándolas al calor del sol. Dime que sí, que hay amor en tus manos y calor en tus brazos para alejar los oscuros presagios de mi corazón dolorido. Dime que has conquistado las almenas de mi atalaya, extendiéndote sobre mí, prolongándome; ay bienaventurada. Dime que han madurado las cerezas y que vienen los pájaros cenicientos a picotear la púrpura de mis lívidos labios, los cuales sólo tú besas con veneración.



32.

Llorara yo sobre tus hombros. Regara con mis lágrimas tus manos. Diera rienda suelta al lacrimal, abriera sus compuertas. Y vinieras tú a derramar sobre mí la ternura de antaño, secando mis mejillas con tus dedos temblorosos, donde laten apresuradamente los corazones diminutos de los pájaros ausentes. Vinieras tú a recoger mis piezas rotas, puzzle yo al que tu alma se ha empeñado en recomponer. Vinieras y extendieras tu mano para erguir al caído, aquel que ha sido arrojado al polvo de todos los caminos por los sicarios pagados por su enemigo.



33.

Dime “amor”. Di “qué tienes, amor”. Di que ha irrumpido la luz por un ángulo de la habitación en penumbra y que se te han iluminado las manos para la caricia. Di “incorpórate, que llega el día y hemos de salir a la calle a compartir nuestra dicha”. Di que están en flor los cerezos y tienen los almendros en sus ramas, cuajadas, las allozas. Dime que salgamos al aire y pisemos la hierba húmeda con los pies descalzos. Anda, dime que sigamos el canto de los pájaros, ocultos en la arboleda, y que se entere el cielo de que no morirá nuestro amor cuando tú y yo muramos.



34.

De nuevo, extendiendo tu mano, me invitas al baile. Eres la danzarina que cautiva y fascina. Cuando giras en el aire, invicta y triunfante, recojo tu requiebro; alta e inmortal criatura, de gracia revestida por la pálida luna que se mira en las aguas, tal si no fueras de este mundo. Alto cisne que iluminas el estanque dorado, deslizándote por el cristal que ha de ser tu espejo; mientras tu cuello me interroga, como al ilustre poeta de Metapa.



35.

Por amor se perpetúa en la luz la creación entera. Por amor se yergue de la tierra el maltratado y el caído, y por amor alzamos nuestra copa de oscuro vino hasta los labios que sorben su color violado. En amor los bosques y los ríos, en amor las sierras y las cordilleras nevadas, en amor los cauces de las ramblas, en amor las veredas, los caminos, los altos senderos y las cárcavas. En amor tú y yo, recreando el universo, engendrando de nuevo el origen primero en que nos fundamos. En amor elevamos nuestro cántico y lo repiten después los segadores y aquellos jornaleros que regresan, cumplida la faena en los viñedos.



                                                                        José Antonio Sáez Fernández.
          

miércoles, 29 de abril de 2015

DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS (VI).





26.

El escriba sentado. Ese hombre semidesnudo, de evidentes rasgos egipcios, me habla desde la autoridad que le otorgan sus tres mil años de antigüedad. Y me dice que escribir es un saber mágico y milagroso. Que el escriba es un hombre respetado en la corte y que la escritura tiene ambiciones de eternidad, pues permanece como él, inalterable, a lo largo del tiempo. A su lado quisiera estar sentado, pero lo contemplo de pie.



27.

La música te transporta. El sonido te eleva hasta hacerte semejante al pájaro. La música te abre las alas y las bate en el aire. Sus notas extraen lo mejor de ti y te resultan reveladoras. Mira que la música te roza y te empuja a caminar en el vacío. Ya tienes los pies ligeros y puedes andar sobre las aguas. Eres la vela y el mástil y el mascarón de proa. Eres la indeleble melancolía de los violines. Eres la sublime tristeza del Apocalipsis. Eres la perla y la lágrima: la perla oculta en la cuenca de la mano y la lágrima que compite con ella, esa del corazón lastimado por el desamor.



28.

Se me han ido los pájaros que me nacían de los dedos. Ya no siento el roce de sus alas en la piel de mi cara, abanicándome.Yo ya no soy de los pájaros, ni son míos los pájaros. Este lugar es el manicomio de los pájaros que anuncian su orfandad y es mi más irreparable desesperación, mi más absoluto desamparo, mi más íntima muerte. Es el corazón de las ausencias y el apeadero desierto por donde deambulan tan solo los espectros nocturnos que me rondan.



29.

Hiéreme con el roce de un vilano. Atraviesa mi alma con el plumoncillo de un pichón que apenas si ha abierto sus ojos a la luz del mundo. Deja que pase el aire a mis pulmones y que sea como la amenaza de una espada en alto. Mira esa mota de polvo que me desgarra la piel expuesta a los rayos de este inclemente sol en llamas. Adentra tu lanzada de luz en mi interior y déjame seriamente lastimado, pues convengo en que todo hiere al ser diáfano.



30.

El que dice tener el pecho de amor muy lastimado. El que hunde sus manos en el agua como si se las sajaran. El que abandona sus ojos en la superficie para que floten a la deriva de las olas. El que lanza al aire los suspiros hasta conmoverlo. El que enternece a las flores con un vals en la víspera, cuando la luz se muere en sus pupilas. El que se desangra con sólo presentir que su espíritu está convaleciente por todo el desamor del mundo. Ese que va y se va. Ese ser que no soy.


                                                                        José Antonio Sáez Fernández.




lunes, 27 de abril de 2015

DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS (V).





21.

¿Por qué nos equivocamos tanto y tan irremediablemente en la vida? Decimos que alguien tiene suerte o que no tiene suerte. Decimos que alguien se lo tenía merecido, o que se lo merece, y que aquel otro se lo ha buscado. ¡Pero hay tantos seres inocentes que ni se lo han buscado ni se lo tenían merecido! ¿Por qué nos marcan tanto nuestros errores, de manera que podemos ser rehenes suyos durante el resto de nuestra vida?



22.

El azar es caprichoso. Jugamos un juego en el que ni siquiera somos conscientes de que tomamos parte. Echamos tantas veces los dados sobre la mesa sin saber lo que nos jugamos. La rueda de la fortuna reparte antojadizamente males y bendiciones sin reparar frecuentemente en quién o en cómo. En cierto modo, somos víctimas del azar y de las circunstancias y ellas deciden buena parte de nuestro ser y estar en el mundo.



23.

Se subió al tren a tiempo. Pasó el tren por su puerta y no lo tomó. Se quedó para siempre en la estación viendo pasar los trenes que partían y se llevaban a otros semejantes a él en busca de una vida distinta a aquella que por nacimiento le había sido asignada. No tomó la decisión acertada o fue cobarde. Prefirió un lento acabamiento al oscuro e incierto azar. Lo conocido a lo desconocido.



24.

Un lobo aúlla. Un coyote aúlla. Un perro ladra a la luna reflejada en el agua. Un hombre llora desconsoladamente su oscura condición de ser sufriente. Un hombre gime en la noche, mientras el lobo y el coyote aúllan, o el perro ladra a la luna reflejada en el agua. Un hombre llora en silencio su soledad, su dolor, su condición mortal, con el amargo sabor del vinagre en la boca.



25.

Un hombre es una nana, una canción de cuna. Una antigua canción que habla de un barco que se fue a pique. Un rompeolas donde viene a morir la espuma, empujada por las olas con empecinamiento. Este hombre de quien yo hablo es un escalofrío, un tiritar apenas, un chasquido de dientes, una continua despedida en un andén interminable, ante el cual circulan trenes que no conducen a ninguna parte. Un estertor. Un sueño inacabable.



                                                                            José Antonio Sáez Fernández.






sábado, 25 de abril de 2015

DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS (IV).






16.

Buscas una débil llama que justifique tu existencia, el diminuto instante de luz que te salve. Y te aferras a la escritura para que ella haga perdurar tu memoria o la rescate algún día del olvido. Seguramente, nada sólido alcanzarás en tu empeño. ¿Acaso piensas que la memoria es más fuerte que el olvido y sería vida de tu vida? Pero la memoria es frágil y el olvido la acosa. Sólo el corazón proclama la verdad de estar vivo.



17.

Ay, caminos…¡Cuántos has recorrido para llegar al mismo punto de salida en que los iniciaste! La existencia es cíclica y el peregrino no hace más que dar rodeos, giros sobre sí mismo para encontrar la armonía que le devuelva al centro de la diana.



18.

¿Qué has aprendido en tan largo peregrinar? Emprendiste un día un viaje iniciático, dejaste tu casa y la casa de tus padres, tu tierra y sus huertas de frutos madurados al sol. Y tras largo vagar por las penalidades, regresaste a ellos como el hijo pródigo ansioso por partir.



19.

No se aprende sino del dolor y de la derrota, del fracaso y del error. Poco aprende el triunfador de su victoria, embebido como está en la vanidad de su triunfo. Pero toda victoria implica también derrota, y a veces injusticia y sometimiento. Quien vence debe estar dispuesto a ser vencido y, cuando llegue el momento, será demasiado amargo el sabor de su derrota.



20.

Se benigno contigo. Sé misericordioso y sabe otorgarte indulgencia, el perdón que otros, quizá, te niegan. Erraste mil veces, ¿y qué? ¿Acaso no estás hecho de materia caduca y efímera? Quien no tiene misericordia para consigo mismo y sus errores, difícilmente podrá tenerla para con sus semejantes. Y nada hay más grandioso para el hombre que perdonar a su hermano.


                                                                                            José Antonio Sáez Fernández.






jueves, 23 de abril de 2015

DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS (III).





11

Vacíese de sí mismo y de su sabiduría el sabio y estará en disposición de aprender lo esencial humano; y haga uso del vacío de su inteligencia el inteligente para que, en no sabiendo de nada, consiga iniciarse en el aprendizaje y entender algo por que pueda conducirse en la dirección acertada.



12

¿Dónde está la verdad? No has de irte muy lejos para hallar la verdad, pues se encuentra en ti mismo. A la verdad se accede por el conocimiento y tú posees las capacidades y potencias necesarias para adentrarte en él. Una vida dedicada al cultivo del conocimiento no es una vida en balde. Es una existencia plena, aun cuando no halles las respuestas que tan ardientemente buscas.



13

No hay posibilidad de hallazgo sino a través del esfuerzo perseverante y de la humildad. La humildad no es virtud de corderos, como la mansedumbre, sino de hombres que saben que sólo con su inteligencia, su voluntad y su esfuerzo, desasidos de toda vanidad y soberbia, podrán acceder a la luz a la que todos los seres humanos estamos convocados.



14

El hombre es un ser espiritual. La dimensión humana de la espiritualidad es múltiple y diversa, no unívoca. Paradójicamente, bien pudiera ser divergente, para al final tornarse en convergente. La creatividad, el cultivo del conocimiento, la solidaridad, la cultura, la ecología y la cosmogonía son formas de espiritualidad no excluyentes. La espiritualidad forma parte de la condición humana y es irrenunciable. Reivindiquemos la dimensión espiritual del hombre, tantas veces menospreciada, confundida, coaccionada y sometida a vituperio.



15

No temas a la muerte porque es una liberación. Los hombres no estamos hechos para perdurar. Nuestras células acusan su desgaste y tienen fecha de caducidad. Llegado el momento en que no sea posible su renovación, sabe que has de entregar las llaves de tu alcázar y que te espera el reposo del guerrero. Te mereces ese descanso como premio al desgaste de vivir. Que el tránsito te sea leve.


                                                              José Antonio Sáez Fernández.




miércoles, 22 de abril de 2015

DEL LIBRO DE LOS PROVERBIOS (II).






6

¿Oyes los latidos de mi corazón, esclarecido arcángel que me rodeas con los brazos hercúleos que me sostienen? Da aire a tus alas extendidas, bátelas como el águila majestuosa que, soberbia, remonta su vuelo sobre cárcavas y alcores oteando su presa. Ven y dime al oído si soy yo aquella a quien prefieres de entre todas las que te buscan perfumando su cuerpo con los aromas traídos por las caravanas que llegan del oriente. Dime si andas tras mis pasos, tal y como el neblí que, aferrado al puño duro en que posa sus garras, impulsado en el aire, se remonta al cielo e inicia la caza de amor, que es de altanería. Confíame, en secreto, si eres tú para mí o si soy yo para ti, pues los dos somos uno en el férreo espacio en que me anudan tus brazos. Ah, tus labios de frutas...


7

Pon todo tu corazón y toda tu alma en lo que haces. Pon todo tu amor en cuanto te ocupa. Créetelo y harás brotar, como Moisés, agua de la roca. Y en tus ojos, y en los de tus semejantes, verás brillar una atisbo de luz indescriptible.



8

Pon una chispa de magia en tu vida. Da alas a tus sueños. Deja que la felicidad penetre en tu ser, al menos por un instante. Convéncete de que eres un ser privilegiado. Respira profundamente. Deja que tu pecho se esponje, inundándolo de aire. Cierra los ojos y desea fervientemente algo a lo que verdaderamente aspiras. Mírate a ti mismo. ¡Eres, en esencia, un bienaventurado!



9

De la sana curiosidad nace el anhelo en el saber: aquella que busca dar respuesta a los interrogantes que plantea el devenir humano. Del no conformarse con la evidencia y buscar en las raíces las causas últimas de cuanto acontece. A las respuestas debes llegar tú en soledad, aunque algunos de tus semejantes puedan acompañarte en el camino. Toda respuesta es un hallazgo y la satisfacción de haber alcanzado la verdad no tiene logro equiparable.



10

“Si volviera a vivir mi vida –dicen algunas gentes-, no incurriría en los mismos errores que cometí”. El sabio es consciente de que ha vivido la única vida que le era posible. Y de que, si erró, fue sólo en cuestiones no esenciales derivadas del azar y no de su libre albedrío. No obstante, es posible que la vida no nos proporcione tantas certezas como demandamos de ella y que sea cada cual quien deba decidir si fue mayor el número de sus aciertos que el de sus errores.



                                                                 José Antonio Sáez Fernández.