domingo, 3 de noviembre de 2013

HOJAS CAIDAS.


 
Mariluz Escribano Pueo es una escritora granadina, nacida en 1935, que ya ha demostrado sobradamente en su trayectoria literaria las excelentes cualidades de que está dotada, tanto para la narrativa como para la poesía. Su labor en la ciudad del Darro y del Genil es bien conocida como catedrática de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Facultad de Ciencias de la Educación de la universidad granadina. Destacable resulta, sin duda, en la actualidad, su labor como directora de la revista cultural y literaria "Entre Ríos". Inevitable parece establecer cierto paralelismo con la poesía de la recordada poeta granadina Elena Martín Vivaldi (también la responsable del estudio preliminar, la profesora de Didáctica de la Literatura Remedios Sánchez García, lo advierte en él); si bien delimitando estilos y singularidades en ambas poetas.
Autora de más de una docena de títulos de poesía, narrativa y ensayo, estos últimos en colaboración con la almeriense de Antas, Tadea Fuentes, discípula de Celia Viñas; Mariluz Escribano nos regala en esta ocasión el poemario "Umbrales del Otoño", publicado por Editorial Hiperión, el cual no podría llegar en hora más oportuna que la presente.
Estimo que se trata de una poesía esencialmente intimista, donde tienen cabida la evocación y el recuerdo, el el recurso a la memoria y un cierto panteísmo de fusión con la naturaleza, de vivencia personal de la misma, sintonizando el estado de ánimo con los signos estacionales que ofrece el medio natural. Dos son las estaciones a las que se refiere preferentemente en el libro: la primavera y el otoño. No hace falta aludir al simbolismo de ambas, pues éste se ha convertido en tópico literario. El otoño es la estación propicia para el recogimiento, para la intimidad, para la evocación y el recuerdo. En Mariluz Escribano, las figuras de la madre y del padre están vivamente presentes en la memoria y el corazón de quien las evoca con dolorido sentir, desde la ausencia y el sentimiento de pérdida, en trágicas circunstancias, especialmente de la figura del padre, a quien se llevó una triste guerra.
Toda vida es una continua pérdida: vivir significa dejar atrás las personas y las cosas que amamos. Corremos, avanzamos al encuentro de lo inesperado, de lo nuevo, de lo que está por venir, pero ya no podremos ser nunca los mismos. Durante el resto de la vida nos acompaña un sentimiento de orfandad inevitable e irresoluble. Somos los despojados de su riqueza interior, de sus emociones y afectos. Pierden los árboles su vestidura de hojas y quedan las ramas al descubierto, desnudas y expuestas al viento. Así la intimidad que se muestra al exterior y se somete a los ojos y al juicio de nuestros semejantes. Un verso también puede ser una lágrima y, a veces, hasta el llanto de un río subterráneo. Mostramos nuestras llagas como quien muestras las medallas que le caben en la guerrera, por si alguien se solidariza con nosotros y nos abraza con idéntico dolor. Vivir es dolerse en uno mismo y en los afectos de quienes nos han querido o a quienes hemos amado. 




 Todo esto me dicen a mí los textos de "Umbrales del Otoño", tal y como si anduviésemos entrando en la estación de la interioridad que nos devuelve la imagen de lo que somos y cuanto hemos sido. Formalmente estructurado en dos partes relativamente diferentes, de diecisiete y dieciocho poemas respectivamente, en la primera se integran preferentemente los textos de evocación (incluido el dedicado a La Huerta de San Vicente, vinculada a la familia de Federico García Lorca) y en la segunda los de una particular vivencia amorosa, pues el amor ocupa un lugar de señorío en este poemario singular que es "Umbrales del Otoño". Se vive para el recuerdo y desde el recuerdo se proyecta la vida:

                                            Vivirás en mi verso cuando la luz se acabe,
                                            por eso yo te canto germinal y sencillo,
                                            descubriéndote el alma cuando el cielo está quieto
                                            y el silencio se puebla de planetas sin nombre.

Toda vida tiene sentido en el amor y para el amor. Si amar es darse, Mariluz Escribano entrega mucho de sí en este poemario cíclico y lunar que huele a lluvia, a hojas caídas y a árboles desnudos, a sentimientos y emociones perdurables.

                                                                          José Antonio Sáez Fernández.



miércoles, 30 de octubre de 2013

ABU GHRAIB (IRAK).






(Al pintor colombiano Fernando Botero)



Porque un hombre puede degradar a otro hombre,
vejarlo, reducirlo al estadio inicial del gusano,
escupirle, aplastarlo con sus botas feroces,
crecidas en la villanía de su más alto estatus.
Porque un ser humano podría reducir a un semejante
y negarlo, renunciando a su condición,
abdicando de su primogenitura por una escudilla de altramuces,
olvidándose de que otro y uno, aunque lo pretendieran,
nunca conseguirían renunciar a la más alta dignidad
que su condición por cuna les confiere.
En el presidio de Abu Ghraib, los soldados torturaban  a los presos,
vejándolos hasta degradarlos a la suerte más baja del reptil
que se arrastra por la tierra protegiendo su cuerpo
de los golpes más crueles y tormentos atroces,
mendigando clemencia a sus captores entre los detritus y el lodo,
reducidos a escombros en su insignificancia.
Los perros adiestrados sabían muy bien cómo hacer su trabajo
y cumplían las órdenes de quienes los instigaban a morder sin clemencia.
Un sospechoso fuera entonces desecho, quizás una piltrafa,
el pingajo que cuelga sostenido en el aire,
quizás la escupidera o también la letrina que alivia a sus captores.
En Abu Ghraib, los despiadados e invictos
daban tortura a los vencidos con las manos sujetas a la espalda
y los pies unidos por las cuerdas en corto:
la carne roja, mordida, amoratada, la carne violentada,
escarnecida, un cuerpo menor que su ignominia.
Por Abu Ghraib nuestro bochorno clama entre los gritos
que rompen el silencio de la noche insomne de los guardias;
nuestra vergüenza ciega los ojos vendados ante las manos
que aplican sin clemencia la tortura contra los indefensos.
Rugió la bestia de nuevo en su cubil de espanto
y clamaron, sonoras, las trompetas del Apocalipsis
invitando al derrumbe de cuanto, en el tiempo, erigiera la especie.
Amenazante, la bestia se irguió sobre sus zarpas,
sobre los osarios de los sin nombre y los cuerpos vejados;
allí, en lo más oscuro de la conciencia ausente,
todos fuimos vencidos, todos nos remontamos al origen precario
del carnívoro homínido que celebra el festín sin lavarse las manos.
Por eso reclamamos al animal de presa,
le pedimos audiencia entre los feroces aullidos del aquel depredador
que reclama el trofeo conseguido en la guerra.


                                                  José Antonio Sáez.



miércoles, 23 de octubre de 2013

PLANTO.






Soy el abandonado, quien va dejando atrás el lastre de sus pasos. Acaso algún mastín olisquee entre cardos el aliento que dejan mi llanto o mis plegarias. Soy el que fue perdiendo cuanto cupo en sus manos, el que se abraza al aire y estrecha su vacío. Soy el que anda perdido, el que no fue ganado, el que va tropezando y, ladera abajo, rueda entre los peñascos; el que se deja hacer por el agua del río, el pulido, el de aristas, sólo un canto rodado, una piedra que pudo ser umbral o dintel y quedó entre ruinas de una deshabitada estancia. Me veis a lo lejos, siempre estoy alejándome, caminando entre huertos, arrabales o arenas que van a dar a la mar, junto a playas desiertas donde van a morir las olas que vienen a lavar las plantas de mis pies polvorientos. Soy el que va de paso, el que no se detiene, quien  ha de echar raíces en espacios vacios, soy de ninguna parte y no tengo otro sino que las sombras de la noche, donde se guarecen las alimañas. Soy el que va perdiendo, el que cede al empuje del tiempo huracanado, el que no recompone su vasija maltrecha, quien vela en la luz y en las tinieblas permanece de guardia por si llegara ella, la que no tiene nombre, la hermosa que te invita al frío del abrazo, la que danza y se insinúa ante ti, cautivadora. Acaso sea aquella, la de tan dulce rostro, cuyas formas perfectas adormecen al tigre y gritan desde los laberintos que se asoman a los acantilados, la gran matrona que guarda luto por los naufragios que han de entregar al fondo del mar sus ahogados, la cuota fija de los suicidas, el desamor del mundo, la orfandad de quienes vierten sus lágrimas sobre la tierra heroica. Soy casi nada, ya veis, esto que no es nada y en nada se diluye. Aquel que se oculta tras el horizonte. El que llevan las gaviotas prendido de su pico. El que se desvanece. El que claudica y se rinde. Aquel que se arrodilla y, sus ojos a tierra, os demanda el perdón. El que ya es polvo y luego será nada.


                                                                     José Antonio Sáez Fernández.

domingo, 6 de octubre de 2013

LOS RESUCITADOS.



Me cuesta admitir sumisamente que los seres humanos estemos llamados a aceptar nuestra mísera condición de criaturas mortales y efímeras, convocados al vacío final en que hemos de convertir la ofrenda amorosa de nuestros huesos. Tal condición provoca en mí la incitación a una contumaz rebeldía, pues algo dentro de mi ser más íntimo se niega y lo niega. Quizá sea cuestión de terquedad, tozudez, testarudez o como con cualquier otro sinónimo quiera calificársele a una cuestión que ha venido ocupando los más ambiciosos afanes del hombre desde que este tiene conciencia de su ser y estar en el mundo. Con insistencia callada niego lo que una y otra vez me golpea en la mente y se obstina en hacerme ver que eso es así y que nada puede hacerse contra ello, quiera yo o no quiera aceptarlo. Y ando pertinaz en mi empecinamiento de buscar espacios para una parte perdurable de mi ser que haya de estar convocada a la resurrección y a la eternidad. El perseguidor de quimeras. El que se miente a sí mismo para hacer soportable el tiempo y la radical contradicción de la existencia. El que se niega también a aceptar esto último y aun ora al Dios de sus padres con radical disconformidad. Lo cierto es que una cruz nos marca el camino, que a los hombres sólo nos basta extender los brazos en el aire para ser una cruz nosotros mismos, para formarla y hacerla ver a los otros. Cada hombre, una cruz. El hombre fue antes que la cruz y la cruz fue hecha para el hombre; esto es: un hombre es su dolor, el dolor de ser hombre. El desvalimiento, el desamparo, el abandono, la radical soledad de una criatura frente a quien no se apiada del que arrastra el polvo y la sed de los caminos. Y me digo que somos los llamados en la mañana, los convocados a un alba de luz primigenia, los invitados a levantarse y andar como nuevos lázaros. No fuimos creados para la muerte, sino para la vida, y nuestro destino es el de los insomnes, el de los despiertos, el de los sonámbulos persiguiendo quimeras. El de los alzados cuyo cuerpo va envuelto en un sudario. El de los cubiertos de blancas vendas para ser desliadas. El de los abducidos. Fragmentos, partículas, miríadas de estrellas en el firmamento.


                                                                                José Antonio Sáez Fernández.

jueves, 26 de septiembre de 2013

LUZ DE OTOÑO.






                                                                                       A la memoria de mi madre,
                                                                          Mariana Fernández Conchillo (1923-2004)


Está en oro el jinjolero bajo el sol del membrillo. Sembraron sus hojas una áurea alfombra alrededor de las ramas. Una tumba de hojas es la tierra abonada. Yacen mariposas difuntas al final del verano. Septiembre marchitó las ultimas rosas que regara la mano amantísima de la pálida ausente. El deshabitado se fue poblando de ausencias. Superficie arrasada, vasta extensión del caos, espacio sembrado de sal que, a su suerte, abandonó el conquistador. Páramos para la desolaciónn del invisible. Espíritu o barca a la deriva entre la niebla espesa. Tardes de otoño: Qué frágil vuestra luz, qué quebradiza, qué delicada seda, qué tejido suave, qué sutil fragancia en el aire más frío, qué rosa efímera en el jardín de hogaño, qué roce o qué caricia que apenas insinúa su túnica aparente... Así la vida, dulce como el licor destilado en el alambique, inaprehensible siempre. La eternidad: ¡qué lejos!



                                                                                         José Antonio Sáez.


miércoles, 18 de septiembre de 2013

LAS POSTRIMERÍAS DE VALDÉS LEAL.




Don Miguel de Mañara sería el encargado de concluir las obras de la nueva iglesia de la Hermandad de la Santa Caridad. En el Hospital de La Caridad de Sevilla se exhiben dos de las pinturas más representativas del barroco español, obra de Juan de Valdés Leal (Sevilla, 1622-1690), las cuales abundan sobre los motivos de la brevedad de la vida y la vanidad de las cosas terrenales. Se trata de "In ictu oculi"; esto es: "En un abrir y cerrar de ojos"; y de "Finis gloriae mundi", o "Fin de las glorias mundanas". Ambas constituyen un motivo de reflexión permanente y una lección de vida que nos sitúa ante la cuestión esencial de la condición humana: la muerte como verdad aleccinadora.
   Dichas pinturas son conocidas como "Las Postrimerías" de Valdés Leal y, a mi juicio, por tal término debe entenderse "lo que viene después de la muerte", pues no en vano el prefijo post- significa "después de". El artista, hijo indudable de su época, viene a transmitirnos una verdad aleccionadora: la vida es tan breve y todo lo vivido es tan efímero como un parpadear apenas, un pestañear si se quiere, como un abrir y cerrar de ojos. En "In ictu oculi", la Parca lleva bajo el brazo izquierdo un ataúd y lo que parece un sudario, agarrando de esa mano la guadaña. Con la maño derecha y los dedos abiertos señala hacia ese "abrir y cerrar de ojos" y, bajo ella, aparece la vela apagada que sostiene el candelabro, símbolo del final de la vida. Sobre la mesa: el báculo, la mitra y el capelo cardenalicio, atributos del poder eclesiástico; capas, hábitos y vestiduras que con la corona, el cetro, el toisón y otros insignias y ornamentos representan la realeza y el poder mundano; espadas usadas en guerras, batallas y conquistas; libros que fueron compendio de todo el saber humano, palacios para la ostentación, pinceles, ramos de palmas para la celebrar la gloria vencida. Bajo su pie izquierdo, la Parca, que nos mira implacable de frente a través de las cuencas vacías de sus ojos, aplasta la bola del mundo. El fondo oscuro del cuadro empuja hacia el primer plano, poniendola de relieve tan aleccionadora ilustración, hermanada con los mensajes del pesimismo y el desengaño del barroco español.






 En "Finis gloriae mundi" la mano llagada de Cristo sostiene desde lo alto, en un espacio luminoso, la balanza en cuyos dos platillos, "Ni más", "Ni menos", queda reflejado el juicio de las almas. En el primero, el de la izquierda, aparecen los símbolos de los pecados capitales que llevan a la condenación eterna, mientras que en el plato derecho -con la inscripción "Ni menos"- podemos ver diferentes elementos relacionados con la virtud, la oración y la penitencia. De la libertad humana y de las obras del hombre depende el que la balanza se incline hacia uno u otro lado; esto es: la salvación o la condenación. Bajo los platillos de la balanza, en siniestra oscuridad, hay un osario y un esqueleto humano. En primera línea de la imagen, el cuerpo en descomposición de un obispo, con la tiara, sus vestiduras y el báculo, yace sobre su caja desvencijada. A su lado reposa un caballero de la Orden de Calatrava. Algunos otros detalles podrá advertir el lector, como la lechuza y el murciélago, pájaros de la oscuridad. Ambos cuadros están enmarcados en un arco que bien pudiera introducir en una cripta funeraria. La brevedad de la vida y la vanidad de las cosas terrenales quedan expuestas con un fin eminentemente didáctico y aleccionador ante los ojos escrutadores de los visitantes que se conmueven ante las dos pinturas de Valdés Leal, quien a buen seguro debió seguir las instrucciones de don Miguel de Mañara, legándonos con ello dos de los mayores símbolos artísticos del barroco español.


                                                                               José Antonio Sáez Fernández.


sábado, 7 de septiembre de 2013

BAJO LA FINA LLUVIA DE SEPTIEMBRE.






Llega septiembre, preludio del otoño, antesala del sueño, con sus alas desplegadas y amerizando sobre el agua llovida de tus ojos. Besa las olas con su pico de estaño o viene a caer en busca de los pececillos plateados que vagan por la superficie de un mar transparente. Llega septiembre con sus timbales y el coro de nubes que lo acompaña: las uñas aceradas y el color plúmbeo de los dedos gastados en la caricia. Llega y apenas deja una señal de aviso, un coro concertado de muchachas, el aroma del membrillo y las rosas tardías que exhalan su fragancia en el aire sostenido con la levedad de un pájaro diminuto. Viene insinuándose, tal como si amenazara con una fiebre de olores que aturden y enloquecen a los desafiantes, con su leve nota solar de melancolía, con un alarde de violines en fuga. Pues se entrega la novia esplendente al maduro galán que la corteja. En su mensaje efímero, septiembre es la desembocadura de un río navegable, las capitulaciones firmadas sin demora, el tiempo que apremia y la realidad del sueño que es la vida. Llega septiembre cambiante e inconsciente, como si no quisiera hacerse cargo de lo que es, con sus frutas maduras bajo el sol del verano y sus trasnochadas alegrías pasajeras. Llega con sus ribetes cambiantes de oro pálido y sus panes de oro para dorar los túmulos y las estelas de templos y de tumbas, de lugares abandonados y playas desérticas por donde deambulan los últimos náufragos solitarios que se resisten a aceptar que todo aquí termina. Llega el dulce y recatado, el mudo y revelador, el transparente... Viene con sus higos dulcísimos y sus pájaros voraces, apremiando a las uvas, vistiendo de amarillo a los amantes. Sólo sus manos enlazadas tienden un puente a las glorias perdidas, como quien rinde una fortaleza o entrega las llaves de una ciudad vencida. Septiembre es el espejo en que mirarnos y aceptar lo que somos, una lluvia en los ojos que roza las mejillas y resbala cayendo, pues en caída libre estamos los durmientes. Llega el desconcertante con "Dánae recibiendo su lluvia de oro", del Tiziano, portando bajo los brazos las "Postrimerías" de Valdés Leal. Llega el embriagado por los olores de después de la lluvia. Abridle las compuertas, salidle al paso, vosotros, caminantes, extranjeros, exiliados que lloráis por la patria perdida.


                                                                                          José Antonio Sáez Fernández.