miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA PRINCESA ENJAULADA

 

 



Cada mañana, a las 9.00, la joven y bella dependienta alza la persiana de la coqueta tienda de modas que defiende a costa de su libertad y su tiempo. Un salario de hambre en la boutique de la embestida, consuelo para la escasez y delirio para la usura de su jefe. Allí deja enterrado cada día el lustre de su juventud, sin que la roce el aire y el bese el sol sus labios y su cara, la cual bien pudiera ruborizar hasta los mismos rayos del astro refulgente. Blanca, como la claridad que envuelve la calle por donde deambulan con urgencia los viandantes dormidos, los únicos viandantes que cruzan las aceras y pasan ante el escaparate de la tienda de modas mirando con desdén las últimas rebajas, el saldo de remate que avisan desde el amplio cartel que ocupa casi todo el espacio. Adentro, la estancia iluminada por una luz amarillenta enfoca la mercancía; mientras la niña, eficiente ajena, ordena las camisas vacías de los cuerpos ausentes que las vestirán un día y rumia su tristeza porque le faltan el aire y el sol de cada día.




Tiene la niña dieciséis años y ha dejado los estudios al terminar la secundaria obligatoria. Mucha prisa por crecer y ser adulta, reclamando su lugar en la sociedad, pues todas sus amigas tienen novio y ya la pandilla empezó a disgregarse. ¿Quién o qué le espera en casa? Nadie que le diga una palabra amable o la reciba con una sonrisa. El móvil acapara la atención de los restantes miembros de la familia y ni siquiera hay un saludo para una adolescente que, al igual que Cenicienta, ha visto convertirse su carroza en calabaza, los corceles en ratones, y a ella misma revestirse con el atuendo de la ilustre fregona, a la que pagan el precio de su reclamo juvenil con el tintineo de unas pocas monedas, contantes y sonantes.




Y en esas se debatirá, hasta las 21.00 horas, cuando ya la noche haya sobrevenido y sea tanta la fatiga acumulada que deje caer de nuevo la persiana con estruendoso ruido. Las luces del escaparate llamarán la atención de los últimos solitarios desnortados, casi zombis ambulantes, mientras esporádicos vehículos atraviesan en horizontal la avenida que se prolonga en busca del tiempo perdido y se difuminan en la oscuridad iluminada.

 

                                             José Antonio Sáez.                            


No hay comentarios:

Publicar un comentario