Cada
mañana, a las 9.00, la joven y bella dependienta alza la persiana de la coqueta
tienda de modas que defiende a costa de su libertad y su tiempo. Un salario de
hambre en la boutique de la embestida, consuelo para la escasez y delirio para
la usura de su jefe. Allí deja enterrado cada día el lustre de su juventud, sin
que la roce el aire y el bese el sol sus labios y su cara, la cual bien pudiera
ruborizar hasta los mismos rayos del astro refulgente. Blanca, como la claridad
que envuelve la calle por donde deambulan con urgencia los viandantes dormidos,
los únicos viandantes que cruzan las aceras y pasan ante el escaparate de la
tienda de modas mirando con desdén las últimas rebajas, el saldo de remate que
avisan desde el amplio cartel que ocupa casi todo el espacio. Adentro, la
estancia iluminada por una luz amarillenta enfoca la mercancía; mientras la
niña, eficiente ajena, ordena las camisas vacías de los cuerpos ausentes que
las vestirán un día y rumia su tristeza porque le faltan el aire y el sol de cada
día.
Tiene
la niña dieciséis años y ha dejado los estudios al terminar la secundaria
obligatoria. Mucha prisa por crecer y ser adulta, reclamando su lugar en la
sociedad, pues todas sus amigas tienen novio y ya la pandilla empezó a
disgregarse. ¿Quién o qué le espera en casa? Nadie que le diga una palabra
amable o la reciba con una sonrisa. El móvil acapara la atención de los
restantes miembros de la familia y ni siquiera hay un saludo para una
adolescente que, al igual que Cenicienta, ha visto convertirse su carroza en
calabaza, los corceles en ratones, y a ella misma revestirse con el atuendo de
la ilustre fregona, a la que pagan el precio de su reclamo juvenil con el
tintineo de unas pocas monedas, contantes y sonantes.
Y en
esas se debatirá, hasta las 21.00 horas, cuando ya la noche haya sobrevenido y
sea tanta la fatiga acumulada que deje caer de nuevo la persiana con
estruendoso ruido. Las luces del escaparate llamarán la atención de los últimos
solitarios desnortados, casi zombis ambulantes, mientras esporádicos vehículos
atraviesan en horizontal la avenida que se prolonga en busca del tiempo perdido
y se difuminan en la oscuridad iluminada.
José Antonio Sáez.



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