El cuento y la
leyenda son dos subgéneros que forman parte del género narrativo y, aunque
tienen características comunes, pueden diferenciarse claramente el uno de la
otra. Narrar es contar, relatar unos hechos que suceden a unos personajes en un
lugar y un tiempo imaginarios o indeterminados, caso del cuento, y lo
contrario, en el caso de la leyenda. Ambas son narraciones de corta extensión,
por supuesto, menor que la novela. En el caso del cuento (normalmente producto
de la imaginación, aunque puede introducir elementos reales), el autor suele
ser de nombre conocido; mientras que en el de la leyenda, habríamos de convenir
en que tiene carácter anónimo, así como que forma parte de la tradición oral;
es decir: se trata de literatura transmitida de generación en generación a
través de la palabra hablada y que se confía a la memoria, por lo que sufre
cambios y alteraciones a través del tiempo. Los cuentos, en cambio, suelen
conservarse por escrito y la escritura obliga a su conservación perdurable. Las
memorias tienen una base real, ya sea en sus personajes o en los hechos que
cuentan, si bien introducen a la par elementos imaginarios, fruto de la
inventiva de las sucesivas generaciones que las han conservado en la memoria,
acrecentándolas o dotándolas de mayores atractivos para quien las escucha,
tales como la mezcla de hechos y lugares históricos con elementos mágicos o
misteriosos. Normalmente suelen tener una intención didáctica o ejemplarizante.
Ambos pretenden
entretener, si bien hay cuentos como los medievales (recuérdense “El Conde
Lucanor”, del marqués de Santillana; los “Milagros de Nuestra Señora”, de
Gonzalo de Berceo o hasta el “Libro de buen amor”, del Arcipreste de Hita), que
nos dejan al final del relato una moraleja, (dos versos en pareado, en el primer
caso) de la que se extrae una enseñanza moral. En el caso de las leyendas, esta
característica suele ser prácticamente constante, a la par que se vinculan a un
lugar reconocible y a un pasado histórico concreto.
Muy destacadas,
por su enorme difusión en la actualidad, son las famosas “Leyendas” del poeta
romántico Gustavo Adolfo Bécquer, quien aprovechó la corriente favorable que a
lo largo de todo el siglo XIX (Emilia Pardo Bazán, Armando Palacio Valdés,
Leopoldo Alas Clarín, Pedro Antonio de Alarcón, etc.); y parte del XX (Ignacio
Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Carmen Martín Gaite o Medardo Fraile; la
llamada, en fin, “generación de los niños de la guerra”) fomentó todo un
cultivo esplendoroso de la narración corta, especialmente el cuento.
El sacerdote de
Alhama de Almería, don Antonio J.M. Saldaña Martínez, nacido en 1988, ha
prestado un inestimable servicio a la cultura de su pueblo natal y a su comarca
con la publicación de “Cuentos y leyendas de Alhama de Almería”, en edición del
Ayuntamiento de su localidad y con la colaboración de la Diputación de Almería.
Un volumen de 237 páginas que contiene 25 cuentos y leyendas dotadas de la
amenidad, la intriga y el misterio necesarios para provocar las delicias del
lector que busca en la literatura, no solo el entretenimiento, sino algo más;
esto es, una enseñanza ejemplarizante, útil para la vida, moral si se quiere,
con situaciones y valores aplicables al ser humano de nuestros días, a pesar de
que las historias estén normalmente relacionadas con tiempos y épocas
históricas pasadas, desde los árabes al siglo XIX (“El tesorillo”, “El Pa
Palomo” o “El jazminero del masón”), desde la minería a la criminología (“El
crimen del Olivillo”, “La Cueva de los Siete Mineros”, “La momia de Huéchar”),
desde la usura a la pobreza (“La lavandera de san Nicolás”), desde la
arqueología a la intriga de las cuevas (“La dama de Alhama”, “La Cueva de la
Encantada” o “La Cueva de la Loca”), los fantasmas y la imaginería religiosa
(“El Ensabanao”, “El fantasma del Balneario” o “La revuelta del Muerto”; junto
a “El corazón de la Dolorosa”, ”La Virgen del Río” o “La sonrisa de la
Purísima”, por ejemplo); los personajes singulares o el conocido balneario de
Alhama (“El baño del cardenal”, “El frasco de La Puente”, “El confitero de
Alhama” o “La venganza del Carahermosa”).
El paisaje es uno
de los elementos más relevantes que el escritor cuida y mima con esmero, a
pesar de conocer las duras circunstancias que condicionaron y condicionan la
vida de sus moradores. El prólogo, siempre esclarecedor, es de María del Carmen
Amate Martínez y las acompasadas ilustraciones de Jesús Lagares Valladolid.
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| (Portada del libro) |
En un fluido y
bien cuidado castellano, el autor sabe proporcionar las pinceladas precisas
sobre la caracterización de personajes, lugares, épocas y ambientes para
enganchar al lector a la trama de sus historias, logrando que éste disfrute de
una amenísima lectura y sepa reconocer la importancia que la elaboración
literaria de estos cuentos y leyendas supone para la cultura de una comunidad
en la que se encuentran sus raíces, consciente de que la cultura de los pueblos
se constituye en un baluarte de primer orden contra la despoblación, el abandono
y el olvido; contra la ignorancia y el menosprecio que los debilita y los
condena a la desaparición. Conocer esa cultura es el primer paso para valorarla
y defenderla contra la desidia y el acoso del tiempo.
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| (Junto a los pintores Antonio López y Andrés G. Ibáñez) |
Antonio J.M.
Saldaña Martínez ha querido rendir tributo con este libro al mundo de su
infancia, cuando escuchaba seguramente muchas de estas leyendas que recoge,
leyendas con las que creció y que en cierto modo conformaron su forma de ver el
mundo, de ser y estar en él, junto a aquellas personas cuyas voces alimentaban
su fecunda imaginación (de ahí la dedicatoria a su abuela y el agradecimiento a
otras mujeres de la familia, pues suelen ser ellas las depositarias de esta
literatura oral que forma parte indiscutible del acervo cultural de los pueblos
y que, a no ser recogida por escrito, normalmente por un escritor culto de
nombre conocido, acaba perdiéndose. Algo así ocurrió en la Edad Media con las
jarchas y las moaxajas, la literatura de cancionero o con los romances
tradicionales o populares, que gozaban de carácter anónimo y eran patrimonio de
la comunidad, la cual los transmitía de forma oral hasta que un autor culto,
consciente de su valor cultural, los recoge y pone su firma al lado.
José Antonio Sáez.
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