(En homenaje, a F.G.L.)
Ve que soy el vencido y el que baila este vals.
¡Qué sublime elegancia me deslumbra!
Si yo no
tuviera fuego en los ojos, y si los ojos
no me
llamearan o no me confiasen su secreto;
si no
ardieran mis manos en las tuyas
y no tuviera
el corazón en combustión perpetua,
yo me
postraría ante ti y besaría
con
veneración las plantas de tus pies desnudos
hasta que te
alejaras de mí o me despreciases.
¡Ah, qué dolor es éste que acongoja mi alma
y que hace insoportables
los latidos del corazón,
internándose en la honda marea de mi sangre!
Renqueando,
titubeando, perdiendo el equilibrio,
orinando en la farola o coqueteando con ella,
dictando
improperios o increpando a la luz que destila;
lanzando salivazos, maldiciendo, vomitando
a la luna su
placidez sublime, me he puesto a llorar
de repente al
raso de la noche, porque comienza el baile
con este vals en que las garras se conjuran.
Dime que
danzo sobre los cadáveres de los mutilados
en esta noche
ebúrnea. Dime que bailo como los ángeles
y que no tropiezo. Dime que no he muerto y bailaré
con la muerte
hasta caer rendido entre sus brazos.
Dime que ese
ramo de crisantemos no adornará mi tumba
y baila conmigo para bordear el límite del abismo
donde nos aguarda la hiriente espada
que hará brotar la sangre de los inocentes.
Bebamos tú y
yo en las cotas más bajas del infierno,
-o hasta caer rendidos-, del rojo vino de la crátera
en la que sólo beben los osados.
-o hasta caer rendidos-, del rojo vino de la crátera
en la que sólo beben los osados.
José Antonio Sáez Fernández.
No hay comentarios:
Publicar un comentario