viernes, 6 de marzo de 2015

GUÍA DE PERPLEJOS (VI).







SURA VIGÉSIMO SEXTA.

En la mañana escuché el canto del pájaro. Llegó a mis oídos su melodiosa música. Me asomé al balcón por ver de dónde procedían tan gratos y deleitables sonidos, mas el ave permanecía oculta. Persistí en ello y vi hacerse al aire limpio un pájaro de luz que me pareció envuelto en fuego. Era tal su belleza que no acierto a describirla y aún andan mis ojos huidos tras su pista, pues se perdió en el azul del cielo. Ya atardecido, miro tras los cristales de mi ventana escrutando nuevamente el azul que se desvanece, por si accediera a iluminar con aquella luz mi corazón y mis ojos.


SURA VIGÉSIMO SÉPTIMA.

Extendí mi brazo. Pretendía tocarte. ¡Qué inútil locura! Tú habías alargado los dedos, pero no hubo roce alguno en nuestro encuentro. Nada más grande para un hijo que tocar el rostro de su padre, que andar cogido de la mano de su padre. Él era un titán. Él era un gigante. Y era también un coloso. Y se fue alejando, como se aleja el paisaje tras el cristal de la ventanilla de un tren a toda macha. Ahora aguarda el soplo del resucitado.


SURA VIGÉSIMO OCTAVA.

Dicen que soy un bienaventurado porque entiendo la lengua de los pájaros y me comunico con ellos. Pero más que descifrar yo su código, fueron ellos quienes me lo revelaron a mí. Yo sólo tuve que extender mis brazos, mostrarles las cuencas de mis manos ofreciéndoles alimento y vinieron a comer a ellas. No debían esperar de mí daño alguno, pues no expresaban sobresaltos en su vuelo ni en las cabriolas que realizaban en el aire más próximo a su intangible presencia. Algo debe transmitirles mi mirada, porque he sabido ganarme su confianza. Estos levísimos ligeros y alados juglares de los cielos, vienen a posarse en mis hombros y en mis cabellos, regalando con sus delicados trinos mis oídos. Las letras de sus cantos sólo me hablan de amor hacia el Amado.


SURA VIGÉSIMO NOVENA.

En la quietud de la tarde enamorada, vienes a mí con el anhelo ferviente de quien aguarda el instante del encuentro. Late mi corazón acelerado por el ansia de hallarte en lugar secreto y convenido. Cuando era aún más torpe, esperaba escuchar la música de tu voz y que tus palabras fueran vida de mi vida; mas luego entendí que tú no hablas, sino que te revelas a quien te parece. Tu manera de darte a conocer es esa: sólo mostrarte a quien deseas. Hago hueco en mi interior para que tomes posesión de mí y saco de allí cuanto de superfluo e innecesario pudiera ocupar tu espacio en llamas.


SURA TRIGÉSIMA.

Así me dirigí al Amado: "Deja que repose mi cabeza en tu hombro forjado en el combate. Permite que repose mi fatiga en la coraza de tu pecho curtido en mil batallas, y que me acoja a ti para sentir la fuerza de tu brazo; pues me sostienes en pie y haces que no se doblen mis rodillas. Déjame florecer entre tus manos. Murmuran de mí mis enemigos y se burlan diciendo: <<Mira cómo flaquea aquél. Tiemblan sus labios cuando dice, y ve igualmente cómo tiemblan sus manos y sus piernas. Hagamos leña del árbol caído. Pasemos ante su tumba para asegurarnos de que ha muerto>>. Pero yendo yo de tu brazo, vanas son sus amenazas. Porque tú eres mi fortaleza y mi cobijo, y mi fuerza es tu fuerza.


                                                                                      José Antonio Sáez Fernández.



lunes, 2 de marzo de 2015

GUÍA DE PERPLEJOS (V).



SURA VIGÉSIMO PRIMERA.

Como se pone el sol sobre las cimas de los montes en llegando el ocaso, no se pondrá mi amor por ti en el eclipse de mis días; pues he de hurtarlo a la muerte y arrastrarlo conmigo a su guarida. Muerto yo, viva él; como vives tú en mi alma que tu amor atesora. Sorda y ciega la muerte, inútil tejedora, pretenciosa y frustrada.


SURA VIGÉSIMO SEGUNDA.

¿Dónde anduviste anoche que fui tras tu aliento y me perdía? No te encontré en mí y aguardé hasta que regresaras. Mas el vacío que dejaste en mi alma no puede llenarse con nada que no seas tú, gran ojo que me miras desde la alta frente, mansión que no llegué a habitar. No te mostraste a mí y has de saber que sé esperar a que declines tu amor sobre mi desamparo. Ya no sé, ni entiendo, ni espero en otra cosa.


SURA VIGÉSIMO TERCERA.

Si yo fuera como una nuez, o mejor, si yo fuera como una almendra me mostraría al mundo exterior con una dura cáscara que pudiera servir a un hombre para calentarse; sin embargo, encerraría en mi interior el gran tesoro del fruto que le sirve de sustento sin referir las propiedades y beneficios que aporta a su salud. Sé tú como la almendra, cuya cáscara encierra en su interior tan preciado grano. Para adentrarte en la sabiduría de lo revelado, habrás de ir despojando a la cebolla de las sucesivas capas que envuelven su corazón.


SURA VIGÉSIMO CUARTA.

Este temblor que me hace parecer tan débil ante los ojos escrutadores e implacables de quienes no perdonan el verbo revelado que los delata… El idioma de los hombres no fue concebida para transmitir la experiencia del goce en el amado, ni este cuerpo para soportarla. ¿Cómo podría cumplir mi encargo, si no me tengo en pie? Ya ves que la lengua se me traba, que tartamudeo y apenas puedo balbucir la luz de tus palabras.  Si me sostuvieras, alzaría mi voz apagada por entre los enhiestos falos de las pitas que embisten al cielo, clavados en el aire diáfano en que te mueves formando remolinos de amor.


SURA VIGÉSIMO QUINTA.

Dime qué quieres de mí, para qué podría servirte yo, si soy como la caña que quiebra el viento y mi elocuencia no posee el don de convencer a nadie. En mi perplejidad no cejo de buscar respuestas a aquello que no entiendo; y es que se me hacen difícilmente comprensibles tus designios. Desciende sobre mí, ave del más dulce y melodioso trinar, y abanica mi frente con el roce de tus alas diminutas. Insúflame tu aliento y sepa yo que tu fuerza me sostiene.




                                                                        José Antonio Sáez Fernández.

miércoles, 25 de febrero de 2015

GUÍA DE PERPLEJOS (IV).





SURA DÉCIMO SEXTA.

Se lamentaba porque ni una sola palabra salía de su boca. Día y noche esperaba; así durante largos meses y años. Toda una vida aguardando a que se obrase el prodigio. Se fue con su nombre en los labios, aunque sin una palabra suya susurrada al oído, aun con el corazón en amor muy lastimado.


SURA DÉCIMO SÉPTIMA.

¡Si extendieses tu mano hasta tocarme! Si vinieras a mí y me dijeras, probablemente caería a tierra fulminado. No se hizo mi cuerpo vulnerable para tratar de tu más alto amor. Sólo del frágil y humano. Esta carne no es sino materia engendrada en el polvo, aun cuando haya de ser llamada, en el final de los tiempos, a la resurrección.


SURA DÉCIMO OCTAVA.

Cuando has luchado y apostado por amor y el amado, cuando no has desfallecido y persistido aun en la debilidad, vendrá un momento en que cesará todo ascenso; si no percibes y haces valer la fuerza del espíritu que ha de volcarse en ti gratuitamente. No a todos les es dada esa fuerza, y tampoco depende de ti ni de tus méritos. Si la percibes, puede que seas el llamado y que se muestre a ti. Entonces ya estás perdido en Él, por Él, en su secreto.


SURA DÉCIMO NOVENA.

Los números y su simbología. El gran geómetra, el matemático, el pitagórico resuelve en números su enigma y los del universo al que infundiera la fuerza de su amor. Él se cifró a sí mismo y exige de ti que lo descifres. Mas no serás tú quien efectúe tal proeza. Será Él quien se revele a ti, como la bailarina que en la danza va desprendiéndose de los velos que celan su desnudez y muestra, finalmente, su esplendente belleza.


SURA VIGÉSIMA.

¡Ay, alta roca, alta cumbre y alto sol que deslumbras a quien se atreve a mirarte! ¿Cómo ir hacia ti si tú no me trazas el camino? Yo voy por el sendero y puede que ande descarriado, mas por amor a ti lo seguiré hasta que te encuentre en él o finalice. No pretendo alcanzarte, pues mi vanidad me perdería. Hazte el encontradizo y permite tú que te dé alcance.



                                                                         José Antonio Sáez Fernández.


lunes, 23 de febrero de 2015

GUÍA DE PERPLEJOS (III).





SURA DÉCIMO PRIMERA.

Escribiré sólo aquello que me inspire Aquél de quien ando enamorado. No esperéis de mí otra cosa. Pues camino hacia el final de mis días y ya mi vida le pertenece. Digo sólo las palabras que Él pone en mis labios, aquellas con las que sabe inducirme a cantar las maravillas de su amor. No creáis que escribo yo: es Él quien conduce mi mano por la albura del soporte y yo lo dejo hacer y decir lo que quiera. Deleitosa es su sabiduría y cuanto os revela a través de mí, utilizándome.


SURA DÉCIMO SEGUNDA.

Es tampoco el tiempo que me tiene prometido y es tanto lo que se atesora en mí que no he de decir sino una mínima parte de cuanto de Él me ha sido confiado. Mentiría si no dijera que veo su rostro en cuanto miro. Es su voz la que escucho y no otra. Son sus pasos los que me animan a seguirle. Sólo Él me subyuga y estoy por ir tras Él como el perrillo.


SURA DÉCIMO TERCERA.

¡Apartaos, que voy! Ni sé lo que me arrastra. Yo me dejo llevar por este remolino que me envuelve. Este viento que ciega y que me empuja, no soy yo. Perdonad esta velocidad inducida. A mí me lleva, ignoro por qué no a vosotros . Me voy y puede que no vuelva, pues no sé adónde voy.


SURA DÉCIMO CUARTA.

Días de garrafa. Cuántos días de vacío a la espera de que se obrase el milagro, de que se hiciese el prodigio que viniera a transformar su vida. Pero pasaban días de garrafa, uno tras otro y otro tras uno. Nada ocurría en su existir que no fuera estar a la espera, siempre aguardando a que ocurriese lo inesperado. Era la subida al monte Carmelo, donde no se hallaba otra cosa que no fuese NADA, para ponerte a prueba.


SURA DÉCIMO QUINTA.

Andar en la certeza, pese a la oscuridad. Paso a paso, avanzar en las tinieblas. No haber dudado, pese a no ver. No hacía falta meter los dedos en la herida del costado o en el hueco de la lanzada. Era Él, no había lugar para la duda. La desconfianza mata el amor y no puedes andar en amor si desconfías del enamorado en lo más mínimo.


                                                                       José Antonio Sáez Fernández.





sábado, 21 de febrero de 2015

GUÍA DE PERPLEJOS (II)





SURA SEXTA.

Una vez que te adentraste en la claridad de lo revelado, no desearás salir de su trama, porque ella cubre con plenitud todas tus aspiraciones. Nada te sacia más ni nada puede haber que subyugue más tus facultades cognitivas. Navegas a la deriva de un mar que te lleva en volandas. Allí te transfiguraste, internado en lugar secreto y deleitoso.


SURA SÉPTIMA.

Ah, este conocer que quema mi lengua y mis entrañas… ¿Cómo hacer expedita su salida si me abrasa por dentro? Acaso el rocío del amanecer me purificara. Si yo fuera el alba, entonces entrarías en mí y yo iría a lomos de tu corcel radiante. Eres el jinete que cabalga en la luz hasta difuminarse en lo etéreo. Cuida, que el aire es tan limpio que hiere mis pulmones.


SURA OCTAVA.

Te preguntarás por qué tú, el más débil, el más flojo, el más desamparado y desvalido, el más torpe, el más perdido de todos…Y no hallarás respuesta. Ahora sabes que andas en la claridad, que eres diáfano y que no te ven ni te oyen, aunque intentes hacerte visible y audible.


SURA NOVENA.

Cuanto tiempo anduve errante por los desiertos y me entregué a ellos, no fuera tiempo inútil. Todo aquel tiempo fue necesario para alcanzar este aire y para sumirme en él. Cuanto tiempo anduve en las oquedades de los montes, en las bocas abiertas de la tierra, haciéndome a la oscuridad y saliendo de ella de vez en vez para que vieran la luz mis ojos, no fue tampoco un tiempo vano. Ahora lo sé, pues entonces no veía.



SURA DÉCIMA.

Se burlan de mí porque no como de los manjares con que vienen a tentar mi voluntad y porque me visto tan modestamente que les parezco ridículo, porque mi casa es la tierra que piso y porque duermo como las aves y otras criaturas bajo los arcos de los puentes que han erigido los hombres, porque no ando con mujeres sino que vivo entregado a la  soledad y a la voz del espíritu. Y si alguno me ve llegar, pone el grito en el cielo: ¡El loco! ¡Viene el loco! Mas sólo yo sé que soy el iluminado por dentro, el atravesado por la luz, y mi única locura es por aquel de que ando en amor.



                                                                            José Antonio Sáez Fernández.

sábado, 14 de febrero de 2015

GUÍA DE PERPLEJOS (I).






                                                                SURA PRIMERA.

Ahora, cuando tengo la certeza de que estoy alcanzando la plenitud, cuando logro vislumbrar la sabiduría y he recibido su visita, cuando me siento a rebosar y tengo todo por entregar de mí, cuando miro hacia dentro y veo partículas de luz en suspensión y transparencia en el aire, cuando siento que la revelación se abre paso en mi mente durante tanto tiempo reducida a la aridez de sus desiertos…  Justo ahora, digo, no tengo a nadie que me escuche o que desee escucharme y, si me explico, no consigo hacerme entender por más que me esfuerce. Pareciera que hablásemos lenguas distintas o que hemos confundido las lenguas.



                                                                 SURA SEGUNDA.

Si eres destinatario de la revelación y si ésta te ha sido confiada, saldrás a la calle y, jubiloso, irás a gritar tu experiencia secreta a los viandantes. Mas comprobarás por ti mismo que nadie entiende lo que dices, y se reirán de ti y de cuanto estiman como demencia tuya.



                                                               SURA TERCERA.

Es tan íntimo el gozo de quien se siente liviano, como pluma de ave… Resulta de tal intensidad el descubrimiento interior que crees caer en una especie de demencia, pues empiezas a girar y a dar vueltas, tal es el regocijo que cabe a la revelación. Experimentas tu propio cuerpo sobrepasado en sus límites y no cesas de caer en una  suerte de aturdimiento y de fatiga que lleva al agotamiento, si no a la extenuación.




                                                               SURA CUARTA.

Si te fue concedida la gracia de la revelación, nunca por mérito propio sino que te fue dada porque sí, puede que ella te traiga mayor soledad y aislamiento. Andarás aturdido y sin saber qué pensar, cómo obrar y qué decir, y tus semejantes acordarán que andas perdido, muy perdido; si no que tu mente anda extraviada. Serás el herido de amor que guarda celosamente su secreto.



                                                               SURA QUINTA.

Aquello que te fue revelado difícilmente podrá ser comunicado. Chocas, ahora, con los límites del lenguaje. Andarás entonces, si pretendes hacer comunicable tu experiencia, entre paradojas y comparaciones, a más de otras figuras estilísticas, acudiendo a lo conocido por los hombres, bordeando lo inefable para no caer en lo incomprensible e ilógico.


                                                                                  José Antonio Sáez Fernández.



viernes, 13 de febrero de 2015

BOTTICELLI SE ASOMA A LA PRIMAVERA.





   Ven, rosa del azahar más limpio. Ven para que aspire tu perfume sublimado, el dulce aroma que tiene la palidez del cuerpo desnudo. Muéstrame tus manos y, de tus dedos, llévame por el sendero que asciende a la montaña donde te transfiguraste por mí y quise desplegar una tienda para que tú descendieras sobre mí. Era tarde avanzada y una nube me cubrió con sus formas. Ya envuelto en ella, me ofrecí a ti y dejé que me invadieras. Tu nívea desnudez galanteaba con el aire purísimo y eras en él la esculpida sombra de la parca que llama a las puertas del olvido. Tus miembros perfectos invitan al enlace y eres la desposada con la lívida armonía del universo. Ven y dime si están en flor los ciruelos y si corren los ríos por los valles verdecidos de las últimas lluvias caídas sobre ti, como sobre un jazmín que palidece en su difunta hermosura. Dime si estás recubierta de flores en la primavera cercana, y dime así también si en tus senos de alabastro cobijas la vía láctea, amamantando a Rómulo y Remo. En la noche deslumbra Venus y vienes hacia mí con paso mínimo, leve y quedo; insinuando tus formas bajo el altar en que inmolas los sacrificios a un dios desconocido.
   Ha llovido azahar sobre la tierra leve empapada por la lluvia. Han llovido tus labios sobre el cuerpo horizontal y paciente, posado sobre la hierba húmeda y seco al sol, tras la visión perfecta del arco iris semicircular en un cielo perplejo. Y dices que eres la única, la impasible y perfecta, la diosa lunar que enjoya el firmamento en la noche estrellada. Haz sonar las ajorcas de tus tobillos y los aros de tus muñecas en una danza en que el triunfo del viento estará asegurado. Vienes cantando en un coro de ángeles y tu voz resuena en mi oído como la música indeleble, o como esa armonía celeste que envidian los pájaros desde sus atalayas magníficas. Eres el ruiseñor y la calandria que hacen sonar su flauta en los sembrados, y eres la mullida espesura en que dejo caer mi cuerpo abandonado. Dices y tu voz resuena en el espacio vibrante como las ruinas oxidadas de un corazón en orfandad completa. Has recogido tu peplo iluminado por la tibia luz que espejea en mi naufragio y avanzas decidida hacia el cisne que enamora en el cristal del lago por el que se desliza. Si supieras que el mar es ancho y ajeno y que sus olas te abrazan poderosas hasta sumergirte en su seno de espumas encontradas. Ay, si supieras que el desposeído de sí, que el abandonado, que el que no tiene patria, ni reino, ni tierra que lo cubra languidece en tus brazos hasta dar con el alba... Vuela de mí y regrésame tus alas para que pueda dormir siempre al abrigo de su vértigo, pues escucho el zumbido de la abeja y presumo de su miel bajo los labios.


                                                                           José Antonio Sáez Fernández.