sábado, 17 de febrero de 2018

MEMORIAS DE INFANCIA (II): LA CALLE ESCUADRA Y EL CAÑO DE SAN FELIPE.





(La calle Caño de San Felipe, en Albox)




En la acera de enfrente, justo allí donde se inicia la subida a la calle Escuadra, camino del Barrio Alto, frente al ángulo de la casa que fuera entonces del médico y que hacía esquina con la calle de la abuela, se encontraba el Caño de San Felipe. Parece ser que, a la fuentecilla de un chorrillo de agua, un hilito casi, le venía el nombre de una asociación católica de los varones de la localidad, la Congregación del Oratorio de San Felipe Neri, la cual debió hundir sus raíces en la más temprana posguerra o tal vez fuese muy anterior a ella (oratorios festivos de San Felipe Neri existen hoy día en Cádiz, Córdoba, Alcalá de Henares, Roma, etc. y se erigieron a partir del siglo XVII). Es posible que desde décadas o siglos atrás existiese en la localidad un oratorio de San Felipe Neri, fundado por padres filipenses, orden religiosa que sólo se dedicaba a la confesión y a la predicación. Tal vez algunos de esos padres llegaron a Albox y fundaron una asociación, quizá un modesto oratorio, que debió aglutinar, seguramente, a los varones. Pero esto que apunto son intuiciones que pretenden dar sentido a aquel entrañable Caño de San Felipe, que hoy es sólo el nombre de un rincón íntimo y de una calle de mi primera y lejana infancia pues, a finales de los años 50 y principios de los 60 del pasado siglo, aún subsistía aquella fuentecilla alargada y circular, como una torre diminuta, de alrededor de un metro de altura o quizás algo más, la cual apenas si acierto a vislumbrar. Ese recuerdo se nubla en mi memoria y, a pesar de que me parece estar viéndola ahora, y a mí, niño, junto a ella en días de verano y con pantalón corto, titubeo incluso por la lejanía de los años que nos separan. Ignoro qué llevó a las autoridades locales a desprenderse de aquella humilde fuentecilla, seguramente el descenso en su caudal o el hecho de que se encontrara sobre la enjuta acera de la calle.
   Lo cierto es que yo veía o me imaginaba a los agricultores que regresaban de sus bancales y huertos a la caída del sol, en las sofocantes tardes de verano, deteniéndose ante aquel chorrillo de agua para saciar la sed, refrescarse y aliviar con ello los rigores del verano cumplido. Puede que bajaran aguas subterráneas, a uno o a ambos lados de la calle; lo cierto es que, esta vez en la acera contraria, aquella en que se alza el caserón que fuera vivienda y consulta del médico y que, décadas más tarde, albergara en su interior una guardería con las voces cantarinas de los niños bajo los amorosos cuidados de su maestra; es decir, a unos pocos metros en dirección a la rambla, en esa misma calle, se hallaba un frondoso pinar, el cual recibía con el alivio de su sombra a las mujeres que venían de realizar la colada en la fuente de Los Caños, así como a los esforzados agricultores que regaban sus bancales con el agua de las fuentes e intentaban sacarle a la tierra las frutas y hortalizas que consumían las familias modestas del pueblo. Por la linde inferior de aquel frondoso pinar, que daba a una calle entonces no asfaltada, pasaba una gran acequia de agua rumorosa lindando con él, la cual era alivio en los días de sol abrasador alegrando los ojos y los oídos de cuantos pasaban por aquel lugar que, con tanto vigor, guardo en la memoria de los días de mi infancia.
   Del mismo modo, a la caída de la tarde, cuando ya refrescaba, la abuela sacaba su sillón de mimbre y lo colocaba justo en el ángulo de la calle Escuadra. Por ella accedían al Barrio Alto los vecinos que en él habitaban y era costumbre entonces salir a tomar el fresco y ver pasar las gentes que regresaban en el orto a sus hogares. Lindando con la casa de la abuela, estaba la casa de María Mata Avellaneda, María la de los barquillos; así, con epíteto épico, la que hacía las delicias de los chiquillos con sus barquillos crujientes y aromáticos; niños del pueblo y del Barrio Alto, niños de la escuela de Flora, la maestra que llevaba un parche sobre uno de sus ojos, quien vivía con su hermana ciega, Concha, siempre sentada al fulgor de la luz, tras el cristal de la ventana de su sala de estar. Ellas habían escondido la imagen de la Virgen del Saliente en su casa para salvaguardarla en los azarosos días de la Guerra Civil española.





   En la casa de Flora, quien creo recordar era hija de un militar republicano, había un patio interior, empedrado, y unas dependencias adjuntas en las que “la maestra” había instalado los bancos y pupitres de los chiquillos. En alguna ocasión entré de niño en aquel santuario y, aunque ya no se escuchaban las voces infantiles, aún se conservaban aquellos bancos sobre los que tantos escolares de la localidad habían aprendido a leer y a escribir bajo su atención abnegada, en la escuela que antes fuera de doña Marina. En mi adolescencia, los gatos de la vecindad acudían para ser alimentados por las manos piadosas de las ancianas. Lindando con su casa, haciendo esquina, estuvo la tienda de la abuela, la cual se llenaba de vida especialmente los martes por las gentes que venían a hacer el mercado. Pero ella no vivía en la tienda, sino en la casa de enfrente. En la parte de atrás de su casa, junto al patio que alegraban las floridas macetas, se encontraban, como dije, las cuadras. Allí dejaban sus cabalgaduras las gentes que bajaban al mercado de Albox, venidas de las ramblas y de los pueblos de alrededor. La tienda de la abuela estaba ampliamente nutrida de toda clase de género y hasta mi tío, que vivía en la Rambla de Oria, bajaba con sus frutos y otros productos para venderlos allí. Recuerdo especialmente el dulzor de sus caquis, que eran delicia al paladar infantil que los degustaba. La tienda de la abuela llegó a ser una de los grandes comercios de alimentación del pueblo y subsistió durante décadas, después de los años 50 en que yo naciera.

   Subiendo por el Caño de San Felipe, al final de la Calle Escuadra, se encuentra la Placeta de Los Mártires de Albox, fusilados en los funestos años de la Guerra Civil. A mano derecha, en la hermosa casa que hacía esquina, con fachada principal a la plaza, estaba habitada por la familia de mi tía, hermana de mi madre. Ella también fue uno de los personajes de mi infancia, como la abuela, como María la de los barquillos, como Flora la maestra y su hermana invidente, Concha, siempre atisbando la luz frente al cristal de la ventana, en la sala de estar que daba a la calle Escuadra, como la casa de doña Mariquita Gea, que bien podría ser Egea y no “Gea”, como la llamaban, con su hermoso huerto interior. Muchas casas de la localidad tenían entonces preciosos huertos interiores con gran diversidad de muy hermosas plantas, así como de árboles frutales, especialmente higueras, limoneros, naranjos, perales, granados y jinjoleros. En las tardes de invierno, en casa de doña Mariquita Gea, los mayores jugaban a las cartas, sentados en la mesa de camilla, con brasero de leña y al calor de las abrigadas enaguas, con sillas tapizadas y confortables sillones de la sala de estar. Creo recordar que yo sólo miraba a los mayores, quienes así entretenían sus horas mientras charlaban de asuntos banales. Desde la parte alta de la casa de la abuela, en las cámaras, en una pequeña zona habilitada para las gallinas y los conejos que criaba, podía admirar perfectamente el huerto de doña Mariquita. Yo solía subir allí con cierta frecuencia: una aureola de misterio se cernía para mí entre las cajas y las habitaciones cerradas o sumidas en el sueño de los años, pues la abuela hacía su vida en la planta baja de su espaciosa vivienda y apenas si subía de tarde en tarde a las cámaras, a las cuales se accedía a través de una sinuosa escalera, toda encalada y tosca.



                                                            José Antonio Sáez Fernández.



sábado, 10 de febrero de 2018

MEMORIAS DE INFANCIA (I): LA CASA DE LA ABUELA.




(Visión parcial de la Calle Escuadra, en Albox)



 
 Me nacieron en el número 6 de la calle Escuadra, una corredor humilde que asciende con forma de tal y en cuesta hacia el Barrio Alto. Fui el sexto hijo de nueve que trajeron al mundo mis padres. Llegué a él tras cinco hijas, mis hermanas mayores, aunque una de ellas falleció en los primeros meses de vida. Años más tarde escuché decir a los adultos que yo había sido un hijo muy esperado porque mis padres, supongo que especialmente mi padre, anhelaban la llegada de un varón. De la hermanita que murió, apenas si se hablaba en mi casa y de la hermana que me precedió decían que fue sietemesina y que era tan frágil que solían ponerla entre algodones. Ignoro si llegué a cumplir el año de edad cuando nos trasladamos a la casa de La Cañada, ubicada en un barrio de viviendas sociales construidas por el Régimen de Franco. Mi nueva calle se llamaba "18 de julio" y, en el número 3 de ella, vinimos a dar. En esta casa nacieron, pues, dos de mis hermanos.
   El número 6 de la calle Escuadra era la casa de mi abuela, la cual tenía dos hermosas plantas y un gran patio que daba a la parte de atrás. En la primera planta, al entrar y a mano izquierda, estaba el dormitorio y la sala de estar de la abuela. Era una estancia amplia, de paredes enyesadas y pulcras, con losas de terrazo adornadas de figuras geométricas. Pegada al ventanal de la alcoba había una mesa de camilla. La abuela pasaba las largas tardes de invierno al calor del brasero de picón, que removía según necesidad, haciendo interminables solitarios y mirando la gente que pasaba por la calle al volver de los bancales o realizar sus recados. Frente a la entrada estaba el comedor, con buen y amplio aparador, finamente tallado, la mesa de mármol y las sillas, un hornillo de gas en donde cocinaba a diario su comida y algunos sacos mediados de legumbres con otras viandas como azúcar o chocolate, las cuales eran la expresión menguada del pujante comercio de alimentación que en otro tiempo había regentado. Una de las puertas del comedor daba al ancho patio de la casa y la otra daba entrada a otras dos acondicionadas habitaciones que en un tiempo debieron ser alcobas, pero que en mi infancia no las recuerdo habitadas.
  En el patio empedrado había fértiles y floridos geranios, vecinos de las largas hojas verdes de las aspidistras y otras plantas muy comunes entonces en las casas. Una amplia cocina, que apenas si era usada por la abuela, daba al patio y a la parte de atrás, junto al excusado y a las cuadras donde, en los mercados de los martes, acudían las gentes para dar cobijo y alimento a sus cabalgaduras. Una enjuta escalera de barandal y escalones de yeso y ladrillo daba acceso a las cámaras. Siempre permanecía en penumbra y por su aura de misterio ascendía yo en los días de mi infancia en busca de no sé que sorpresas que la abuela habría ido almacenando en cajas de cartón o sobrios baúles de madera. Las más eran de antiguos ropajes en no mal uso, periódicos y cartas comerciales con sellos de correos de la República o billetes sin uso de la misma época o de la guerra civil, acuñados por el municipio.
   ¡Cuántas horas de mi infancia recuerdo haberme pasado en aquella habitación que estaba al final de la escalera, perdido y deslumbrado por cuanto me rodeaba, a la expectativa de fabulosos hallazgos! Al menos otras tres habitaciones había en aquellas cámaras. Una de ellas fue la alcoba de uno de mis tíos, que bebía anís "Las Cadenas", fumaba bastante y pasaba sus horas de descanso leyendo periódicos y revistas que yo ojeaba en su ausencia. En la parte posterior de las cámaras había un pequeño gallinero, el cual albergaba también algunas conejeras para el consumo interno o la venta. Desde el gallinero se podía ver el bien cuidado huerto de la casa vecina, propiedad de una señora adinerada, poblado de árboles frutales y pájaros que alegraban los días de mi infancia. Entre conejos y gallinas, admirando los frutos de los árboles del frondoso huerto vecino, adivinando los pájaros ocultos entre las hojas y las tupidas ramas, me pasaba muchos ratos de soledad que habrían de fecundar mi alma y mi memoria.


                                                                             José Antonio Sáez Fernández.



   

jueves, 1 de febrero de 2018

ESCRITOR EN CIERNES.



  
 Cada día cargaba sobre sí la noble tarea de escribir unas líneas sin demasiado estímulo, marcado por la monotonía y el compromiso que tenía contraído consigo mismo. Entregado a una profesión que le había dado de comer, se había visto forzado a dejar la escritura en el terreno de las aficiones, la cual había sido siempre su verdadera vocación, aun siendo consciente de las limitaciones de su talento. Entendía que eso de la escritura debía de ser no sólo cuestión de vocación y de esfuerzo, sino también de relaciones y de suerte, de saber moverse, con mayor o menor fortuna, en el mundo de los contactos literarios que, llegado el momento, fueran capaces de echarle una mano para ir dando salida al material inédito que se acumulaba en los cajones de su escritorio.

   

   Como quiera que las puertas de los editores se le cerraban y las respuestas al ofrecimiento de sus originales venían cargadas siempre de delicadas palabras de negativa, no le faltaban tentaciones de abandono y serias dudas sobre sus capacidades como escritor o de su talento para la escritura. Pero he aquí que tenía muy asimiladas aquellas palabras de Camilo José Cela en las que afirmaba que "En España, el que resiste, gana" y, por otro lado, sabía que, aunque no las tenía todas consigo, el secreto estaba en trabajar y seguir trabajando, resistir y seguir resistiendo, escribir y continuar escribiendo, sin dejar de creer en sus posibilidades y, sobre todo, en su destino.
   Siempre le habían echado en cara que su mayor defecto era la falta de ambición por encumbrarse, pero él pensaba que de lo único que tenía que preocuparse un escritor era por escribir una obra digna que dejar a sus contemporáneos, una obra lo más personal y auténtica posible, que aportase, si acaso, una visión en algo distinta de la vida y el mundo. Y esa visión no podía ser otra que la suya. De lo demás ya se encargaría la propia obra o, acaso, el tiempo. El márketing no es asunto que sepan manejar muy bien la mayoría de los escritores. Eso era cosa del mercado y de los mercaderes de libros. Nada más ajeno a un escritor que comerciar con su propia obra ni nadie más inútil para comerciar con un producto que el escritor con su obra. 
   El mundo editorial y la vida literaria habían impuesto la necesidad de ser continuamente noticia, pues si no se hablaba de un escritor y de su obra, ello suponía que no existía. Por supuesto que no siempre suceden las cosas de ese modo. Los silencios, los largos silencios, son muy necesarios para el escritor, así como el llenarse de experiencias que maduren y fecunden por dentro. Acudir siempre a la vida, la gran maestra. Vivir es la gran experiencia para el escritor, además de su imaginación y su constancia.


                                                           José Antonio Sáez Fernández.

martes, 24 de octubre de 2017

POETAS EN EL MUSEO.







POÉTICA DEL ARTE.
(TRES POEMAS DE JOSÉ ANTONIO SÁEZ)



I
Ut pictura poesis.

Da alas al pincel, contenlo, y quién
conduce esta mano, quién la seduce,
tan diestra en libertad y en señorío
que el lienzo ha de surcar,  y con qué fuerza,
por la vasta planicie en donde espero.
Que la inspiración venga laborando,
dejándose llevar en tal concierto
que el esfuerzo propicie, con maestría,
el logro superior del ser divino.
Son los dedos de un dios los que discurren,
el ingenio que rompe, en su demencia,
los límites que impone el ejercicio
que la gracia convierte en desmedida.
Mezcla el color su sangre con la mía:
esto es amor, el dar cuanto poseo
por admirar los ojos que esperaron
el milagro que en ellos se forjase.
Pintura, esa alta dama que flirtea,
en devaneo aparente y necesario,
con la escultura mágica y la música.



II
Horror vacui.

¡Ah,  delirio de manos que laboran,
la marea de dedos que moldean,
forjadores de formas en la nada!
Manos como herramientas productoras
que el martillo tras el cincel empujan,
sabias manos que buscan la silueta
y, con vigor, desvelan su secreto.
Nada con más nobleza en la tarea
que las manos buscándose vacías,
y a la nada recrean y enamoran
con la forja que engendra su constancia.
Es el alma quien dicta la figura
Con el ingenio que la pone en marcha.
Es la imaginación y son los sueños
quienes dan luz al vuelo de los ojos.
Sueña el hombre en ser dios en cuanto crea
y los sueños en lo eterno lo ubican.
No existe mayor gozo en la criatura,
ni siquiera tormento laborable
para quien, febril, en el delirio gesta
la creación de manos escultoras.
Manos ungidas, dedos más leales
del orfebre que en la magia florecen:
¿acaso fuisteis tormento de un dios
en la zozobra, en el hostigamiento
y para la desazón, aún inquietas;
huecas manos que extraen de la nada
el desafío inerte a que dan vida.



III.
Euterpe.

Para el canto acordado, tus labios quiero ciertos.
Para la melodía que he de escuchar mañana,
cuando el final se acerque fingiendo besos fríos.
No me arranques la vida, dame tus sones puros
para que pueda amarte al menos un instante.
La eternidad nos llama hacia un coro de voces
que vibrando se acercan en las cuerdas del arpa
que tañes para mí, muchacha de los bosques
poblados de un planeta perfilado en tus brazos.
En tus dedos de escarcha beso a la misma muerte,
esa florida dama que ama los crisantemos
y me das a beber licor de su cosecha,
como si ambos quisiéramos, confundidos, rendirnos
al compás de su música o al ritmo de sus pasos.
Déjame que naufrague al agua de tu boca
por si acaso la noche nos sorprende despiertos,
o por si, en la vigilia, mi corazón te busca
y tú no estás conmigo, cuando la luz nos nazca.


                                José Antonio Sáez.



                                    

lunes, 18 de septiembre de 2017

TRES POEMAS ALFAREROS.






El pasado sábado, 16 de septiembre de 2017, nos reunimos en las instalaciones de Alfarería "Los Puntas", de Albox (Almería), un nutrido grupo de poetas y músicos venidos de Andújar (Jaén), Córdoba, Níjar y distintas localidades del Valle del Almanzora, en la provincia de Almería, para hacer realidad el "I Festival Alfarero "los Puntas" 2017, el cual resultó de una gran brillantez a juicio de todos los asistentes. El acto estuvo coordinado por miembros de la familia alfarera y por la asociación cultural "Poetas del Al-Mansura", en la persona de Ángel L. Alonso. En él intervine con los tres poemas que doy a conocer a continación sobre el tema común de la alfarería.



TRES POEMAS ALFAREROS.
(Alfarería “Los Puntas”).


I

Si hubieras anunciado tu llegada entre nardos
perfumados de almizcle, triunfante dios al son
de un clarín victorioso; y si hubieras llegado
hasta mí revestido del sol más deslumbrante:
yo no podría nunca haberte conocido.
Pero vienes a mí con mandil alfarero
y, tomando del  barro, das forma a la figura
que se asemeja a mí e infundes en mi rostro,
soplándome, la vida. Luego, en mi misma arcilla,
tejida de hermosura, compañera me diste
para aliviar mis días de sed en el exilio.
Criaturas tuyas somos, facturas a tu imagen:
por qué tan desvalidos, por qué este desamparo.
Descendiste a nosotros como un dios alfarero
y barro moldeable fuimos entre tus manos.
Sólo en amor se crea y por amor se nace,
en amor cuanto existe. Sólo el amor perdura.
No se puede dar vida ni engendrar sin amor.
Tus manos amorosas nos acogen paternas,
ellas nos perfilaron y a ellas regresamos
proclamando tu nombre entre salvas y vítores.
Acógenos de nuevo, Tú que nos adamaste,
pues hijos tuyos somos: los hijos de la gleba.


II

Ese que hunde los dedos en el barro
y da forma en sus manos a la arcilla,
algo mágico, algún numen o duende
lo inspira y lo fecunda  en cuanto crea.
El que saca las formas de la nada
sabe que, ocultos,  duermen los perfiles
de estilizadas figuras que tienden
a forjarse por gracia del artista.
Barro y agua, blanda arcilla moldeable
que toma forma y, al fuego, consistencia,
en pos de urdir una imagen perfecta.
A la belleza aspira esa vasija
que ornamenta, con sus soñadas formas,
el rincón sorprendido, la asombrosa
esfera en donde ubica la mirada
su cobijo en el arte de la arcilla.
Fascina la destreza de las manos
que modelando el barro amorfo fueron
gracia iluminada, fugaz destello
por quien  fuera infundida en el asombro,
sorpresa de los ojos que la vieron.


III.

Imprime el pie su ritmo al torno
y el barro gira en manos, oprimido,
sabias manos que amasan,
dedos que a la arcilla pretenden,
materia  que por seducir compite
y se impone, doblegada materia
moldeable, dúctil, feble, si amable.
Qué gracia es ésta, si no baja
del cielo, arte si es que es divino,
Infundido por un sueño ligero.
Si para crear no has visto otros miembros
tan hábiles: mira con qué destreza
el artesano alcaller conquista
los volúmenes, traza los perfiles
y es señor de su objeto, oficio
que revela la inspiración suprema.
Es el logro de quien se sabe tierra,
el que con los dedos juega y el ingenio
en el alfar que alas puso a las manos.


                                 José Antonio Sáez Fernández.

viernes, 15 de septiembre de 2017

UN CUENTO DE MAX AUB SOBRE LA GUERRA CIVIL EN ALMERÍA.








   Max Aub fue un escritor español, nacido en París y fallecido en Ciudad de México (1903-1972). Hijo de padre alemán y madre francesa, vivió en Francia hasta 1914, en que se trasladó con su familia a Valencia. Empleado en actividades comerciales recorrió toda España y estuvo en el extranjero (Alemania, Francia, Rusia) para dedicarse luego de lleno a la literatura.
   En una primera época escribió unas piezas teatrales vanguardistas: El desconfiado prodigioso (1924), Espejo de avaricia (1927), Narciso (1928) y la novela Luis Álvarez Petreña (1934).
El estallido de la Guerra Civil lo sorprendió en Madrid, siendo enviado poco después como agregado cultural de la embajada española en París. En 1938 fue nombrado en Valencia secretario del Consejo Nacional del Teatro y, al final de la contienda, se exilió en Francia, desde donde fue deportado a Argelia en 1941. En 1942 se trasladó a México, donde permaneció hasta su muerte, exceptuada alguna visita que hizo a España. En ese período último realizó la mayor parte de su obra, en la que destaca la serie de novelas que lleva el título genérico de El laberinto mágico: Campo cerrado (1943), Campo de sangre (1945), Campo abierto (1951), Campo del Moro (1963) y Campo de los almendros (1967).
Escribió además las novelas Las buenas intenciones (1954) y Jusep Torres Campalans (1958).






—Y además no hables mal de Almería, porque no la conoces. A mí me gusta. Por lo menos me gustaba, ahora la habrán puesto a lo moderno. ¡Había unas casas de putas que daban gloria y el mejor cante de Andalucía!
El Cabezotas se ríe.
—¿De qué te ríes?
—De que ni es Andalucía ni nada y que eso es de allí. Y me estaba acordando de Escobar[1], uno que era brigada al empezar la guerra: el que ganó Almería.
—Nunca la perdimos.
—Pero estuvimos a punto.
—A punto se está siempre.
—La verdad es que dependemos de bien poca cosa.
—Según se mire. Somos una combinación de voluntad y azar. Mitad y mitad.
—Pareces de Bilbao...
—Claro que si tu padre no hubiera conocido a tu madre...
—Tú lo has dicho: el padre, la voluntad; la madre, la casualidad.
—O al revés.
—Entonces no hay por qué preocuparse.
—Según; y nos fusilarán o no, según las ganas que tengan.
—Algo más que ganas será.
—A lo mejor el jefe del pelotón que te toque es de tu pueblo y te deja libre.
—Si lo crees así, la astrología te lo haga bueno.
—No hables de lo que no sabes.
—Te desafío que salgamos afuera una noche clara y mires durante diez minutos las estrellas. En el campo, claro está, y no te sientas confortado con el gran manto. Por lo menos a mí, el mirar las estrellas...
—Te hace recordar al Caudillo.
—¿Quién te lo dijo, adivino?
—Me han hecho creer en ellas.
—No de la manera que lo dices. Pero me confortan, me reconfortan; es lo único que he sacado en claro de la guerra.
—Lo malo es que está lloviendo.
—Cerca del mar nunca se ven bien las estrellas.
—Pues aviados iban los marineros.
—No te he dicho en el mar sino en la costa. El mar, la alta mar, es tan buena como el campo en noche serena.
—Así que, a ti, ¿las estrellas te dan confianza?
—Sí. Allí hay algo. Algo más que en esta cochina tierra.
—¿Cochina tierra, Alicante?
—Cuenta lo de Almería.
—Allí fue como en casi todas partes el 18 de julio del 36. El Gobernador Militar[2], al pairo, esperando. Comprometido, pero esperando. Dando seguridades de su lealtad a la República, al Gobernador Civil[3] y, por otra parte, esperando órdenes, en ese caso del Capitán General, es decir de Granada.
—¿Y cuándo los de Granada se sublevaron?
—Intentó declarar el estado de guerra, detener al Gobernador, etc.
—¿Y?
—El Gobernador se resistió[4], en general, como todos.
—¿Qué tiene que ver ahí la suerte?
—El Gobernador, fundándose en nada, por chiripa, aseguró que el gobierno le enviaba refuerzos, que lo iba a fusilar si se atrevía a declarar el estado de guerra; y le llegaron los refuerzos de donde menos podía suponerlo: de Granada.
—Allí, en Armilla, que es donde está el campo de aviación de Granada, los aviadores fueron los únicos que permanecieron fieles a la República -hablo de cuerpo armado, así, en general. Los demás se cargaron al Capitán General y echaron la tropa a la calle. Los aviadores cogieron sus aparatos y se fueron a Los Alcázares, donde sabían que no había problemas. El problema era para los de a pie. Setenta. No cabían naturalmente en los aviones, ni había manera de que esperaran ahí, a que los cazaran. Los mandaba el brigada Escobar. Antes de echar a volar le dijeron: coge los camiones y procura llegar a Cartagena lo antes posible. Seis camiones con todo el armamento y parque que pudieron meter en ellos, y la ametralladora. Carretera adelante, llegaron a Adra. Allí los comités les cerraron el paso. No se fiaban. El alcalde dijo que tenía que hablar con el Gobernador de Almería. Lo hizo porque los de teléfonos seguían leales.
—Ves tú: si los teléfonos...
—Etcétera, etcétera.
—Déjale que siga.
—Habló el alcalde con el Gobernador, que estaba cercado en el Gobierno Civil. Bien dispuesto a morir, como un héroe de la República: sin hacer gran cosa. Cuando el alcalde de Adra le dijo de qué se trataba, el hombre vio el cielo abierto, pero como era republicano y naturalmente desconfiado, empezó a preguntarse que qué eran esos hombres que le caían del cielo. Ya había hablado por teléfono con Granada y la sabía perdida. Los republicanos, descreídos, no creen en milagros.
—Y así nos fue.
—Sólo se fían de la legalidad. Habló con Escobar, que estaba negro: «¡Quiero llegar a Cartagena! ¡Debo llegar a Cartagena!»
«Un momento.»
El Gobernador habló con Los Alcázares. Le avalaron a Escobar. Pero en la mente legal del funcionario se alzó una duda: ¿quién le respondía del comandante de Los Alcázares con el que acababa de hablar?
«Un momento.»
Y habló con el gobernador de Murcia. Menos mal que dio con él, después de hablar con el Presidente de la Audiencia. Y volvió a llamar al alcalde de Adra.
«Que vengan. Pero no van a Cartagena sino que se quedan aquí.»
«Eso no es cosa mía.»
Así se salvó Almería[5].
—¿Con setenta hombres?
—Bien armados, en camiones. El Gobernador pidió además que unos aviones de Los Alcázares se dieran una vuelta por allí arriba. Los militares de Almería creyeron que se les venía el mundo encima. Se rindieron.
—No veo de qué presumía tu Escobar. Fue una casualidad en la que entraron muchas otras en juego: hasta los sublevados de Granada.
—Pero ¡quítales a los hombres creerse designados por Dios! Por cierto que al Gobernador de Almería tus amigos los anarquistas le jugaron una sonada y si no es por un jardinero de la condesa de Parcent, no lo cuenta.
—Puesto a contar, sigue. El que habla, descansa.
—A poco de rendirse los militares, fondeó el Jaime I, los mandos de la FAI, y empezaron a obligar a llevar al acorazado víveres como si se tratara de abastecer a una ciudad entera y a poner multas de órdago. El Gobernador consiguió de Madrid que dieran órdenes de que el barco regresara más que de prisa a Cartagena. Allí se investigó y metieron a unos cuantos en chirona. Inútil decirte la que se armó entre la tripulación: salieron dos coches, con unos cuantos bragados, hacia Almería, para ajustarle las cuentas al Gobernador de marras. Menos mal que estaba en Madrid y al enterarse, allí se quedó.
Renunció.
—¿Qué era?
—De Izquierda Republicana.
Templado se ríe.
—¿De qué te ríes?
—Pero supieron dónde vivía y fueron a por él. Lo llevaron a uno de sus cuarteles. Es una manera de hablar. Menos mal que todavía fumaban todos y se olía menos a sudados. Se los iban llevando poco a poco: bien juzgados. Y si no es por un jardinero, que lo conocía, de Ronda -el Gobernador era de allí-, se lo cargan.
—¿Tú crees que así podíamos ganar la guerra?
—¿Por qué no? Cosas peores pasaron en Francia en 93, que diría don Juanito[6] y ya ves.
—Pero allí crearon el ejército. Y nosotros lo hicimos polvo.
—Dirás mejor que fue el ejército el que nos hizo papilla.
—También tienes razón.
—¿Y qué pasó con tu Gobernador?
—Santo Domingo, Panamá —creo— y México. Bueno: México, la capital, no. Era el tiempo en que los médicos creían que su altura afectaba el corazón. Se fue a Cuernavaca, puso un ultramarinos, una tienda de abarrotes como dicen allá, trajo las cosas de España que allí se aprecian: nueces, avellanas, turrón, chorizos, manchego, algunas latas.
—¿Qué allí no hay?
—Sí, pero los españoles dicen que los españoles son mejores. Cuentos, pero negocio. Lo grande es que le reconoció uno del Jaime I que también andaba por allí de achichincle del Gobernador, bueno: de hazme todo un poco. Entre otras cosas de periodista. Y empezó a no dejarle vivir con notas esas sí envenenadas y no el jamón que acusó. Y acusó a los inspectores de Hacienda. Total que le hizo la vida imposible.
—¿Quebró?
—¡Qué va! Los españoles, fuera de España, parecen judíos o alemanes. Alcázar, que así se llamaba el ex anarquista, no contaba con que el ex Gobernador de Almería chamullaba el inglés. Tan pronto como hubo cambio de Gobernador en Morelos —Cuernavaca es la capital de Morelos—, mi hombre puso un hotel para gringos; un hotel muy «colonial» y cómodo y con comida insípida y se hizo rico en medio de un jardín espléndido, con buganvillas, flamboyanes, llamaradas, tabachines, tulipanes, geranios, rosas, claveles, alelíes, nardos, flores de la India, acacias, jacarandas, nochebuenas, rosas de laurel, que es como llaman allí a las adelfas, lirios...
—Para ya, pesado.
—Y publicó su libro.
—Que hay más acerca de aquella guerra que flores por allá.


                                                                     Max Aub.


[1] Brigada Juan Escobar Montoso, del aeródromo de Armilla (Granada). [Notas de Mª Paz Sanz Álvarez]
[2] El gobernador militar de Almería era el teniente coronel Huerta Topete, que recibiría en la madrugada del 19 de julio un telegrama de Franco ordenándole declarar el estado de Guerra, tomar el mando y ponerse a sus órdenes. Mostró una actitud equívoca: por un lado se mostraba partidario de la legalidad, después afirmó que él dependía de Granada y ésta no se había sublevado. Además Huerta mantuvo contacto con el gobernador civil, Peinado, hasta el mismo instante de la insurrección en Almería, el 21 de julio. Finalmente se rendiría ante la amenaza del destructor Lepanto, fiel a la República, de bombardear la ciudad si no se rendían los rebeldes.
[3] Juan Ruiz-Peinado Vallejo, gobernador civil desde febrero hasta octubre de 1936.
[4] César Torres, el gobernador civil de Granada fue asesinado por los sublevados.
[5] La llegada de los soldados de Aviación desde Adra y la del destructor Lepanto, mandado por don Valentín Fuentes, decidieron la situación de Almería en julio de 1936.
[6] Juanito Valcárcel, personaje de Campo de los almendros, chamarilero gran aficionado a los libros sobre la Revolución francesa. En el puerto de Alicante se vuelve loco y pronuncia un discurso subido a una farola (los locos siempre dicen verdad).