miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL LOCO DE LAS MARIPOSAS.






   Fue en el día de la lluvia cuando se produjo el desplome de las mariposas, como si de un ametrallamiento se tratase. El suelo estaba cubierto de alas multicolores que se desplegaban en torno al cuerpo diminuto de los insectos. Sus cadáveres yacían desperdigados por doquier. Eran como fetos de ángeles abortados y su visión conmovía a los viandantes. El loco fue recogiendo los restos mortales que hallaba a su paso y los guardaba en los raídos bolsillos de su chaqueta remendada, mientras caían de sus ojos abundantes lágrimas, pues no encontraba consuelo para tamaña desgracia. Nadie reparaba en su acto de misericordia para con los lepidópteros y los más fingían no entender su enigmático despropósito. Estiraba el marginado la espiritrompa de algunos ejemplares de muy bellos colores y parecía llevárselos a los labios para darles un último beso de despedida. Era toda una declaración de amor. En su bolsillo encontraban sepulcro aquellas a quienes había perseguido inútilmente para atesorar su belleza y preservarlas de la contaminación que las aniquilaba.


                                                                               José Antonio Sáez Fernández. 



sábado, 29 de octubre de 2016

LUZ DE NOVIEMBRE.

  



  Languidece octubre entre música de violines y hojas que palidecen de rubor. Es otoño, pero aún el verano se resiste a dejarnos como quien se niega a entregar una ciudad al enemigo y aguanta las embestidas del mar erguido sobre las rocas, entre farallones de espuma. Noviembre es el toque de difuntos y llega para los románticos que ceden sus versos a la melancolía. Esta luz de noviembre que se nos muere en los ojos, que se deposita en las pupilas y se derrama sobre las palmas de las manos... Esa luz es la mía y no la cegadora del verano que desea incendiarlo todo, acapararlo todo, prenderlo y llamear incombustible flameando en el aire en desmesura. Hacia la luz de noviembre me encamino, entro en ella revestido de silencio, con la vestidura blanca de los que van a ser bautizados o el sudario de los difuntos, la mortaja que aguarda alcanforada en el ropero. Esta dulce y eloquecedera luz de noviembre, este elixir de depurados, esta fragancia que hace entrar en el delirio. Esta luz es una luz que nos convierte en supervivientes del holocausto y es la mano que te llama invitándote a continuar en el tramo final del camino. Esta luz, ay, es la puerta que da entrada a la región de los hielos perpetuos, que yo acepto con serenidad y armonía. Traspasado su umbral, es la niebla lo que hay tras el pórtico, es un palpar, un ir a tientas para no tropezar y caer mordiendo el polvo.
   Noviembre es mes definitivo. Ninguno hay como él. Pareciera que es un estadio superior de conciencia que nos ubica frente a nosotros mismos y nuestra condición. Somos lo que somos y no queremos o no acertamos a afrontar. Noviembre es un barco que se adentra en el mar abducido por una luz secreta que oculta a veces su sentido. Es la señal que esparábamos y la invitación a dejarnos ir. Puede que sea un niño o quizás el anciano desnudo que aguarda con cierto pudor el aseo diario por parte de su cuidadora, de quien depende. Noviembre es siempre la luz que está a punto de entregarse, es el vencido, el arrastado por las aguas. Si llegas a noviembre, considérate dispuesto a partir, para lo que haya de venir o para lo que el destino vaya a procurarte. Es el mes de la bruma sobre las aguas en que el gondolero rema difuminándose. 
   Yo preparé mi óbolo y me dispuse a pagar sus servicios al barquero que habría de trasladarme a la otra orilla. Mas él me dijo: "Aguarda aquí a que llegue quien habrá de venir y conducirte". En medio de la niebla, buscaba yo esa luz mortecina de noviembre que se mostraba en manifiesta debilidad, entumeciendo mi cuerpo. Recibí sus pálidez entre mis brazos y créedeme si os digo que me abracé a ella.


                                                                               José Antonio Sáez Fernández.



sábado, 10 de septiembre de 2016

AFORISMOS Y SENTENCIAS (II).




11. ¿Puede convertirse el orgullo en una suerte de autoestima? Quizá sólo en sus fases iniciales que legitiman tus logros, pero has de saber que te diriges hacia el borde de un acantilado o que te internas en un pozo sin fondo.

                                                                             ***
12. No existe mayor complejidad que en la criatura humana. El cerebro es un abismo insondable y en él se ocultad los más remotos secretos del alma. Descender al fondo de la noche, adentrarte en él o en ella, bien puede valerte la demencia.

                                                                            ***
13. Todos los intentos del hombre por eludir el dolor o la muerte resultan vanos. Al final siempre vencen ellos y el ser humano es el gran derrotado.

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14. Aunque no hay criatura más compleja que el ser humano, es cierto que sus imperfecciones son innumerables.

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15. Si no fuera porque nos ubicamos en la mentira, no podríamos sobrevivir: la verdad, nuestra verdad, puede resultar insoportable.

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16. Exigió a los dioses la lucidez y, ante su osadía, ellos le concedieron la demencia.

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17. Aquel día observó que la gente caminaba por las aceras de la ciudad con la nariz tapada y preguntó a un viandante: ¿Qué le pasa a todo el mundo que camina de esta manera? Y alguien le contestó: ¿Pero cómo? ¿Es que no hueles el hedor que se propaga por doquier? No me había percatado de ello, dijo, quizás es que esté perdiendo el sentido del olfato.

                                                                            ***
18. Siento decepcionarte, le dijo, el Reino de los Cielos no puede instalarse en la Tierra, puesto que cielo y tierra son conceptos divergentes.

                                                                           ***
19. Trae ante mí una sola palabra por la que no tenga que arrasar la Tierra”, dijo. Y él le contestó: “amor”. De nuevo insistió, y él le respondió: “justicia”. Mas como persistía en su empeño, añadió: “solidaridad”. Alárgate, al menos, hasta los dedos de una mano. Y él volvió a responder: “tolerancia”, “respeto”. Fue entonces cuando le pidió que se retirara, pero él seguía gritando: “madre”, “amigo”, “hermano”…

                                                                          ***

20. La desigualdad y la ostentación ofenden gravemente tanto a la inteligencia como al corazón de los seres humanos, por no decir a su dignidad como tales.


                                                                               José Antonio Sáez Fernández.



lunes, 29 de agosto de 2016

AFORISMOS Y SENTENCIAS (I)






1. ¡Qué fácil es ser insolente y provocador cuando se es joven! ¡Y qué poco mérito puede llegar a tener! Lo realmente singular es continuar siéndolo cuando ya el tiempo te ha vencido.

                                                                              ***

2.La vida te proporciona fuerzas, entusiasmo y vigor a una edad en que no te da juicio, ocasión ni fortuna para saber aprovecharlos; y suele proporcionarte juicio y fortuna cuando ya ha mermado las fuerzas y el vigor de tu cuerpo, por lo que raramente puedes aprovecharte de ello. Al final acaba desposeyéndote de lo uno y de lo otro.

                                                                              ***

3. Parece natural que el joven se muestre afín con la rebeldía y el inconformismo, y el anciano con la dignidad.

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4. Dicen: "Es joven y arrogante", o "Es viejo y prudente".

                                                                               ***

5. El joven tiene mucha prisa por vivir el futuro, el anciano sólo aspira a ubicarse en el presente sabiendo que su vida es pasado.

                                                                                ***

6. La prudencia es un don que acompaña al buen juicio.

                                                                                ***

7. El orgullo, si no es sano, suele ser nefasto.

                                                                                ***

8. ¿Cómo saber quién está en posesión de la verdad si cada uno tiene la suya y tú la tuya? Aun a riesgo de equivocarte, debes guiarte por lo que la razón y el buen juicio te revelen.

                                                                                ***

9. Sientes tu orgullo herido y te defiendes como animal acorralado. No ofende quien quiere sino quien puede, y aun así, no siempre.

                                                                                ***

10. Del orgullo a la soberbia suele haber un camino sutil por donde transitan los engreídos, los jactanciosos y los rebosantes de sí mismos.

                                                                                 ***

                                                                 José Antonio Sáez Fernández.

viernes, 12 de agosto de 2016

SABER ESCUCHAR.





   El mundo necesita gente que escuche y no que finja escuchar. Hay quien exige de los demás la atención que él no dispensa. Si tú buscas a gente que sepa escuchar, has de buscarla hoy como el filósofo que andaba a pleno día con el candil encendido buscando a un hombre en medio del mercado. Hoy todo el mundo quiere el protagonismo para sí y convertirse en centro de atención para los demás. Quizá sea porque todo el mundo va a lo suyo y nadie repara en nadie que no sea satisfacerse a sí mismo y a su necesidad de ser escuchado. Pero la mayoría es incapaz de mantener la atención y hay gente que sólo se oye a sí misma. No parece haber nadie que no reclame la atención para sí y cada uno entiende que lo suyo es lo más importante, lo esencial y sustancioso que no debe quedarse sin ser dicho. Apremiamos a los demás con la necesidad de que se nos escuche, los interrumpimos y nos atropellamos en un diálogo de sordos donde la conversación se rompe y acaban creándose varios grupos con diferentes interlocutores donde sólo debería haber uno. ¡Cuántas veces se deja hablar a alguien pero no se le está escuchando! Hay quien no se siente nunca satisfecho de reclamar la atención sobre sí y la requiere, pero también hay quien finge escuchar y no escucha. Pareciera que el saber escuchar se ha convertido en un don, en un carisma, en un signo de distinción para quien lo practica con diligencia y hasta con amor. Lo difícil no es saber hablar, sino saber escuchar sin interrumpir, poniendo todas las potencias físicas e intelectuales de nuestro organismo en captar y entender el mensaje que a nuestro alrededor se nos transmite. A veces es tal el ruido que se hace imposible no sólo escuchar, sino también procesar la información que recibimos. Hay demasiada oferta de ruido y déficit de atención. Tenemos empacho de ruido, estamos saturados de él. Hay demanda de gente que sepa escuchar y la atención está muy cotizada.




   Escucha quien está preparado para escuchar, quien se ha ejercitado en ello y para ello. Quien ha hecho el silencio dentro de sí mismo y se ha hecho al silencio. Quien ha aprendido a escuchar en el silencio los sutiles mensajes que al común de los mortales escapan en forma de detalles. Para saber hay que oír y procesar lo oído. Si quieres procesar lo escuchado tienes que hacerte al silencio y no estar rodeado siempre de ruido. Quien está adiestrado al silencio capta dimensiones del mensaje a las que no accede la mayoría. En medio de la marabunta, del jaleo ensordecedor en que vivimos y  nos desenvolvemos es muy difícil poder escuchar. Nos hemos vuelto voceros que gritan o pregonan su mercancía en medio del mercado. Pero qué dulce es al espíritu escuchar, sentir y dejarse tocar por las palabras del otro y responder a ellas con las nuestras precisas. Las palabras justas, las bien dichas, ésas que reconfortan y alientan, consuelan o curan los males del alma. 

                                                 
                                                                       José Antonio Sáez Fernández.

lunes, 25 de julio de 2016

VERSOS EN LA AUSENCIA DEL DOCTOR DON JOSÉ ANTONIO GARCÍA RAMOS.





(De cómo el poeta recomienda a su amiga abandonar su confinamiento de dolor para ponerse al servicio de los otros desde el ejercicio de su cargo, continuando la labor más valiosa del compañero ausente).

                            
                                     A Mari Carmen García Morales y a su familia.




A veces, en la noche, abres los ojos y tus pupilas
se extienden sobre las tinieblas de la alcoba en penumbra
para comprobar si la claridad se filtra  
por entre los visillos y las rendijas de la ventana.
A las sombras se hace la mente confusa
y vuelves a entornar los ojos, por si acaso dormitas.
Mas, luego las ideas ponen cerco al instante, enredan la memoria
las plantas trepadoras, los pensamientos crecen
y acuden al recuerdo como un ajuar revuelto en la hilera del sueño.
Pero entonces percibes que la claridad toma sus posiciones
por la oscura extensión de la estancia en la umbría,
y te afianzas en la aurora de un no alcanzado orto, 
porque con él adviene la oportunidad de entregarte
a esa delgada luz que alienta ya en tus manos, que fulgura en tus ojos,
que brilla en las mejillas y en el sudor perlado de la frente,
revelando al oído las palabras certeras y atinadas
para encender en el corazón la hermosura del mundo
que nos aguarda fuera como un ascua en los dedos.
La vida es el milagro, no lo dudes ahora.
Te dejarás querer para que así te quieran,
te harás querer, seguro, querrás a cuantos quieras
cargados con los fardos de sus muchos dolores;
como si él lo hiciera, resolverás sus miedos
y sus arduos pesares y habrás de confiarte en secreto a ti misma: 
"Regresa ya, no temas, estás en compañía,
la cancela está abierta; sal a ella y comprueba que muchos 
te requieren, cuánto puedes hacer por quienes allí esperan,
por aliviar su carga con la tuya liviana".
Tú naciste para querer y por que te quisieran,
y más para ayudar, para que te ayudaras,
porque tienes la fuerza y el pulso con que hacerlo.
Tu dolor no es sólo tuyo y a ti te pertenece.
Dilo si crees ahora porque el mundo es injusto,
dilo bien que se escuche: que la vida es injusta,
que es amargo el olvido, que con sangre escribimos,
di todo cuanto quieras para dejar el cerco
de dolor que te oprime; pero no te acobardes
y no permitas nunca que ese dolor te anule,
porque las manos fueron para alivio y consuelo,
porque crecen en tus labios las palabras rotundas
que nunca has pronunciado y dejas que florezcan.
Entiende que no es sólo tuya esa carga de amor
que en tu interior se crece: a los otros la debes,
con ellos es la deuda que se te da en un reto.
Administra ahora el pan que se desmiga, 
reparte cuanto atesora el corazón dolido
y crécete despacio: eres la harina candeal que amasan 
los que de ti aguardan el milagro con que alivias
la tristeza de un porvenir de espumas y silencios;
pues como el trigo eres, dispuesto a la molienda.
No te crezca el dolor y sal ya de tu pena, te lo exigen los tuyos.
Te está esperando el mundo, tu gente, toda la gente aquella
que te quiere y que aguarda de ti la luz que el mismo día
te diera esta mañana, cuando rompió la aurora
la estancia iluminada de un corazón que espera,
maduro para el sueño.

                    
                                      José Antonio Sáez Fernández.


lunes, 18 de julio de 2016

"LA DEUDA GRIEGA", DE MANUEL MOYA.







El escritor onubense Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960) viene dando pruebas de su maestría en el cultivo del relato y del  microrrelato con obras como La sombra del caimán (2008), Caza mayor (2014) y Ningún Espejo (2015), las cuales le han hecho merecedor del premio de la crítica andaluza y, en dos ocasiones, ha sido finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España. Su presencia en prestigiosas antologías es notable; así en Mar de pirañas, ed. de Fernando Valls, en Ed. Menoscuarto; o Antología del microrrelato español (1906-2011), ed. Irene Andrés-Suárez, en Cátedra. Moya es además autor de cuatro novelas, traductor (especialmente de Pessoa) y muy reputado poeta.

   Con La Deuda Griega (2016), publicado por Ediciones El Rodeo, el escritor de Fuenteheridos realiza una importante aportación a su ya más que notable currículum bibliográfico en torno al subgénero narrativo del relato y del microrrelato, pues de ambos tipos de textos se entremezclan en el mencionado volumen, con un total de setenta y tres. Con título de tan reconocible actualidad política y económica el escritor quiere dejar constancia que, para él, la deuda griega es la que tiene contraída la cultura occidental con la Grecia clásica, gracias a la cual nos reconocemos e identificamos. Así queda puesto de relieve en la nota preliminar que nos introduce a los textos que se integran en el presente volumen. Haciendo uso de sus mitos literarios, con versiones y contraversiones de los mismos, volviéndoles del derecho y del revés, Manuel Moya ha conseguido un libro unitario en su temática y sugerente siempre en el uso del lenguaje; dos características que, a mi juicio, definen a un escritor generacional de fuste; a saber: el tratamiento novedoso de los temas y el uso peculiar del lenguaje, su especificidad, actualidad y vigencia. Ambas características se dan sobradamente en la obra de Manuel Moya, cuyo talento queda puesto de relieve en ésta como en otras obras salidas de su pluma. En el escritor de Fuenteheridos destaca en forma sorprendente la frescura y lozanía, la vitalidad con que hace uso de un lenguaje tan actual y vivo para regenerar los mitos antiguos; su visión de los mismos para recuperarlos y dotarlos de plena vigencia. Su tratamiento singularísimo del lenguaje, que no repara en acudir a giros y expresiones coloquiales para transmutarlos y darles categoría literaria con usos y asociaciones sorprendentes que encandilan al lector, hacen de él un escritor muy sugerente y de la lectura de su libro una gratísima experiencia intelectual y artística. Temas y personajes como los del Minotauro y el laberinto de Creta, Sísifo, Ulises, Penélope, Heráclito, Sócrates, Zenón, Héctor y Aquiles, Narciso, etc., junto a términos, versiones y revisiones, como digo, que añaden chispa y sustancia, ingenio y matices a lo expresado de van desglosando en el volumen con la ligereza y amenidad que el lector tanto agradece devorando con fruición sus páginas. 


Si a todo esto unimos el profundo humanismo, la solidaridad y el compromiso que destilan sus relatos tendremos en Manuel Moya a un escritor vinculado con el momento histórico y la sociedad que le ha tocado en suerte, pero cuyo compromiso es fundamente con el hombre de ahora y de siempre. Rupturista a menudo y provocador otras veces, sus guiños culturalistas son muy frecuentes y buscan la complicidad del lector. Manuel Moya es, en fin, escritor de muy variados registros narrativos y domina con maestría cuantas técnicas pone a su disposición el género.
Por todo ello, y como ya viene siendo habitual, los lectores y críticos avezados no han de quitar la vista de la trayectoria seguida por este autor de fuste, cuyo talento es, a mi parecer, innegable.



                                                                         José Antonio Sáez Fernández.