miércoles, 25 de abril de 2018

EN EL CAMINO.



Fotografía de Georges Dussaud



   Ah, este gozoso sentir que me trae y que me lleva. Esta locura de amor por las criaturas, este salmo que exulta mi corazón limitado, esta risa soberbia y tan descolocada, este íntimo convencimiento de saberme mortal, esta Arca de la Alianza, esta envolvente marea...
   Salí a los caminos y me recibían los árboles en donde se ocultaban los pájaros cantores y bulliciosos. El viento doblegaba sus ramas y las tupidas hojas cubrían su huesuda desnudez, su esquelético armazón genealógico. Adentrando mis ojos en su interior, escrutaba sus saltos de rama en rama, su nervioso aleteo, la alegría de vivir, el ajetreo de las pequeñas criaturas que ignoran que han de dolerse.
   Cuando el sol expandía su roja luz de sangre en el ocaso, me encontré con los jornaleros que venían de culminar su faena, con los segadores que portaban sus hoces, con las muchachas que reían a pesar del cansancio y gastaban bromas procaces a los jóvenes sudorosos. No menos ellos, que las provocaban. Iban por el camino en distendida formación, sabedores de que una jornada más habían cumplido y aseguraban el pan de los suyos en los días de frío, al calor de las brasas y los leños cortados que avivaran el fuego. El pan de los pobres: ¡no probaste nunca mejor pan, tan sabiamente orneado, ni con más limpias manos repartido! Mas los sentí alejarse, como va perdiéndose el rumor del agua cuando te alejas del río impetuoso o de la fuente mansa y clara.
   Proseguí mi camino, porque lo nuestro no es detenerse sino muy ocasionalmente, y continuar haciendo el trayecto. Cuando el sol apremiaba, descendí a las corrientes para refrescarme y observé cómo descendían con urgencia las aguas y con prisa magnífica las hojas secas o podridas que navegaban por ellas como aplastados veleros abandonados a su suerte. Los insectos merodeaban alrededor de las charcas y los renacuajos se jugaban la vida en un instante y a una sola carta ante posibles devoradores. Todo era un trinar como por ensalmo en las altas copas de los álamos, cuyas ramas danzaban impulsadas por la suave brisa que alivia los rigores del sol abrasador.
   Sé que estoy llegando al final del trayecto y no pido más tiempo ni más oportunidad de hacerme al camino. Cuando el hombre se siente serena e íntimamente cansado, no puede anhelar otra cosa que no sea el descanso. Y heme aquí, preparado, velando mis armas en la noche, por si acaso me llaman y no escucho.


                                                                   
                                                                                    José Antonio Sáez Fernández.

martes, 17 de abril de 2018

LESA HUMANIDAD.





   El azar se confabuló para que tú, precisamente tú y no otro, entre infinitas posibilidades, vinieras a este mundo. Fue el azar quien dispuso que tú estuvieses aquí y ahora. Contigo trajiste tus genes y probablemente, tu misión no fuera otra que dejar aquí tus genes: lo mismo que hicieron tus padres en pro de la perpetuación de la especie. Sin duda es éste el sentido primero y primigenio de nuestro paso por este mundo. 
   Pero los seres humanos somos mucho más que el instinto de supervivencia de nuestra especie, y he aquí que llegamos al mundo totalmente dependientes y demandamos amor, además de alimento y cuidados. Esa amalgama de emociones, entre las que figuran los afectos, contribuye decisivamente al desarrollo equilibrado de nuestro cerebro y resulta decisiva, igualmente, para el desarrollo futuro del ser humano. Conviene, pues, que para amar y ser amados, venimos también a este mundo desabrido y cercado por el desamor de los seres humanos entre ellos, en relación con las demás criaturas y el medio en que vivimos. Por amor se crea. Por desamor se destruye. El amor es fecundo. El desamor, como la serpiente, se arrastra por el polvo del desierto y se oculta entre los matorrales para no ser denunciado públicamente. El amor es franco y va de frente. El desamor es traicionero y es también la mano que sujeta la daga escondida. 

- ¿Qué es lo que quieres de mí? -preguntó la señora a su sirvienta. 
- Que me quiera, señora, -contestó ella, quien durante tantos años la había servido con lealtad y devoción.

   Cariño, y no otra cosa, buscamos y demandamos. Querer y que nos quieran. No hay, pues, un ser más desgraciado que un hombre sin amor, ni trae nada al alma mayor pesadumbre que la soledad y la ausencia de amor. Parece evidente que fuimos creados para el amor. No hay criatura que sienta mayor orfandad y desamparo que el ser humano. Su desvalimiento resulta proverbial. Y es que sólo el amor nos salva y por él, con él y en él sobrevimos. Somos, sí, los supervivientes del desamor, de manera que los seres humanos sólo adquieren su verdadero sentido y dimensión cósmica cuando andan en amor. Nuestra capacidad de amor no es medible ni cuantificable, pero somos conscientes que, por circunstancias y convenciones morales o sociales, sólo hacemos efectiva esa ilimitada capacidad de amor en muy pequeña medida. Ah, si los seres humanos pusiésemos en circulación toda la capacidad de amar que nos fue conferida: el mundo sería muy de otra manera y nosotros las criaturas más afortunadas de la creación. No existe nada que haga más digno al hombre que cuando ama y es amado, nada que lo haga más alto e inalcanzable entre todas las criaturas. Porque sólo quien ama, vuela y el hombre es un dios cuando ama y se siente querido. El amor humano no es sino un anhelo del celestial y divino. Una aspiración a ser, aunque siempre nos quedemos a medio camino y al final no lleguemos a alcanzar lo que tanto ansiamos.


                                                                             José Antonio Sáez Fernández.



domingo, 18 de marzo de 2018

MEMORIAS DE INFANCIA (IV): PASCUALA. DOÑA CARMEN.






   En los días de mi infancia, los niños hacíamos la vida en la calle, en los bancales y en los cerros. En las largas tardes de verano, una vez el sol se ponía, las mujeres sacaban sus sillones o sillas a la puerta de la casa para tomar el fresco. Pascuala, la del Medina, era una señora gruesa que bregaba con una numerosa familia, que decían era oriunda de la provincia de Murcia, a la cual conocí bisabuelos (el tío Paco y la tía Pepa), abuelos (el Medina, acomodador en el cine del pueblo, y Pascuala), hijos y nietos. Los chiquillos del barrio cantábamos una canción que decía: "El coche del tío Paco/ nos lleva locos,/ nos lleva locos,/ porque a todos nos gusta/ subir un poco,/ subir un poco". El tío Paco se cayó un día en la esquina de la casa del maestro don José Cruz, cerca de la fragua que tanto nos embelesaba a los niños contemplando cómo el herrero avivaba el fuego, hendía el hierro en las ascuas para ponerlo al rojo vivo y luego lo templaba y le daba forma con el martillo en el yunque con vibrante sonoridad; así como la noble tarea de herrar a las cabalgaduras. La tía Pepa pasaba el día en la casa y no recuerdo que saliera a la calle. Los niños del barrio acudíamos a aquella casa en busca de Paco, Pepe y Pedro, que eran sus biznietos de nuestra edad. Era gente acogedora, buena gente, gente sencilla, con buen sentido del humor. Como su marido, el Medina, era el acomodador del cine Cervantes, ella entraba gratis y en algunas ocasiones nos colaba a los chiquillos tapándonos la cara con su abrigo y a la voz de: "Vamos, Paco", o cualquier otro nombre de sus nietos, mientras el portero, a quien apodaban "el Cañón", hacía la vista gorda. Otras veces, uno o varios de los niños entraban al cine y se escondían tras las cortinas de las puertas de salida, pero cuando todo yacía en la oscuridad y la película comenzaba, abría la puerta lateral de salida para que entrasen los niños que aguardaban en la calle. Eran años de escasez y los chiquillos se las ingeniaban con picaresca para buscar distracción en los días de fiesta. A la puerta del cine, Antonia, la del Barrio Alto, exponía su cesta de cucuruchos de pipas preparadas por ella misma y tostadas en el horno de la panadería de Adolfina. También Alfonsico y su hermana se ganaban la vida vendiendo chucherías a la puerta del cine y la chiquillería los provocaba para hurtarles algo en un descuido o reírse a su costa. A la parte de arriba del cine se accedía por una escalera lateral y, si veíamos la película desde lo que llamábamos "el gallinero", podíamos ahorrar unas pesetas para comprar algunas chucherías. Pero la película se veía mejor desde la planta baja y los asientos eran más cómodos.
   Pascuala era gruesa y andaba con cierta dificultad, renqueante y resoplando a veces, pero ejercía bastante fascinación sobre los niños con su arte para contar historias. En las tardes de verano, a la caída del sol, el grupo de chiquillos se sentaba a su alrededor sobre la acera y ella nos contaba historias como la del perro de las cadenas, en la casa encantada y abandonada, o la de los tesoros escondidos en el Cerro Castillo de la localidad, los cuales no eran sino orzas de excrementos, enterradas por otras gentes para burlarse a costa de los ingenuos. Su poder de sugestión resultaba proverbial contando aquellas historias, pues los chiquillos permanecíamos atentos y absortos ante sus palabras, expresiones y gestos. Luego intentábamos poner en práctica y hacer realidad las historias que nos contaba.
   En la acera de enfrente a la de su casa vivía doña Carmen, que era una mujer afable y laboriosa, esposa del maestro don Juan Antonio Redondo, quien era viuda. Tenía un perro de estatura considerable, de aspecto fiero y pelaje blanco con lunares negros, el cual imponía mucho a los niños y al que llamaban "Hitler". Normalmente el perro dormitaba en la parte de atrás de la casa o bajo los árboles, en un pequeño descampado contiguo, pero no había quien se acercase a su casa por temor al mastín. Cuando su hijo Juan Antonio, estudiante de Medicina en Granada, regresaba al pueblo, le avisábamos para utilizar a "Hitler" en las guerras de los chiquillos de La Cañada contra los del Barrio Alto: los cañaeros contra los barrialteros. El perro corría tras ellos y les imponía de verdad, como el Cid Campeador, aún muerto y sobre su cabalgadura, imponía a los musulmanes en la Reconquista. Los últimos meses de "Hitler" fueron muy penosos, pues lo vimos enfermar y pasaba los días acostado bajo su árbol preferido, lamiéndose las heridas.


                                               José Antonio Sáez Fernández.


viernes, 2 de marzo de 2018

MEMORIAS DE INFANCIA (III): MARÍA DE LOS BARQUILLOS.









  Se llamaba, en verdad María Mata Avellaneda, y vivía en el número 4 de la calle Escuadra. Su casa estaba lindando con la de la abuela. Una pared encalada separaba ambos patios, mucho más modesto el de su casa que el de la abuela. Lo que conocí de su vivienda era un mediano atrio empedrado que daba a una aún más amplia cocina, a cuya izquierda estaba el dormitorio, que hacía también de sala de estar. Entrando en la habitación, también a mano izquierda, un humilde camastro de colchón de lana, siempre adecentado, cuyo somier se apoyaba sobre cuatro sillas de madera enrejada. A su lado, una mesilla de noche donde guardaba, entre otros enseres, las revistas de “El mensajero del padre Damián”, el apóstol de los leprosos de la isla de Molokai, de quien era ferviente devota y cuyas ilustraciones me mostraba reverente. En la pared que daba a la calle, había un ventanuco de madera, el mismo que cerraba, ya oscurecido, con un ancho madero, grueso, alargado y cilíndrico al que llamaba “el tranco”, cuyos extremos encajaban en dos agujeros incrustados a los dos lados de la ventana, por lo que la operación se denominaba “echar el tranco”. Junto a la ventana, una sencilla mesa de camilla con brasero de ascuas de carbón. En las tardes y noches de invierno la vida circundaba en torno a la mesa de camilla y el brasero, de tal modo que cuando se apagaba el brasero había que irse a la cama. Carecía de armario, por lo que guardaba sus modestas ropas en una maleta que ocultaban los faldones del camastro. No cabía más austeridad en esta sala de estar y dormitorio, como no cabía tampoco en su cocina. Apenas le recuerdo otros muebles que no fueran algunas sillas de anea, una modesta cantarera y un hornillo de gas. Ningún electrodoméstico. Nada superfluo. A mano derecha de la cocina había otra puerta que raramente traspasaba y que daba a un oscuro habitáculo, el cual pudo estar dispuesto en otro tiempo para las caballerías. No recuerdo que estuviera enlosado, ni siquiera empedrado: suelo, pues, de tierra. Disponía de un ventanuco por el que apenas se dejaba filtrar la luz. Nunca subí a la parte de las cámaras ni creo que ella subiera, al menos yo nunca la vi. Ni siquiera la casa era de su propiedad, pues se la habían dejado en usufructo mientras viviera.
   María iba siempre enlutada, con oscuros y amplios ropajes a la usanza de las mujeres de pueblo en aquel entonces, zapatillas negras de paño, que más bien arrastraba al andar, como la abuela. Llevaba gafas y se peinaba primorosamente. Se lavaba en una zafa y las aguas iban al patio o sobre el empedrado. Yo la recuerdo despanochando mazorcas de maíz, sentada al pasar el atrio de su casa, con el montón de mazorcas y las perfollas u hojas de las mismas, una vez limpias. Y la recuerdo, sobre todo, fabricando sus aromáticos barquillos, que eran la delicia de los niños de la escuela de Flora y sus alrededores. Nadie como ella conocía los secretos de su fórmula. La miraba absorto haciendo la masa y cómo la iba extendiendo poco a poco sobre la plancha de dobla hoja, en la que se doraban los barquillos y a los que ella les iba dando forma alargada, cilíndrica y hueca o también cónica. Olía a gloria toda la casa y hasta toda la calle el día que los fabricaba. Era casi su única forma de obtener algunos ingresos aunque, en aquellos años, los niños disponían de muy escasos recursos, hasta el punto de que no era fácil poder venderlos todos. En aquel tiempo, un barquillo era una delicia para cualquier chiquillo, aunque no todos podían comprarlo. Eran días difíciles, de austeridad, pero la nobleza y la generosidad de las gentes superaba con creces a lo que solemos ver en nuestros días. 
   María colocaba los barquillos en una cesta de mimbre, sobre una blanquísima tela con bordados en los extremos. Algunos años, en las fiestas de san Antonio, salía con su cesta a la calle o la exponía en el atrio de su casa. Era como el ángel de los niños, de una bondad proverbial. No he conocido a otro ser humano con semejante bondad y ternura. Tuve la suerte de tratarla y conocerla en mis días de infancia y primera adolescencia. Siempre me dispensó un afecto mayor que a un hijo, si hubiera podido tenerlo, pues no lo tuvo. Le conocí a una hermana, Amalia, que recuerdo muy remotamente siempre sentada en su butaca. Ya en sus últimos años, vino a dar en su casa su hermano Tomás, oriundo al parecer de tierras murcianas, quien en verdad vino buscando cobijo para morir a poco. En su humildísima casa lo acogió María, el ángel de la calle Escuadra, el hada madrina del paladar de los niños. Nunca me cobró el barquillo el día que iba a visitarla y la encontraba en su dulce, crujiente y aromática tarea. Por su casa veía desfilar a muchos gatos, a los que ella trataba con afecto y alimentaba, y a los que conocía uno por uno. Los gatos eran su familia y su compañía. Recuerdo que por las mañanas calentaba un poco de agua en el hornillo de gas y la vertía en un vaso con una cucharadita de leche condensada y algo de café. Ese era su desayuno. Era muy pobre y humilde, pero tan generosa siempre conmigo que no sabía qué regalarme y, como no tenía casi nada que darme, me lo decía. Una vez me regaló unos pañuelos y otra un escapulario que significaba mucho para ella. Nunca tuvo ante mí una mala cara ni la oí quejarse de nada. Todo lo contrario, era animosa y muy activa.

   Cuando inicié el bachillerato, a los once años, salí de Albox a Cuevas del Almanzora y a Almería. Nuestros contactos se volvieron más esporádicos, pero siempre en vacaciones iba con frecuencia a verla. En una de esas ocasiones encontré su casa cerrada. Me dijeron que María se había caído y se había roto la cadera. Era ya una anciana. Cuando regresó yo tenía dieciséis años y ella residía temporalmente en casa de Flora, la maestra, su vecina de enfrente, donde dormía. Creo que aquella fue la última vez que la vi. Andaba con cierta dificultad. Me llamó aparte y me susurró al oído muy buenos consejos para la vida. Me enteré entonces de que, en los días de su caída, alguien le había sustraído los escasos ahorros de que disponía en su casa. Si no estoy equivocado, María Mata Avellaneda, murió en el asilo de las Hermanitas de los Pobres de Vera (Almería), aunque sus restos descansan en el cementerio de san José de Albox. Quise mucho a aquella anciana que, andando el tiempo y con más lecturas, me pareció aún más bondadosa que el personaje de la criada Benina, protagonista de Misericordia, obra de Benito Pérez Galdós. A María dediqué mi libro Gozos de Nuestra Señora del Saliente (2010) con estas palabras: “Esta obra fue escrita, así mismo, para enaltecer la memoria de los humildes y, junto a ellos, el nombre de María Mata Avellaneda, alma aún más pura que la Benina de la “Misericordia” de Galdós; la que con su cestilla de barquillos aromáticos daba olor y sabor a los sueños alados de mi infancia. Jamás he vuelto a conocer a otro ser humano con una bondad semejante a la de esta mujer. Debe andar ahora entre los bienaventurados, rodeada de los ángeles que ungieron su soledad y vivieron con ella en la calle Escuadra, junto al Caño de san Felipe, en Albox (…) Su espíritu ascendió a los cielos un 23 de abril del año 1982. Debe de estar sentada ahora a la derecha del Padre, entre las filas de sus elegidos”. Quede esto aquí escrito para honra, testimonio y memoria de esta mujer, que tanto sirvió a los demás y cuyo nombre figura impreso, con letras de fuego, en la orfandad de mi corazón.


                                                              José Antonio Sáez Fernández.




sábado, 17 de febrero de 2018

MEMORIAS DE INFANCIA (II): LA CALLE ESCUADRA Y EL CAÑO DE SAN FELIPE.





(La calle Caño de San Felipe, en Albox)




En la acera de enfrente, justo allí donde se inicia la subida a la calle Escuadra, camino del Barrio Alto, frente al ángulo de la casa que fuera entonces del médico y que hacía esquina con la calle de la abuela, se encontraba el Caño de San Felipe. Parece ser que, a la fuentecilla de un chorrillo de agua, un hilito casi, le venía el nombre de una asociación católica de los varones de la localidad, la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, la cual debió hundir sus raíces en la más temprana posguerra o tal vez fuese muy anterior a ella (oratorios festivos de San Felipe Neri existen hoy día en Cádiz, Córdoba, Alcalá de Henares, Roma, etc. y se erigieron a partir del siglo XVII). Es posible que desde décadas o siglos atrás existiese en la localidad un oratorio de San Felipe Neri, fundado por padres filipenses, orden religiosa que sólo se dedicaba a la confesión y a la predicación. Tal vez algunos de esos padres llegaron a Albox y fundaron una asociación, quizá un modesto oratorio, que debió aglutinar, seguramente, a los varones. Pero esto que apunto son intuiciones que pretenden dar sentido a aquel entrañable Caño de San Felipe, que hoy es sólo el nombre de un rincón íntimo y de una calle de mi primera y lejana infancia pues, a finales de los años 50 y principios de los 60 del pasado siglo, aún subsistía aquella fuentecilla alargada y circular, como una torre diminuta, de alrededor de un metro de altura o quizás algo más, la cual apenas si acierto a vislumbrar. Ese recuerdo se nubla en mi memoria y, a pesar de que me parece estar viéndola ahora, y a mí, niño, junto a ella en días de verano y con pantalón corto, titubeo incluso por la lejanía de los años que nos separan. Ignoro qué llevó a las autoridades locales a desprenderse de aquella humilde fuentecilla, seguramente el descenso en su caudal o el hecho de que se encontrara sobre la enjuta acera de la calle.
   Lo cierto es que yo veía o me imaginaba a los agricultores que regresaban de sus bancales y huertos a la caída del sol, en las sofocantes tardes de verano, deteniéndose ante aquel chorrillo de agua para saciar la sed, refrescarse y aliviar con ello los rigores del verano cumplido. Puede que bajaran aguas subterráneas, a uno o a ambos lados de la calle; lo cierto es que, esta vez en la acera contraria, aquella en que se alza el caserón que fuera vivienda y consulta del médico y que, décadas más tarde, albergara en su interior una guardería con las voces cantarinas de los niños bajo los amorosos cuidados de su maestra; es decir, a unos pocos metros en dirección a la rambla, en esa misma calle, se hallaba un frondoso pinar, el cual recibía con el alivio de su sombra a las mujeres que venían de realizar la colada en la fuente de Los Caños, así como a los esforzados agricultores que regaban sus bancales con el agua de las fuentes e intentaban sacarle a la tierra las frutas y hortalizas que consumían las familias modestas del pueblo. Por la linde inferior de aquel frondoso pinar, que daba a una calle entonces no asfaltada, pasaba una gran acequia de agua rumorosa lindando con él, la cual era alivio en los días de sol abrasador alegrando los ojos y los oídos de cuantos pasaban por aquel lugar que, con tanto vigor, guardo en la memoria de los días de mi infancia.
   Del mismo modo, a la caída de la tarde, cuando ya refrescaba, la abuela sacaba su sillón de mimbre y lo colocaba justo en el ángulo de la calle Escuadra. Por ella accedían al Barrio Alto los vecinos que en él habitaban y era costumbre entonces salir a tomar el fresco y ver pasar las gentes que regresaban en el orto a sus hogares. Lindando con la casa de la abuela, estaba la casa de María Mata Avellaneda, María la de los barquillos; así, con epíteto épico, la que hacía las delicias de los chiquillos con sus barquillos crujientes y aromáticos; niños del pueblo y del Barrio Alto, niños de la escuela de Flora, la maestra que llevaba un parche sobre uno de sus ojos, quien vivía con su hermana ciega, Concha, siempre sentada al fulgor de la luz, tras el cristal de la ventana de su sala de estar. Ellas habían escondido la imagen de la Virgen del Saliente en su casa para salvaguardarla en los azarosos días de la Guerra Civil española.





   En la casa de Flora, quien creo recordar era hija de un militar republicano, había un patio interior, empedrado, y unas dependencias adjuntas en las que “la maestra” había instalado los bancos y pupitres de los chiquillos. En alguna ocasión entré de niño en aquel santuario y, aunque ya no se escuchaban las voces infantiles, aún se conservaban aquellos bancos sobre los que tantos escolares de la localidad habían aprendido a leer y a escribir bajo su atención abnegada, en la escuela que antes fuera de doña Marina. En mi adolescencia, los gatos de la vecindad acudían para ser alimentados por las manos piadosas de las ancianas. Lindando con su casa, haciendo esquina, estuvo la tienda de la abuela, la cual se llenaba de vida especialmente los martes por las gentes que venían a hacer el mercado. Pero ella no vivía en la tienda, sino en la casa de enfrente. En la parte de atrás de su casa, junto al patio que alegraban las floridas macetas, se encontraban, como dije, las cuadras. Allí dejaban sus cabalgaduras las gentes que bajaban al mercado de Albox, venidas de las ramblas y de los pueblos de alrededor. La tienda de la abuela estaba ampliamente nutrida de toda clase de género y hasta mi tío, que vivía en la Rambla de Oria, bajaba con sus frutos y otros productos para venderlos allí. Recuerdo especialmente el dulzor de sus caquis, que eran delicia al paladar infantil que los degustaba. La tienda de la abuela llegó a ser una de los grandes comercios de alimentación del pueblo y subsistió durante décadas, después de los años 50 en que yo naciera.

   Subiendo por el Caño de San Felipe, al final de la Calle Escuadra, se encuentra la Placeta de Los Mártires de Albox, fusilados en los funestos años de la Guerra Civil. A mano derecha, en la hermosa casa que hacía esquina, con fachada principal a la plaza, estaba habitada por la familia de mi tía, hermana de mi madre. Ella también fue uno de los personajes de mi infancia, como la abuela, como María la de los barquillos, como Flora la maestra y su hermana invidente, Concha, siempre atisbando la luz frente al cristal de la ventana, en la sala de estar que daba a la calle Escuadra, como la casa de doña Mariquita Gea, que bien podría ser Egea y no “Gea”, como la llamaban, con su hermoso huerto interior. Muchas casas de la localidad tenían entonces preciosos huertos interiores con gran diversidad de muy hermosas plantas, así como de árboles frutales, especialmente higueras, limoneros, naranjos, perales, granados y jinjoleros. En las tardes de invierno, en casa de doña Mariquita Gea, los mayores jugaban a las cartas, sentados en la mesa de camilla, con brasero de leña y al calor de las abrigadas enaguas, con sillas tapizadas y confortables sillones de la sala de estar. Creo recordar que yo sólo miraba a los mayores, quienes así entretenían sus horas mientras charlaban de asuntos banales. Desde la parte alta de la casa de la abuela, en las cámaras, en una pequeña zona habilitada para las gallinas y los conejos que criaba, podía admirar perfectamente el huerto de doña Mariquita. Yo solía subir allí con cierta frecuencia: una aureola de misterio se cernía para mí entre las cajas y las habitaciones cerradas o sumidas en el sueño de los años, pues la abuela hacía su vida en la planta baja de su espaciosa vivienda y apenas si subía de tarde en tarde a las cámaras, a las cuales se accedía a través de una sinuosa escalera, toda encalada y tosca.



                                                            José Antonio Sáez Fernández.



sábado, 10 de febrero de 2018

MEMORIAS DE INFANCIA (I): LA CASA DE LA ABUELA.




(Visión parcial de la Calle Escuadra, en Albox)



 
 Me nacieron en el número 6 de la calle Escuadra, una corredor humilde que asciende con forma de tal y en cuesta hacia el Barrio Alto. Fui el sexto hijo de nueve que trajeron al mundo mis padres. Llegué a él tras cinco hijas, mis hermanas mayores, aunque una de ellas falleció en los primeros meses de vida. Años más tarde escuché decir a los adultos que yo había sido un hijo muy esperado porque mis padres, supongo que especialmente mi padre, anhelaban la llegada de un varón. De la hermanita que murió, apenas si se hablaba en mi casa y de la hermana que me precedió decían que fue sietemesina y que era tan frágil que solían ponerla entre algodones. Ignoro si llegué a cumplir el año de edad cuando nos trasladamos a la casa de La Cañada, ubicada en un barrio de viviendas sociales construidas por el régimen de Franco. Mi nueva calle se llamaba "18 de julio" y, en el número 3 de ella, vinimos a dar. En esta casa nacieron, pues, dos de mis hermanos.
   El número 6 de la calle Escuadra era la casa de mi abuela, la cual tenía dos hermosas plantas y un gran patio que daba a la parte de atrás. En la primera planta, al entrar y a mano izquierda, estaba el dormitorio y la sala de estar de la abuela. Era una estancia amplia, de paredes enyesadas y pulcras, con losas de terrazo adornadas de figuras geométricas. Pegada al ventanal de la alcoba había una mesa de camilla. La abuela pasaba las largas tardes de invierno al calor del brasero de picón, que removía según necesidad, haciendo interminables solitarios y mirando la gente que pasaba por la calle al volver de los bancales o realizar sus recados. Frente a la entrada estaba el comedor, con buen y amplio aparador, finamente tallado, la mesa de mármol y las sillas, un hornillo de gas en donde cocinaba a diario su comida y algunos sacos mediados de legumbres con otras viandas como azúcar o chocolate, las cuales eran la expresión menguada del pujante comercio de alimentación que en otro tiempo había regentado. Una de las puertas del comedor daba al ancho patio de la casa y la otra daba entrada a otras dos acondicionadas habitaciones que en un tiempo debieron ser alcobas, pero que en mi infancia no las recuerdo habitadas.
  En el patio empedrado había fértiles y floridos geranios, vecinos de las largas hojas verdes de las aspidistras y otras plantas muy comunes entonces en las casas. Una amplia cocina, que apenas si era usada por la abuela, daba al patio y a la parte de atrás, junto al excusado y a las cuadras donde, en los mercados de los martes, acudían las gentes para dar cobijo y alimento a sus cabalgaduras. Una enjuta escalera de barandal y escalones de yeso y ladrillo daba acceso a las cámaras. Siempre permanecía en penumbra y por su aura de misterio ascendía yo en los días de mi infancia en busca de no sé que sorpresas que la abuela habría ido almacenando en cajas de cartón o sobrios baúles de madera. Las más eran de antiguos ropajes en no mal uso, periódicos y cartas comerciales con sellos de correos de la República o billetes sin uso de la misma época o de la guerra civil, acuñados por el municipio.
   ¡Cuántas horas de mi infancia recuerdo haberme pasado en aquella habitación que estaba al final de la escalera, perdido y deslumbrado por cuanto me rodeaba, a la expectativa de fabulosos hallazgos! Al menos otras tres habitaciones había en aquellas cámaras. Una de ellas fue la alcoba de uno de mis tíos, que bebía anís "Las Cadenas", fumaba bastante y pasaba sus horas de descanso leyendo periódicos y revistas que yo ojeaba en su ausencia. En la parte posterior de las cámaras había un pequeño gallinero, el cual albergaba también algunas conejeras para el consumo interno o la venta. Desde el gallinero se podía ver el bien cuidado huerto de la casa vecina, propiedad de una señora adinerada, poblado de árboles frutales y pájaros que alegraban los días de mi infancia. Entre conejos y gallinas, admirando los frutos de los árboles del frondoso huerto vecino, adivinando los pájaros ocultos entre las hojas y las tupidas ramas, me pasaba muchos ratos de soledad que habrían de fecundar mi alma y mi memoria.


                                                                             José Antonio Sáez Fernández.



   

jueves, 1 de febrero de 2018

ESCRITOR EN CIERNES.



  
 Cada día cargaba sobre sí la noble tarea de escribir unas líneas sin demasiado estímulo, marcado por la monotonía y el compromiso que tenía contraído consigo mismo. Entregado a una profesión que le había dado de comer, se había visto forzado a dejar la escritura en el terreno de las aficiones, la cual había sido siempre su verdadera vocación, aun siendo consciente de las limitaciones de su talento. Entendía que eso de la escritura debía de ser no sólo cuestión de vocación y de esfuerzo, sino también de relaciones y de suerte, de saber moverse, con mayor o menor fortuna, en el mundo de los contactos literarios que, llegado el momento, fueran capaces de echarle una mano para ir dando salida al material inédito que se acumulaba en los cajones de su escritorio.

   

   Como quiera que las puertas de los editores se le cerraban y las respuestas al ofrecimiento de sus originales venían cargadas siempre de delicadas palabras de negativa, no le faltaban tentaciones de abandono y serias dudas sobre sus capacidades como escritor o de su talento para la escritura. Pero he aquí que tenía muy asimiladas aquellas palabras de Camilo José Cela en las que afirmaba que "En España, el que resiste, gana" y, por otro lado, sabía que, aunque no las tenía todas consigo, el secreto estaba en trabajar y seguir trabajando, resistir y seguir resistiendo, escribir y continuar escribiendo, sin dejar de creer en sus posibilidades y, sobre todo, en su destino.
   Siempre le habían echado en cara que su mayor defecto era la falta de ambición por encumbrarse, pero él pensaba que de lo único que tenía que preocuparse un escritor era por escribir una obra digna que dejar a sus contemporáneos, una obra lo más personal y auténtica posible, que aportase, si acaso, una visión en algo distinta de la vida y el mundo. Y esa visión no podía ser otra que la suya. De lo demás ya se encargaría la propia obra o, acaso, el tiempo. El márketing no es asunto que sepan manejar muy bien la mayoría de los escritores. Eso era cosa del mercado y de los mercaderes de libros. Nada más ajeno a un escritor que comerciar con su propia obra ni nadie más inútil para comerciar con un producto que el escritor con su obra. 
   El mundo editorial y la vida literaria habían impuesto la necesidad de ser continuamente noticia, pues si no se hablaba de un escritor y de su obra, ello suponía que no existía. Por supuesto que no siempre suceden las cosas de ese modo. Los silencios, los largos silencios, son muy necesarios para el escritor, así como el llenarse de experiencias que maduren y fecunden por dentro. Acudir siempre a la vida, la gran maestra. Vivir es la gran experiencia para el escritor, además de su imaginación y su constancia.


                                                           José Antonio Sáez Fernández.