domingo, 20 de julio de 2014

EL INTIMISMO POÉTICO DE ANTONIO ENRIQUE.




   Quienes hemos venido siguiendo la trayectoria poética de Antonio Enrique (Granada, 1953) desde aquel discurso de exaltación sensorial de sus inicios, donde desplegaba una estela barroca tan brillante como única en la poesía española de las décadas de los 70 y los 80 del pasado siglo, hemos podido comprobar cómo aquel discurso inicial se ha ido depurando y esencializando hasta dar con éste mucho más intimista y decantado de su último poemario, El amigo de la luna menguante. El poeta y novelista granadino presenta ante nuestros ojos todo un decir de esencias, lejos ya aquella poesía sensual y deslumbrante de sus primeros títulos. No se trata ahora de exteriorizar, sino de imbuirse, de llenarse, de dejarse hacer. Ello supone una actitud por parte del poeta, que es la del vaciamiento interior, para llenarse de lo esencial externo que nutre el espíritu. Así, resulta fundamental la comunión con la naturaleza y la hermandad con las criaturas que comparten su hábitat con el ser humano. Árboles, ríos, fuentes, aguas, criaturas todas que llenan de luz y vida el entorno en que habitamos, pues todos formamos parte de esa comunión en la que todo se resiente si alguna parte sufre alteración. Todo, pues, afecta al todo y a cada una de las partes.
   El intimismo a que aludo ha venido adueñándose progresivamente de la poesía de Antonio Enrique, la cual se ha ido decantando y esencializando, progesivamente, a lo largo de las últimas décadas hasta dar con el hueso, el meollo o el tuétano de la dimensión trascendente en cualquier ser humano. Hace falta, sin duda, haber dispuesto el alma para tal cometido, haberse visto envuelto en un proceso de desposesión interior, tal y como si se tratara de las vías ascéticas en un proceso espiritual heterodoxo.


   Hay, pues, lucidez y ejemplaridad en estos textos líricos que invitan al sosiego y a la armonía interna. El desasosiego, cuando asoma, es para constatar el dolor, la crueldad y la demencia humanas, como en el estremecedor poema inicial "Los ojos de la perra"; el animal dolorido e indefenso, maltratado cruelmente, que va a ser quemado por un grupo de desalmados: "Hoy he visto a Dios/ en los ojos de una perra./ Ni se movía,/ apaleada;/ no se movía/ porque habían querido quemarla./ Quemarla porque sí,/ por diversión" (p. 11). Y tras el "Prohemio", la primera parte lleva por título "Arco de las ardillas" y consta de ocho poemas; la segunda es "Delicias del estío", con once textos; la tercera, "Viene gente", también con once; la cuarta, "Madre Tierra", con otros once; la quinta, "El Valle del Caracol", con ocho textos y, finalmente, una "Despedida en Isleta del Moro", con dos textos: el primero de ellos dedicado a los poetas granadinos Luis Rosales y Javier Egea, aunque sólo de este último nos queda constancia que pasara un tiempo en este lugar privilegiado del Cabo de Gata, en Almería, donde escribió parte de su libro "Troppo Mare": "Mi amigo Javier Egea estuvo aquí./ Y contó las olas una a una/ sin saber que cada una/ era un instante menos que le restaba de vida./ Luis Rosales nunca estuvo aquí,/ pero yo os lo cuento./ El mar, Luis, es la felicidad" (p. 81).

   El amigo de la luna menguante es, así, un libro de esencias e interiorización. Mas esto no quiere decir que no participen en él los sentidos, especialmente el de la vista ya que, en buena medida, algunos de los textos semejan fotografías instantáneas recuperadas a través de la memoria. Hay percepción, apercibimiento, captación de cuanto rodea al poeta en su contacto con la naturaleza; pero hay también estados de alma, comunión armónica del espíritu con lo creado, en la conciencia de que formamos parte de un todo con el que hemos de vivir en armonía y en el que residen las claves que dan sentido a nuestro ser y estar en el mundo. Dicho de otro modo: Una aspiración a que nuestro tránsito por este planeta se produzca sin dejar huellas significativas que deterioren un legado que hemos de transmitir a quienes nos sucedan.

                                                                          José Antonio Sáez Fernández.

Antonio Enrique: El amigo de la luna menguante, Barcelona, Ediciones Carena, 2014, 83 pp.

miércoles, 16 de julio de 2014

"CAZA MAYOR", DE MANUEL MOYA.





   El poeta, novelista y traductor Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960) ha sacado a la luz un volumen de microrrelatos titulado "Caza mayor", publicado por la editorial tinerfeña Baile del Sol. La narrativa del onubense se despliega en títulos como "Regreso al tigre" (1999) y "La sombra del caimán" (2006), ambos de cuentos; así como de las novelas "La mano en el fuego" (2006), "La tierra negra" (2009), "Majarón" (2009) y "Las cenizas de abril" (2011), premio Fernando Quiñones, publicada por Alianza editorial y traducida con éxito al portugués.
   El volumen objeto de este comentario viene presentado como el primero que el narrador dedica íntegramente al subgénero del microrrelato. Ya de entrada, el título del volumen (aceptada la ironía con que el mismo escritor ha querido dotarlo) puede despertar cierta curiosidad en el lector en cuanto al juego de antónimos y por la paradoja que supone el "mayor" del título y la esencia misma del término o del concepto "microrrelato". No obstante he de aclarar que, a mi juicio, lo del adjetivo del título viene dado por la trascendencia y la significación que el autor concede a este subgénero narrativo, que para él no representa para nada un género menor o inferior, dada la gran maestría y dificultad que encierra escribir textos tan elaborados como los que contiene este libro.




  No hemos de dejar tampoco a un lado el carácter experimental que el género posee, porque todo microrrelato supone una provocación y un reto a la inteligencia del escritor, primero, y del lector después. Experimentación y análisis son los dos perfiles básicos sobre los que discurren los textos de Manuel Moya quien, por otra parte, afirma: "De hecho, este libro pretende, no sólo desdeñar las orillas del género, sino en lo posible, habitarlas". ¿Significa esto que el autor ha querido "bordear" la frontera, situarse en los límites del género con ese afán indagador, forzando los cánones con el fin de provocar tanto a críticos como a lectores? Lo que resulta obvio es que Manuel Moya, además de provocar al lector, no parece amigo de cánones, dogmatismos o pontificados y sí un escritor bastante preocupado por ese proceso de búsqueda personal que conlleva abrir nuevos caminos a la literatura o, al menos, de experimentar con ellos. Sólo en la experimentación de los límites es posible el hallazgo. No cuadra con él la etiqueta de "escritor acomodaticio". Nada más lejos de su escritura y de la exigencia que demanda de sus lectores.
   "Caza mayor" es un caleidoscopio de relatos, un puzzle donde las piezas encajan a la perfección. En su enorme diversidad caben las recurrencias y los vínculos laberínticos, así como las subterráneas coincidencias entre algunos textos, como bien señala el mismo autor. En ese lúdico mestizaje, que afecta tanto a los temas como a la forma de los relatos, dentro de la exigencia inexcusable de la brevedad; el lector irá de unos textos a otros leyendo con verdadera fruición, recreándose inmerso en el gozo de la lectura y reparará, sin duda, en la alta calidad de los mismos; así como en un escritor cuya valía está sobradamente contrastada.

Manuel Moya: Caza Mayor, Tenerife, Baile del Sol (Col. Sitio de Fuego, 137), 2014, 202 pp.

domingo, 13 de julio de 2014

LAS MURALLAS DE JERICÓ.

  

 "Dios del ser, -dijo en voz baja, casi susurrando-, todo se derrumba ante mí", como si quisiera que nadie lo escuchase ni supiera de las más hondas preocupaciones que embargaban su alma. "Todo cae y se desmorona, hasta aquello que consideré más firme y sólido, los cimientos que me erigían sobre la tierra y mantenían incólumes tanto mis piernas como mi orgullo, las raíces más hondas de mi ser y estar en el mundo, mis más firmes convicciones... Todo se desvanece a mi alrededor, todo es caduco y perecedero, todo polvo, humo, sombra, nada".
   Y en percibiendo que así era, bajó de su pedestal, hundió sus pies en el barro que la lluvia había dejado por doquiera y se arrodilló en él. Genuflexo, reclinada su cabeza, hincó entonces sus ojos en la tierra primigenia, quiso luego tomar del mismo barro en que se hallaba inmerso y lo fue restregando contra sus mejillas, en su frente, en los brazos desnudos, sobre el pecho y el espacio de sus piernas que aún restaba por embadurnar. "Nadie hay que acuda en mi apoyo, nadie que alivie mi desazón, nadie que me regale con palabras compasivas que dulcifiquen la congoja de mi corazón. Han abandonado los pájaros el nido en que nacieron al calor de los días suaves de la primavera y del verano. Desde mi atalaya los veía ensayar el vuelo, azuzados por sus progenitores. Aprendieron a volar y se han ido, Señor, todos se han ido dejándome solo en este trance de los vencidos por el tiempo, ahora que los achaques revierten sobre mi cuerpo como la ventisca y el aguacero que asolan los sembrados. 
   Todo es invierno en mí. Todo yo, invierno. Más temprano que tarde, el hombre ha de enfrentarse solo a su destino. Y yo estoy ante ti, dios de los vencidos por el tiempo, esperando tu brazo poderoso que me eleve del barro en que voluntariamente he querido sumergirme. Pues polvo soy, tierra soy, ceniza en el viento soy; pero polvo, tierra y ceniza tuyos. Sea mi bautismo en el barro, mi resurrección desde el barro, mi aspiración de eternidad para el barro amasado con las aguas que hiciste caer desde un cielo oscurecido que hace acopio de nubes. Aquel que se hizo fue deshecho y quien se supo fue ignorado. Quien se irguió sobre el trono y quien labró con humildad la tierra para hacerla fructífera, quien tomó de los frutos para saciarse y aquel que los regó con su sudor. Así yo, dios del ser y del saber, me abandono a tu suerte con la fe del vencido que se deja hacer, ahora que es de noche y mi mirada se enturbia hasta difuminar definitivamente tu rostro sobre mi.


                                                                        José Antonio Sáez Fernández.

lunes, 7 de julio de 2014

ALBRICIAS DE VERANO.







Llega el verano con su alarde de exuberancia y las galas de los cuerpos semidesnudos de las muchachas en flor, quienes juegan a romper las olas acariciantes con sus pies descalzos, junto a la orilla de la playa, o se tienden al sol -sus miembros dorados sobre la arena-, ante la mirada oculta de un dios que, complacido, las observa con deleite. El verano supone el triunfo de los frutos y las formas; es, en realidad, él mismo, un árbol frutal que se desborda y desparrama pródigo; la eclosión y la abundancia, la bebida efervescente de efímeras burbujas que ascienden en la copa hasta desvanecerse. El verano es la apariencia y aquello que se ofrece a los sentidos como atrayente, accesible a las manos con sólo alargar los dedos y cogerlo, como fruta que se lleva a la boca y es mordida con fruición. El apetitoso bocado que sacia apenas se degusta.
   Llega el verano creando en las gentes la ilusión efímera del triunfo de la carne, de los gozos de la vista, de la ilusión y el sueño, del esplendor y el solaz bajo la apariencia del astro que todo lo conquista, vivifica y subvierte en nosotros, los que nadamos en superficie. Porque el verano es la apariencia que invita al disfrute y, apenas alcanzado, se esfuma dejando entre los dedos y las manos el fulgor del cuerpo deseado. Los veraneantes son seres que van de paso, como todos nosotros por la vida. Y van con la ilusión de la felicidad efímera que ha de depararles un lugar, el oasis, el paraíso perdido que jamás fuera hallado o recuperado. El verano depara la ilusión del encuentro y, en ocasiones, salta una chispa de luz, un fogonazo, la estela que marcan en el cielo los fuegos artificiales. Fuimos, en verdad, felices, mientras duró la feria de las vanidades. Necesitamos creer que lo fuimos para seguir viviendo más allá de los fuegos de artificio. 
   Goza el instante. Disfruta del momento: "Coged de vuestra alegre primavera/ el dulce fruto, antes que el tiempo airado/ cubra de nieve la hermosa cumbre" -que nos dejara escrito el poeta de la melancolía, el dulce Garcilaso de la Vega, quien en su soneto invita a la joven a vivir intensamente su juventud, pues la sabe efímera-. El verano es la estación báquica y dionisíaca del desafuero y la desmedida, del dispendio y el derroche, del atrevimiento y hasta de una especie de rara y curiosa demencia que raya en el fingimiento de lo que no somos y quisiéramos haber sido o conseguido. El verano es la cresta de la ola. Y eso es también la vida en su apogeo: el sentimiento vitalista que nos instiga.



                                                                        José Antonio Sáez Fernández.

sábado, 28 de junio de 2014

UNA PERSPECTIVA SOBRE LA POESÍA DE MARTÍN TORREGROSA (I).



   Amigo Martín: Henos aquí convocados por la gracia de tu palabra vibrante, sonora y solidaria. Nos abrazas con ella. Te das a manos llenas y nos has ofrecido, de paso, una lección de verdadera, de auténtica poesía. Ya parecías advertírnoslo en tus entregas anteriores: Lazos de sangre, Azul es el color de los desheredados, Setecientos versos para Maindra y ahora esta brutal sacudida que es El tren de la lluvia, pues entiendes que tu obra anterior forma parte de tu “prehistoria poética”, llamémoslo así. Menudo ejemplo nos has dado con esta forma de desangrarte ante nosotros, paisano. Nos has dejado casi sin palabras, sobrecogidos, enmudecidos ante la evidencia de tu palabra crucificada, exhalando el último aliento de una era de incertidumbres en la que agonizan las estrellas bajo la contaminación lumínica. Andamos entre tus versos con escalofríos, tiritando ante el estupor que nos provocan tus palabras desnudas y verdaderas, como envueltas en los sudarios de la solidaridad, de la belleza y de la hondura en este tiempo sin tiempo que va y viene del desamor al desamparo.





Naciste, como yo, en 1957 y vamos tras los 57 en este año en que ven la luz los dos extraordinarios libros tuyos que ahora presentamos. Tu vida ha estado marcada por tu trabajo como emigrante en Suiza y tu trabajo en la construcción en nuestra tierra. Esta dura experiencia vital y laboral te ha proporcionado un bagaje existencial que tú has sabido trasmutar en un lenguaje poético desgarrador y pletórico de hondas emociones, de belleza y serena tristeza. Has sabido imbuir a tus lectores en esa carga emocional con que envuelves tus poemas y contigo hemos entendido del amor y del desgarro con que sientes tu tierra, siempre digna y hermosa ante tus ojos y en tus textos. Dispensa si nombro, pese a tu advertencia, tu primer libro Pasos de tierra, con que allá por el año 1988 te mostraste como poeta a la luz pública. Por él supimos de tus hondas raíces en esta tierra a la que se abrieron tus ojos y de tu profundo amor por ella. Respeto tu opinión sobre esta primera entrega, y aunque llegó inmersa en la fuerza y la ingenuidad de quien se inicia y da rienda suelta al caudal de emociones que lleva dentro, sé apreciar en ella esa sobria dignidad que la caracteriza. Vino después Lazos de Sangre, un hermoso y muy digno poemario que fue publicado en 1997 por el Instituto de Estudios Almerienses, de la Diputación provincial de Almería. Nos llegaba con el aliento de Blas de Otero, de Miguel Hernández, de Pablo Neruda y de César Vallejo; pero tu poesía mostraba ya una voz personal. El libro venía abalado por el I Premio “Jornadas por la Paz”, de Zurich (Suiza), otorgado por la Misión Católica Española. Ya despuntaba en él un solidario acento marcado por el drama de la emigración. Diste, sin duda, el gran salto hacia la consolidación de tu obra poética con un libro que a todos los que nos consideramos lectores atentos a tu evolución literaria nos sorprendió muy gratamente y a algunos hasta nos entusiasmó. Se trata, como bien sabes, de Azul es el color de los desheredados, que llegaste a publicar en la editorial madrileña Huerga y Fierro en el año 2004. Se trata de un libro muy logrado en el que, de nuevo, dabas muestras de tu compromiso cívico, ético y solidario con la dignidad humana. Mucho habría que hablar de él en cuanto a sus logros formales, temáticos y a ese límpido idioma castellano que utilizas y que desvela sus secretos a las buenas gentes que no lo corrompen, como hoy no suele ocurrir con el uso interesado, manipulador y egoísta por parte de tantos. Se trata de esos seres transparentes, casi diáfanos, que han puesto en el trabajo y en la honradez su más alta divisa y que usan la palabra como algo sagrado, pues ella es portadora de los deseos, las emociones y los sentimientos más nobles y más dignos. "En el principio era el Verbo" -comienza el evangelio de san Juan-.


                                                                        José Antonio Sáez Fernández.
                                                                                  (Continúa).

UNA PERSPECTIVA SOBRE LA POESÍA DE MARTÍN TORREGROSA (y II).




  Setecientos versos para Maindra es un libro de poemas de amor escrito por Martín Torregrosa a petición de su hija Alba, el cual se propuso escribir como un reto y una necesidad de mostrar ante sus lectores una faceta bien distinta a la del poeta comprometido con que solemos identificarlo. Y creo que superó la prueba con alta calificación, pues de no haber sido así, entre otras cosas, el poemario no hubiese aparecido en la editorial Renacimiento de Sevilla. Al publicarlo, el sello editorial sevillano hace una apuesta por el nombre y la obra poética de Martín Torregrosa y está claro que no se equivoca. En el libro el poeta nos conduce de la mano del amor, el recuerdo y la melancolía como íntimas vivencias que van desde la pasión al desasosiego y a la comunión con el otro. Toda una evolución de la relación amorosa vista desde un prisma óptico personal y ungido de una dulce y serena tristeza, esa que parece acompañar al poeta a lo largo de estos setecientos versos, formando parte indisoluble de su ser y estar en el mundo. Un sentimiento arraigado en éste, y creo que en todos los libros de Martín. Se trata de una visión del amor como tabla de salvación de los muchos naufragios a que el mar proceloso de la vida nos somete. Un libro de emociones y sentimientos prístinos que invita a la sintonía entre autor y lector, imbuyendo a este último en una especie de ámbito sentimental o de comunión emocional abductiva. 


   Pasa El tren de la lluvia ante nuestro ojos entre arrobos de lágrimas. Son las lágrimas de los que se despiden en la estación de sus seres queridos, las lágrimas de los que han de abandonar su tierra en busca de otras espacios de promisión, dejando atrás las gentes y los lugares que amaron, separándose de ellos como la uña de la carne, según reza en el Cantar de Mío Cid que el caballero hubo de dejar a su mujer e hijas cuando partía hacia el exilio. Pasa ese tren dejando tu corazón compungido por el desvalimiento de los indefensos, de los desprotegidos, de los desheredados y los expatriados. Vendrá un día en que las gentes de nuestra tierra no tendrán que coger más ese tren del desgarro más íntimo para ir en busca del pan a otros lugares, porque habremos transformado esta tierra en una tierra de acogida, en geografía habitable donde edificar y construir un futuro de esperanza para las nuevas generaciones.

   Amigo Martín, yo he querido hoy poner mi voz junto a la tuya con toda la humildad de que soy capaz. Me siento casi abrumado e impactado por la belleza magnífica de tus últimos libros, estos que hoy presentamos ante las gentes de nuestro pueblo. Creo que nos has hecho un regalo excesivo. Hemos de confesar que no esperábamos tanto ni de forma tan sobrada, pródiga y abundante. Todo un caudal de emociones desbordadas y magníficamente encauzadas en la horma de la palabra, con un castellano tan sobrio como elegante y dúctil. Sin duda, no puede hablar así, cantar así, decir con semejante voz y acento deslumbrante sino aquel a quien le ha sido conferida la gracia revelada por esa rara lucidez que emana de una sensibilidad excepcional. Y qué abundancia no debe anidar en ti, pues que así nos deslumbras con semejante carga y nos hace titubear, vacilantes y sorprendidos, ante lo que nuestros ojos ven y nuestros oídos escuchan.

  Pero tu poesía no deja embargados en la melancolía a nuestros corazones, pues sabe ir más allá, sin duda imbuida por una sana ambición de construir sobre el dolor históricamente acumulado, almacenado sobre generaciones de gentes y familias escindidas por la necesidad. Y es que en tus versos alienta una poderosa llamada a la solidaridad, al hermanamiento entre los seres humanos, como única forma de conquistar un futuro de esperanza y de paz para nosotros y las generaciones venideras. Desciendes a ejemplos de desamor lacerante y tu voz se remonta en el aire embistiendo contra la injusticia y la insolidaridad. Vas de la mano de poetas comprometidos con la verdad y la justicia. Nada hay más hermoso, ni más noble, ni más humano que el hermanamiento contra la sinrazón, el infortunio y la desgracia o el compadecerse y gritar contra la miseria. Tú lo haces y con qué hondura, amigo Martín Torregrosa; poeta, ni más ni menos.

Has de saber que tus paisanos te agradecemos de todo corazón el hermoso legado que dejas a la literatura de tu pueblo, un pueblo de comerciantes, de gentes emprendedoras que, al haber nacido en una tierra hosca y sin duda arisca, han de salir al mundo en busca del sustento para ellos y los suyos.

   Martín Torregrosa es un poeta comprometido en el más digno sentido que esta palabra encierra para mí. Comprometido con las causas más nobles que son aquellas que están vinculadas con los desamparados frente a la injusticia y el desamor del mundo; comprometido con la verdad y con la solidaridad, de modo que  es la suya una voz que clama contra la desigualdad y el egoísmo atroz que nos envuelven. Y es también un poeta compasivo, cualidad esta que no es propia de corazones débiles sino de corazones abundantes y generosos. Nada más grande que el corazón del poeta, donde caben el mundo y los hombres en comunión absoluta. Nada más humano ni más libre que la voz del poeta tronando en la tormenta de una sociedad acomodaticia que mira hacia otra parte para no ver lo que no quiere ver. Pero los ojos del poeta están alarmantemente abiertos y miran, a menudo con espanto, la realidad más próxima. Por la justicia social está el poeta a cuya obra queremos hoy dar la bienvenida. Tanto Lazos de sangre, como Azul es el color de los desheredados, como El tren de la lluvia forman una trilogía sobre el fenómeno de la emigración, tema que, en principio, pareciera que poco ha de tener de poético. En efecto: nadie deja su casa, a sus seres queridos y a su tierra para ir en busca de un futuro mejor sino es a través de un íntimo desgarro y de una honda tragedia. En los trenes viaja todo el dolor del mundo y El tren de la lluvia no es otro que el tren de las lágrimas de quienes se vieron obligados a dejar su patria y su gente para ir en busca de una vida digna. Como escribe el poeta: son trenes que viajan hacia el norte. Los trenes y las estaciones, símbolos de la soledad y el desamparo, irrumpen con inusitada fuerza y desgarro en la poesía de Martín Torregrosa, de forma casi obsesiva. Ese tren de la lluvia que pasa ante nosotros es trasunto del paso del tiempo, del recurso a la memoria y de la misma vida en su devenir.

   Por ello, y concluyo ya, he de insistir en que nos encontramos ante un poeta con un alto compromiso ético, un poeta profundamente humano y solidario que ha hecho del tema de la emigración, de las situaciones de desarraigo y desamparo su más alta divisa. Un poeta que ha sabido transmutar una desgarradora experiencia existencial en verdadera y auténtica poesía. Porque Martín Torregrosa siente, vive y ve el mundo con los ojos de la emoción y el sentimiento, de la palabra verdadera. Los ojos, la voz y el aliento de un hombre que además es poeta y que ha acertado a mostrar ante nosotros la belleza, el desvalimiento y el desamparo a que estamos convocados todos los seres humanos. 


                                                                                         José Antonio Sáez Fernández.


(Texto leído el 27 de junio de 2014 con motivo de la presentación de los dos últimos libros publicados por el poeta Martín Torregrosa López: "Setecientos versos para Maindra" y "El tren de la Lluvia", Sevilla, Editorial Renacimiento, 2014).

jueves, 19 de junio de 2014

EN DÍAS DE DELIRIO.




(Fotografía de Sebastiao Salgado).



Veréis, amigos: Uno empieza a morir
cuando va perdiendo el contacto con las cosas
y deja de interesarse por el mundo que le rodea,
cuando los sentidos pierden agudeza
y se van cerrando las puertas a lo externo
para configurar el espacio interior del individuo.

Uno sabe que ha emprendido el final del trayecto
cuando siente crecer dentro de él las alas
que le hacen remontarse por encima de la vanidad
y la miseria humanas, cuando sabe escuchar
y entender al que habla, cuando aprende a callar
y medita en silencio lo que la lucidez depara.

Uno aprende a morir y nunca está dispuesto
para aceptar la muerte por ese antagonismo
que hay entre el vivir y el morir, de una parte,
y el instinto innato que tira de nosotros.

Uno sabe que ha de morir cuando renuncia
al amor y a ser amado, porque sólo el amor vivifica.

Entonces, creedme, uno empieza a entenderse
con la vida y parece como sumido en transparencia,
se es más indulgente con la debilidad ajena
y no se intenta cambiar lo que no ha de poderse,
porque entre lo posible sólo está salvar los muebles.

A estas alturas, uno no intenta nada,
ni desea cambiar el mundo ni arreglar los desmanes,
sólo se mira a sí mismo y entiende la torpeza,
la necedad, la ambición o la falta de juicio;
se vuelve tolerante y presencia, apenado,
la deriva a que conduce la sinrazón del otro.

Uno sabe que ha de morir cuando entiende,
como incomunicable, la verdad que le asiste 
y todo dentro de él se vuelve en sí diáfano,
con la dulce quietud de una inmensa derrota.


                               José Antonio Sáez Fernández.