viernes, 12 de agosto de 2016

SABER ESCUCHAR.





   El mundo necesita gente que escuche y no que finja escuchar. Hay quien exige de los demás la atención que él no dispensa. Si tú buscas a gente que sepa escuchar, has de buscarla hoy como el filósofo que andaba a pleno día con el candil encendido buscando a un hombre en medio del mercado. Hoy todo el mundo quiere el protagonismo para sí y convertirse en centro de atención para los demás. Quizá sea porque todo el mundo va a lo suyo y nadie repara en nadie que no sea satisfacerse a sí mismo y a su necesidad de ser escuchado. Pero la mayoría es incapaz de mantener la atención y hay gente que sólo se oye a sí misma. No parece haber nadie que no reclame la atención para sí y cada uno entiende que lo suyo es lo más importante, lo esencial y sustancioso que no debe quedarse sin ser dicho. Apremiamos a los demás con la necesidad de que se nos escuche, los interrumpimos y nos atropellamos en un diálogo de sordos donde la conversación se rompe y acaban creándose varios grupos con diferentes interlocutores donde sólo debería haber uno. ¡Cuántas veces se deja hablar a alguien pero no se le está escuchando! Hay quien no se siente nunca satisfecho de reclamar la atención sobre sí y la requiere, pero también hay quien finge escuchar y no escucha. Pareciera que el saber escuchar se ha convertido en un don, en un carisma, en un signo de distinción para quien lo practica con diligencia y hasta con amor. Lo difícil no es saber hablar, sino saber escuchar sin interrumpir, poniendo todas las potencias físicas e intelectuales de nuestro organismo en captar y entender el mensaje que a nuestro alrededor se nos transmite. A veces es tal el ruido que se hace imposible no sólo escuchar, sino también procesar la información que recibimos. Hay demasiada oferta de ruido y déficit de atención. Tenemos empacho de ruido, estamos saturados de él. Hay demanda de gente que sepa escuchar y la atención está muy cotizada.




   Escucha quien está preparado para escuchar, quien se ha ejercitado en ello y para ello. Quien ha hecho el silencio dentro de sí mismo y se ha hecho al silencio. Quien ha aprendido a escuchar en el silencio los sutiles mensajes que al común de los mortales escapan en forma de detalles. Para saber hay que oír y procesar lo oído. Si quieres procesar lo escuchado tienes que hacerte al silencio y no estar rodeado siempre de ruido. Quien está adiestrado al silencio capta dimensiones del mensaje a las que no accede la mayoría. En medio de la marabunta, del jaleo ensordecedor en que vivimos y  nos desenvolvemos es muy difícil poder escuchar. Nos hemos vuelto voceros que gritan o pregonan su mercancía en medio del mercado. Pero qué dulce es al espíritu escuchar, sentir y dejarse tocar por las palabras del otro y responder a ellas con las nuestras precisas. Las palabras justas, las bien dichas, ésas que reconfortan y alientan, consuelan o curan los males del alma. 

                                                 
                                                                       José Antonio Sáez Fernández.

lunes, 25 de julio de 2016

VERSOS EN LA AUSENCIA DEL DOCTOR DON JOSÉ ANTONIO GARCÍA RAMOS.





(De cómo el poeta recomienda a su amiga abandonar su confinamiento de dolor para ponerse al servicio de los otros desde el ejercicio de su cargo, continuando la labor más valiosa del compañero ausente).

                            
                                     A Mari Carmen García Morales y a su familia.




A veces, en la noche, abres los ojos y tus pupilas
se extienden sobre las tinieblas de la alcoba en penumbra
para comprobar si la claridad se filtra  
por entre los visillos y las rendijas de la ventana.
A las sombras se hace la mente confusa
y vuelves a entornar los ojos, por si acaso dormitas.
Mas, luego las ideas ponen cerco al instante, enredan la memoria
las plantas trepadoras, los pensamientos crecen
y acuden al recuerdo como un ajuar revuelto en la hilera del sueño.
Pero entonces percibes que la claridad toma sus posiciones
por la oscura extensión de la estancia en la umbría,
y te afianzas en la aurora de un no alcanzado orto, 
porque con él adviene la oportunidad de entregarte
a esa delgada luz que alienta ya en tus manos, que fulgura en tus ojos,
que brilla en las mejillas y en el sudor perlado de la frente,
revelando al oído las palabras certeras y atinadas
para encender en el corazón la hermosura del mundo
que nos aguarda fuera como un ascua en los dedos.
La vida es el milagro, no lo dudes ahora.
Te dejarás querer para que así te quieran,
te harás querer, seguro, querrás a cuantos quieras
cargados con los fardos de sus muchos dolores;
como si él lo hiciera, resolverás sus miedos
y sus arduos pesares y habrás de confiarte en secreto a ti misma: 
"Regresa ya, no temas, estás en compañía,
la cancela está abierta; sal a ella y comprueba que muchos 
te requieren, cuánto puedes hacer por quienes allí esperan,
por aliviar su carga con la tuya liviana".
Tú naciste para querer y por que te quisieran,
y más para ayudar, para que te ayudaras,
porque tienes la fuerza y el pulso con que hacerlo.
Tu dolor no es sólo tuyo y a ti te pertenece.
Dilo si crees ahora porque el mundo es injusto,
dilo bien que se escuche: que la vida es injusta,
que es amargo el olvido, que con sangre escribimos,
di todo cuanto quieras para dejar el cerco
de dolor que te oprime; pero no te acobardes
y no permitas nunca que ese dolor te anule,
porque las manos fueron para alivio y consuelo,
porque crecen en tus labios las palabras rotundas
que nunca has pronunciado y dejas que florezcan.
Entiende que no es sólo tuya esa carga de amor
que en tu interior se crece: a los otros la debes,
con ellos es la deuda que se te da en un reto.
Administra ahora el pan que se desmiga, 
reparte cuanto atesora el corazón dolido
y crécete despacio: eres la harina candeal que amasan 
los que de ti aguardan el milagro con que alivias
la tristeza de un porvenir de espumas y silencios;
pues como el trigo eres, dispuesto a la molienda.
No te crezca el dolor y sal ya de tu pena, te lo exigen los tuyos.
Te está esperando el mundo, tu gente, toda la gente aquella
que te quiere y que aguarda de ti la luz que el mismo día
te diera esta mañana, cuando rompió la aurora
la estancia iluminada de un corazón que espera,
maduro para el sueño.

                    
                                      José Antonio Sáez Fernández.


lunes, 18 de julio de 2016

"LA DEUDA GRIEGA", DE MANUEL MOYA.







El escritor onubense Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960) viene dando pruebas de su maestría en el cultivo del relato y del  microrrelato con obras como La sombra del caimán (2008), Caza mayor (2014) y Ningún Espejo (2015), las cuales le han hecho merecedor del premio de la crítica andaluza y, en dos ocasiones, ha sido finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España. Su presencia en prestigiosas antologías es notable; así en Mar de pirañas, ed. de Fernando Valls, en Ed. Menoscuarto; o Antología del microrrelato español (1906-2011), ed. Irene Andrés-Suárez, en Cátedra. Moya es además autor de cuatro novelas, traductor (especialmente de Pessoa) y muy reputado poeta.

   Con La Deuda Griega (2016), publicado por Ediciones El Rodeo, el escritor de Fuenteheridos realiza una importante aportación a su ya más que notable currículum bibliográfico en torno al subgénero narrativo del relato y del microrrelato, pues de ambos tipos de textos se entremezclan en el mencionado volumen, con un total de setenta y tres. Con título de tan reconocible actualidad política y económica el escritor quiere dejar constancia que, para él, la deuda griega es la que tiene contraída la cultura occidental con la Grecia clásica, gracias a la cual nos reconocemos e identificamos. Así queda puesto de relieve en la nota preliminar que nos introduce a los textos que se integran en el presente volumen. Haciendo uso de sus mitos literarios, con versiones y contraversiones de los mismos, volviéndoles del derecho y del revés, Manuel Moya ha conseguido un libro unitario en su temática y sugerente siempre en el uso del lenguaje; dos características que, a mi juicio, definen a un escritor generacional de fuste; a saber: el tratamiento novedoso de los temas y el uso peculiar del lenguaje, su especificidad, actualidad y vigencia. Ambas características se dan sobradamente en la obra de Manuel Moya, cuyo talento queda puesto de relieve en ésta como en otras obras salidas de su pluma. En el escritor de Fuenteheridos destaca en forma sorprendente la frescura y lozanía, la vitalidad con que hace uso de un lenguaje tan actual y vivo para regenerar los mitos antiguos; su visión de los mismos para recuperarlos y dotarlos de plena vigencia. Su tratamiento singularísimo del lenguaje, que no repara en acudir a giros y expresiones coloquiales para transmutarlos y darles categoría literaria con usos y asociaciones sorprendentes que encandilan al lector, hacen de él un escritor muy sugerente y de la lectura de su libro una gratísima experiencia intelectual y artística. Temas y personajes como los del Minotauro y el laberinto de Creta, Sísifo, Ulises, Penélope, Heráclito, Sócrates, Zenón, Héctor y Aquiles, Narciso, etc., junto a términos, versiones y revisiones, como digo, que añaden chispa y sustancia, ingenio y matices a lo expresado de van desglosando en el volumen con la ligereza y amenidad que el lector tanto agradece devorando con fruición sus páginas. 


Si a todo esto unimos el profundo humanismo, la solidaridad y el compromiso que destilan sus relatos tendremos en Manuel Moya a un escritor vinculado con el momento histórico y la sociedad que le ha tocado en suerte, pero cuyo compromiso es fundamente con el hombre de ahora y de siempre. Rupturista a menudo y provocador otras veces, sus guiños culturalistas son muy frecuentes y buscan la complicidad del lector. Manuel Moya es, en fin, escritor de muy variados registros narrativos y domina con maestría cuantas técnicas pone a su disposición el género.
Por todo ello, y como ya viene siendo habitual, los lectores y críticos avezados no han de quitar la vista de la trayectoria seguida por este autor de fuste, cuyo talento es, a mi parecer, innegable.



                                                                         José Antonio Sáez Fernández.

sábado, 16 de julio de 2016

EL SUEÑO DE OMALQUIRÁN (y IV).




   Juzguemos ahora, mi pequeña Omalquirán, aquello que aflige a tu corazón. Has de saber, hija mía, que al igual que la felicidad ronda los días de los hombres, mayores son las aflicciones y congojas que acampan con nosotros en nuestro paso por la vida. Las preocupaciones de un gobernante son tantas y tan continuas que apenas si encuentra éste lugar para el sosiego en el ejercicio de su responsabilidad. Yo ambicioné que en mi reino existiese un espacio para el cultivo del espíritu y lo defendí a toda costa siendo dadivoso con los poetas y los sabios que hasta mí acudieron en busca de refugio, protección y amparo. Pero siempre he sabido que mis enemigos ansiaban hacerse con él, pues miraban con envidia su prosperidad y el alto nivel de vida de sus habitantes. Los almerienses somos gentes nobles y biennacidas que sabemos cumplir con nuestros compromisos, respetando los pactos y acuerdos que alcanzamos con los reinos vecinos. Más Sabe, hija mía, que la ambición humana no tiene límites y que ella perturba las mentes de los hombres, a la par que envenena su corazón. Necios somos los mortales cuando creemos que en el oro y la plata están las verdaderas riquezas que pueden conducirnos a la felicidad. Riquezas son, en verdad, pero caducas y perecederas, pues que extravían al hombre y lo arrastran hacia su propia perdición; endurecen su corazón y lo vuelven codicioso y avaro, acaparador y receloso de sus semejantes. Tardo o temprano vendrán sobre nosotros, hija mía. Las alianzas y ejércitos que viste en tu sueño, tarde o temprano caerán sobre nosotros».


   En diciendo esto, Omalquirán contempló el rostro iluminado de su padre y vio correr las lágrimas por sus mejillas. Entonces ella le preguntó amorosa: ¿Lloras, mi señor? A lo que él respondió: «Mi amada hija, lloro porque sé que la sangre ha de correr inevitablemente un día no lejano por las calles de esta ciudad. No lloro por mí, sino por mis súbditos, que han de verla bajar desde la fortaleza, serán expulsados de sus casas, privados de sus haciendas y forzados a un injusto exilio. Porque nosotros no somos extranjeros en esta tierra, que con toda justicia es nuestra tierra. El suelo que pisamos es nuestro suelo y en él tenemos raíces tan profundas como las de los más añosos árboles que nos dan sombra y nos abanican con sus ramas. Quizá algún día puedan convivir, en la tolerancia y el respeto, diferentes razas y culturas bajo este mismo sol, bajo este mismo cielo y sobre este mismo suelo. Porque de no ser así, los hijos de al-Ándalus se verán abocados a un perpetuo sufrimiento y la vida se convertirá en una carga insoportable. Entiendo que el Todopoderoso no nos creó para sufrir en un estado de perpetua desventura, sino para la felicidad y el gozo, y que nos hizo superiores a todas las demás criaturas para darnos la oportunidad de avistar la gloria venidera ya en este mundo. Ve, pues, tranquila, hija mía. Da sosiego a tu corazón y regresa a tus aposentos. Dios te ha dado el don de la poesía, que no es sino un privilegio, una suerte de lucidez y de revelación que te ayudará a entender el alma humana. Acude a ella y sé dueña y señora de ti misma, de tu vida y de tu destino; mi querida Omalquirán, mi dulce, mi pequeña niña. Anda, ve. Debes irte ya, pues he de atender a mis quehaceres».





  Una vez pronunciadas estas palabras, mi rey y señor Almotacín besó la frente de su muy amada hija y me dejó marchar, sumido en el más absoluto de los silencios. El sol se ponía ya sobre el horizonte y las sombras iban apoderándose de la estancia de palacio en que había tenido lugar el encuentro entre padre e hija. Yo sentí entonces que algo muy grande crecía dentro de mí y se agigantaba. Nunca podré olvidar aquella conversación.
Aun hoy me parece escuchar la voz de mi padre y sentir su mano acariciante que alisaba mis cabellos, mientras apretaba dulcemente mi rostro contra su fornido pecho y yo escuchaba los latidos acompasados de su corazón.
                                                                                ***

   Una esclava me anuncia la llegada de mi amado Asamar. Acaba de llegar de Denia a lomos de un corcel sudoroso por el azogue continuo del camino. Toda distancia es demasiado dolorosa cuando se ama. Largos los días, insufribles las horas sin la presencia del amado.Daría en escribir un tratado sobre la separación y el reencuentro de los enamorados. No me sería difícil, dado que bien conozco los rigores de la ausencia y los gozos del reencuentro. Tañera dulcemente el laúd mi esclava mientras lo componía y vendría a mí la inspiración
precisa para dar con las palabras certeras. Es la separación de los enamorados como muerte en vida, pues no se vive aunque la vida no nos haya sido realmente arrebatada. Resulta un sinvivir el estar privada de las caricias, los labios y el dulce aliento del amado. Pues no vives en ti sino por él, languideces y declinas cuanto la vida pueda ofrecerte, ya que sabes no has de compartir las dádivas y los temores que el existir conlleva. Y no anhelas otra cosa que al amado susurrándote al oído palabras de amor. Y mueres al sentir sus labios que oprimen los tuyos en la llama del beso. Sueñas con reposar tu cabeza sobre su hombro, sintiendo al par sus fornidos brazos alrededor de tu cuerpo, al que anudan como en una lanzada circular. Y luego vas y te dejas, y te abandonas y cedes a la corriente que te arrastra en su vorágine. Entonces es cuando se inicia la ceremonia que celebra el origen del mundo. Todo vuelve al origen. Y siendo dos somos uno en el otro y otro en el uno. Juntos vemos nacer el día, pues nos despierta el alba renacidos, resucitados e invictos, con el semblante iluminado por gracias de los ojos que te miran apaciblemente, con tanta gratitud y en semejante estado de gracia. Sin duda, debe el amor conducirnos a través del sendero trazado por el Creador, pues qué sería de la vida de los hombres sin amor.




   «Ven junto a mí, me dice, apoya tu cabeza en mi pecho florido. Deja que acaricie tus cabellos y aspire la fragancia con que tus esclavas han perfumado tu nuca y tus muñecas. Permite que me adentre en la noche encendida de tus ojos y pose en tus pupilas las mías que velan al raso de tus cejas. Hazme contemplar tu rostro. Oh, Dios, que no concluya nunca este instante; detente, tiempo que tan cruelmente avanzas sin detener tu veloz carrera, como el caballo que no ve más que la línea de meta y no ceja hasta alcanzar la victoria; que no canten los gallos y suene apaciblemente el rumor de las olas cercanas. Duerma mi amada junto a mí y vele yo su sueño, pues tan plácidamente me muestra su dulcísimo rostro y tan ajena resulta ahora ante dolor y los temores que perturban su corazón anhelante».
   Debió de ser así, pues de este modo perduran los hechos en mi memoria. Fuera mi amado para mí y yo fui para mi amado. Para él compuse muy inspirados versos, pues no existe fuerza más poderosa en este mundo que el amor. En ellos mostré el desgarro de la ausencia y la desolación del alma que anhela la presencia. Mas tú que lees estas líneas has de saber que si el amor merecer perdurar por encima del tiempo; del mismo modo, la memoria de mi padre, Almotacín, el monarca más noble y generoso que vieron pasar los siglos, merece figurar en los libros de historia y en el corazón de las gentes, para honra y gloria de su nombre y el de su amado reino.          


                                                                                           José Antonio Sáez Fernández.


                                                
 

jueves, 14 de julio de 2016

"EL SECRETO DE LAS BEGUINAS", DE PEDRO M. DOMENE.




El escritor y crítico literario Pedro M. Domene (Huércal-Overa, Almería, 1954) ha publicado su cuarta novela, El secreto de las beguinas (Madrid, Trifaldi, 2016), en un proceso de maduración estilística digno de ser apreciado y estimado. Tras una primera entrega Después de Praga nada fue igual (2004), que mereció el II premio de novela juvenil Los Pedroches y que fuera publicada por editorial Anaya, de la cual se han realizado dos ediciones hasta el momento; vino después Conexión Helsinki (2009), aparecida en la misma editorial, y posteriormente Las ratas del Titanic (2014); todas ellas dirigidas esencialmente a los lectores más jóvenes. En esta cuarta novela, que yo calificaría de “novela puente”, en cuanto puede observarse en ella un cambio sustancial respecto a la trama narrativa, que se complica notablemente y que la sitúa en el ámbito de un público lector mucho más amplio que el juvenil; al igual que un lenguaje urdido con voluntad de estilo, tanto más pulido y trabajado que en sus entregas anteriores. 


El nexo de unión o el hilo conductor con sus novelas juveniles anteriores radica en los personajes de los dos hermanos viajeros que se deciden a emprender una investigación sobre un suceso acaecido en la ciudad de Brujas en el siglo XVII: el auto de fe seguido contra una forma de vida, elegida por algunas mujeres ya desde el siglo XII, que decidían libremente vivir en comunidad en un beguinato, declarados patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998 (manzana de casas unidas con un patio central y bajo la autoridad de una supervisora, pero sin formar parte de ninguna congregación religiosa ni, por supuesto, realizar votos). Estas mujeres atendían a enfermos y desamparados, regentaban escuelas y orfanatos, a la par que vivían de su trabajo relacionado con la lana, el bordado, etc. Los sindicatos recelaban de ellas porque entraban en competencia para ellos desleal y la iglesia católica las miraba también con recelo porque no estaban sometidas a ninguna autoridad eclesiástica ni masculina. Pues bien, durante el sitio de Ostende, un capitán español cae herido de gravedad y es acogido en el beguinato de Brujas. Allí es atendido por Elisabeth, una joven casada que ha sido confiada al beguinato por su esposo durante una larga estancia de éste fuera de la ciudad y con la que al parecer huye el capitán, tras el proceso inquisitorial que se les sigue a las beguinas y por el que fueron llevadas a la hoguera, tras ser cruelmente torturadas.  

Estas mujeres, para algunos sospechosas de dejar morir a los soldados españoles que llegaban heridos, acusadas de brujería y de invocar al diablo por la inquisición, han seguido existiendo a pesar de persecuciones y devenires históricos hasta el año 2013, en que falleció en Bélgica su última representante.

Aparentemente, la trama sigue al menos dos líneas narrativas fundamentales: una que podríamos llamar de investigación, que corre a cargo de los dos hermanos, Diego y Jorge, narrada en primera persona por un narrador autobiográfico,  testigo y partícipe de la investigación; y otra que podríamos calificar de histórica, basada en los hechos acaecidos en 1604 en la ciudad de Brujas y en el sitio de Ostende; esta segunda narrada en tercera persona por un narrador omnisciente. Personalmente, no considero que esta novela pueda calificarse estrictamente de histórica, aunque algo o mucho tiene de este subgénero narrativo. La trama se desarrolla en 28 capítulos en que se alternan los dos tipos de narradores, de manera que ello dota de amenidad a la lectura, pues se trata de una obra que se lee con fluidez.


Por otro lado, el autor ha sabido mantener el interés del lector hasta el final de la historia, desvelando muy despaciosamente y en pequeñas dosis los detalles del “secreto” de que habla el título de su obra. Ello puede conducirnos a pensar que su propósito era escribir una novela de suspense o de intriga (también de ese subgénero reúne características esta historia), dejando un tanto la resolución del final a la imaginación del lector, para que éste saque sus propias conclusiones o realice sus propias conjeturas, por ejemplo en lo que respecta a si el personaje de Elisabeth huye finalmente con el capitán español. No todo queda definitivamente resuelto, atado y bien atado, por decisión del autor, en la resolución del conflicto, aunque sí suficientemente.
   El secreto de las beguinas supone, a mi juicio, un salto considerable respecto a las pretensiones narrativas y de estilo en el escritor Pedro M. Domene, relacionado con la búsqueda de un público lector más amplio que al que se había dirigido hasta su tercera entrega narrativa. Y es, quizá, una novela puente, con un nivel de elaboración y rigor mucho mayor que en sus tres entregas anteriores, pues supone un gran salto entre las dos orillas de un posible público lector.

                                                                                    José Antonio Sáez Fernández.


miércoles, 13 de julio de 2016

EL SUEÑO DE OMALQUIRÁN (III).




  En días como este, salgo a los patios ajardinados de la fortaleza, aprovechando las horas en que el sofocante calor aún no ha desplegado sus dominios por entre los árboles que dan sombra y frutos sabrosos del tiempo. Aún es posible aliviar los rigores del verano. Y voy deambulando entre la vistosidad y el colorido de las flores que me regalan con su delicado perfume, el cual resulta como un alivio a mis sentidos. Ay, la belleza… La belleza es el alma del mundo y yo me entrego a ella como a Asamar entrego mi alma y mi cuerpo todo. La belleza es efímera, como lo son los días felices del hombre sobre la tierra, como estas flores alegres y vistosas que ahora rozo con mis dedos, como si temiese herirlas o como si me roce pudiese herirlas. Así mi corazón, al igual que ellas, en este naufragio de los días insulsos en los que pareciera que más que vivir hubiese muerto. ¿Quién dirá mi nombre? ¿Quién lo pronunciará con temblor en sus labios agonizantes? ¿Quién lo bendecirá y lo besará con la pasión que puso en mí mi amado Asamar? Omalquirán… Porque tuviste el mundo en la palma de tu mano y te supiste joven y eterna, de la misma factura que la del Creador. Admirada y elogiada hasta el agotamiento, querida por sus súbditos hasta la saciedad; tu nombre: un imán que atrae a viajeros y comerciantes venidos en sus naves desde los confines del orbe. Tu bendito nombre que, a no tardar, ha de ser ceniza aventada por la brisa del mar en la noche de los tiempos. Lo gritan ahora las almenas dormidas de La Alcazaba, donde silba el viento de levante; y lo silban los pájaros en su canto gozoso que deleita tus oídos y va, como un blanco velero, transportado en la música de las aguas que discurren por los canales, dando riego al parterre y a los demás ornamentos florales, acariciados por tu dulce mirada. Ay de ti, afligida, que paseas tu congoja por los patios y los torreones de la fortaleza, divagando ausente en el recuerdo del recuentro. Largos son los días que hacen crecer la impaciencia y dilatan hasta lo insufrible la espera insatisfecha. ¿A quién acudir? ¿Con quién desahogar la angustia? ¿A quién confiar el desasosiego que aflige a tu corazón? Ni siquiera ha de saberlo tu madre, que ignora cuánto agota a tu pensamiento, ni tampoco tu padre y señor, el rey, tan ocupado en asuntos de estado. Duerme ahora que el sopor te vence y el cansancio tiende sobre ti su velo de silencio. Reposa sobre la almohada tu cabeza y extiende sobre ella tus cabellos perfumados para que pueda la brisa acariciar tu nuca. Deja que sea ella quien los bese, que sean sus labios quienes vengan a besar tu blanco cuello de cal y nieve juntas. Duerme un poco y olvida la congoja de tu corazón enamorado. Antes que otros días vengan a vestir de luto a los hijos de la media luna.




                                                                         ***

   Me he despertado sobresaltada. Los latidos ajetreados de mi corazón, que suena aceleradamente, se agolpan en mi garganta y en mis oídos. El sueño es culpable de esta zozobra, de este desasosiego, de esta inquietud en que me debato. En él veía soldados, ejércitos de soldados uniformados y dispuestos para la batalla que se dirigían hacia la fortaleza que nos protege. Era un ejército tan poderoso e innumerable como las arenas de la mar. Fulgían en el cielo sus estandartes, las puntas de las flechas despuntando sobre el carcaj y las lanzas, los escudos y corazas que protegían el pecho de los esforzados guerreros. Los rayos del sol se estrellaban contra el brillo cegador de sus alfanjes, los cuales resultaban deslumbrantes en la ardentía. Avanzaban por tierra o a lomos de briosos corceles y, desde el mar, en poderosas y fornidas naves empujadas por el viento de levante que les era propicio. ¿Adónde se dirigían, como en gigantesco y monumental éxodo, los hijos de la media luna, envueltos en nubes de polvo y al trote de sus caballos; mientras los defensores de la Cruz se disponían, por su parte, a abordar la bahía cercana a la ciudad que dormía confiada? ¿Quién pagaba la traición y qué mano fue la que tomó la bolsa? ¿Qué mentes urdieron la estrategia y envenenaron el aire con sonidos de caracolas y olifantes invitando al combate? Se arrodillaban los cristianos bajo la cruz alzada y recibían la bendición de sus obispos, mientras estos administraban la comunión a quienes se disponían a luchar por su fe en una cruzada contra el islam o a morir en el campo de batalla. Entre los musulmanes se llamaba a la guerra santa, pero en ambos casos era la codicia lo que alimentaba las mentes y hacía cundir el ardor guerrero en los corazones enloquecidos de los hombres. Nada más envidiado ni nada más ambicionado que la pacífica ciudad donde florecía el comercio y las fuentes del saber discurrían convirtiendo en fértil el erial de las mentes. Nada más ambicionado que la plácida existencia junto al mar azul turquesa que alimenta la prosperidad del pequeño reino. Se dijeron: «Confabulémonos contra los almerienses. Unamos nuestras fuerzas y caigamos sobre Almería al resguardo de la oscuridad, pues las tinieblas de la noche nos protegen. Arrasemos la ciudad y obtengamos el más fabuloso botín que los siglos vieron. Sean nuestras las sedas de sus 10.000 telares, los frutos de sus huertos y los peces de su bahía. Exterminemos a sus ancianos de níveas barbas y a los fornidos varones que la hacen próspera. Sean esclavos nuestros sus jóvenes y sus doncellas. Trabajen para nosotros y corra el vino en nuestras copas. Sellemos nuestro pacto y caiga de una vez el reino que guarda a la Ciudad de los Espejos, cuya luz es tanta que resulta molesta a nuestros ojos. Caigamos sobre ella como cae el céfiro sobre los campos de oro donde crecen las espigas curvadas bajo el sol o son movidas por el viento. Sean nuestros sus tesoros, tal la fama que corre en boca de marineros y comerciantes. Caiga Almería y bórrese de la memoria de las gentes la sonoridad de su nombre, pues que ofende a los oídos de sus enemigos». Así discurrían quienes tramaban la ruina de un reino donde la prosperidad de sus habitantes no tenía igual en el al-Ándalus bajo el gobierno de Almotacín.
    Omalquirán creyó haber tenido una revelación a través de su sueño premonitorio e, incorporándose sobre el lecho, se dispuso a correr, inquieta y azorada, hacia el encuentro con su padre, señor de los creyentes, el protegido de Alá. Debía, sin duda, poner en su conocimiento cuánto era el peligro que se cernía sobre el reino, advertirle de la amenaza que se disponía a caer sobre las cabezas de sus súbditos y de cuanto en su sueño le había sido revelado para que él se dispusiese a tomar las medidas que alertasen a los habitantes de la ciudad, ignorantes de un peligro cierto.
«Padre y señor mío –le dijo–, escucha de mi boca cuanto me ha sido revelado por los ángeles del sueño. Ve tú si has de considerarte advertido y juzga si has de alertar a tus súbditos contra las amenazas de tus enemigos. Tú que eres pródigo y no cejas de derramar la gracia de tus bendiciones sobre ellos, protegiendo sus vidas y sus haciendas. Sabe, pues, que los traidores confirman su alianza contra ti y quienes pactaron antes la paz contigo se disponen a dar el golpe mortal a tu reino cayendo sobre él». Así hablaba Omalquirán y las palabras se atropellaban en su boca como los niños ansiosos al salir de la escuela, tras largas horas de disciplinado aprendizaje del Corán. «Entiende, señor, por qué mi alma está angustiada y llena de oscuros presagios. Negras aves sobrevuelan en círculo sobre La Alcazaba, tiñendo de luto el aire. Dime si he de temer por mi ida, si hemos de temer por nuestras vidas, tú que eres nuestro adalid y nuestro guía, la fuerza de tu brazo es nuestra fuerza y tu confianza es nuestra confianza. Tal vez haya llegado el momento de marchar hacia Denia y ponerme bajo la protección de mi amado Asamar, pues su brazo es firme y su valor sin medida».




   Abrazaba el rey a su hija y la apretaba contra su corazón. Los latidos del uno y de la otra se escuchaban al unísono. Su cabeza perfumada reposaba junto al pecho de su padre y él acariciaba dulcemente sus cabellos, apretando los dientes para no dejar discurrir las lágrimas por sus mejillas. Finalmente, Almotacín se armó de valor y respondió a sus temores con estas inspiradas palabras: «Hija mía, la vida de los hombres es frágil y efímera. También lo es la mía. Yo no he de durar eternamente. Los hombres vamos y venimos, pero no permanecemos durante mucho tiempo en el mismo lugar. Así los beduinos del desierto, montan sus campamentos y los vuelven a levantar para continuar su marcha hacia ninguna parte, sabedores de que su estancia ha de ser forzosamente breve. Alá dispuso que nuestro paso por este mundo fuese transitorio y sólo él sabe cuánto han de prolongarse los días de los hombres. Los reinos de este mundo son también caducos y perecederos. Se suceden los monarcas, los imperios y las civilizaciones sobre la faz de la tierra. A un tiempo, se erigen palacios que producen la admiración y el asombro de los ojos; y a otro tiempo, son polvo calcinado que va en el viento. Nada hay permanente, duradero o definitivo. Todo es cambiante y mudable en cuanto nos rodea, y ello desconcierta, si no embarga de nostalgia y melancolía al corazón humano. Medidos, contados están los días de los hombres; pero has de entender, hija mía, que yo he de responder ante la historia que juzgará mi proceder, mis aciertos y desaciertos como gobernante. Nada hay comparable a saber que fui un rey amado por mis súbditos y que mi memoria perdurará en sus corazones, aunque yo me haya ido. Ya ves que sus labios bendicen mi nombre y con su gratitud me iré gozosamente el día en que algún misericordioso se digne cerrar la cortina de mis ojos. No has de temer por mí, pues tuve el privilegio de presencias acontecimientos a los cuales muy raramente tienen la suerte de asistir los mortales. De mis aciertos y errores respondo sólo ante Dios todopoderoso y ante mi propia conciencia, porque sé que cuanto hice fue buscando el bien y la prosperidad de mis súbditos. Estoy preparado para asumir el final y sólo me aflige alejarme de este mundo porque sé que en él habré de dejar a quienes tanto amo.


                                                                           José Antonio Sáez Fernández.

(Continuará).


domingo, 10 de julio de 2016

EL SUEÑO DE OMALQUIRÁN (II).





La nobleza e hidalguía del animal la había subyugado desde niña, tanto como los comentarios y el proceder con los caballos de quienes la rodeaban. En las cuadras de la fortaleza había alazanes tan hermosos como muchachos a quienes el viento ondeara las crines recién peinadas y brillantes, acicalados por los siervos a diario, en perfecto estado de revista, prestos para cabalgar, encaminarse a la caza o dirigirse a la batalla. Asamar aparecía ante ella semejando un corcel brioso de sin par belleza. Entonces cayó en la cuenta de que el caballo era un regalo de Alá para los mortales, pero un regalo compartido al que el mismo Alá no había renunciado. Quizás fuese como una encarnación de Dios o su manera de mostrarse a los hombres. Y estando sumida en estos pensamientos vino el sol a ponerse sobre la fortaleza, por lo que la estancia se fue quedando en sombras. En una especie de duermevela la sorprendió una de sus siervas, la cual vino a encender las mechas de aceite de lámparas y candiles para iluminar la habitación. Resultaba fascinante detenerse a mirar por unos instantes el fastuoso cielo sobre el que podía verse avanzar algunas nubes, las cuales dejaban pasar los rayos de un sol agonizante. La luz se derramaba por él como la sangre en los antiguos sacrificios a dioses desconocidos. «No hay más Dios que Alá» –se dijo– y en seguida escuchó la voz de la esclava que la invitaba a prepararse para la cena, tras la cual se reunirían los poetas de la corte de su padre y señor Almotacín, protector de exiliados y expatriados, de los perseguidos por causa de intrigas palaciegas o de los caídos en desgracia ante su señor, víctimas de insidias y envidias sinfín. La traición se había enseñoreado de los pequeños reinos musulmanes de al-Ándalus. Así la condición de los hombres. De todos los lugares llegaban hasta el reino de Almería, emporio comercial y asilo de expatriados, navegantes que venían a comerciar y a recalar en su bahía. Poetas, sabios, filósofos y teólogos que daban brillantez única a la corte del protector de los creyentes, los hijos de la media luna, hechos a la sensualidad de fuentes y jardines, de huertos y de frutos, de casas con soleadas terrazas y paredes enjalbegadas. Una vez realizadas las abluciones y dirigidas sus oraciones hacia el Misericordioso, recordó en ellas al joven Asamar y repitió en su memoria los versos que aquel día había compuesto para él, casi a hurtadillas, evitando miradas indiscretas:

¿Quién extraña el amor que me domina?
Él solo me mantiene,
rayo de luna que a la tierra viene
y con su amor mis noches ilumina.
Él es todo mi bien, toda mi gloria;
cuando de mí se aleja,
ansioso el corazón, nunca le deja
y le guarda presente la memoria.

De natural romántico y soñador, pero sagaz e inteligente como pocas, la princesa Omalquirán fue educada con los más egregios maestros del reino. De sus labios aprendió los secretos de zéjeles y moaxajas, estrofas de doble rima creadas por el poeta ciego de Cabra, Muccadam Ben Muafa, y popularizadas por Abén Guzmán en su Cancionero. En ellas se adiestró y perfiló su instrucción, como correspondía a la hija del señor de la Ciudad de los Espejos. En ellas formó su ingenio y dio muestras de su agudeza intelectual en la corte donde destellaban las mentes más brillantes de entre las ciudades de al-Ándalus, cuyo esplendor fulgurante el sol no oculte nunca.

                                                                                  ***

Hoy llegan hasta mí noticias del dueño de mi corazón y de mis pensamientos. Asamar. Repito su nombre una y cien veces al cabo del día, junto al de Alá y al de mi noble padre, el rey Almotacín, a quien el mismo Alá guíe y proteja de sus enemigos. Intuyo su presencia a mi alrededor y en ocasiones puedo notar el roce de su mano en la mía. Su ausencia me obsesiona a todas horas y en ocasiones me acucia la angustia pensando en que pudiera resultar herido de muerte en una escaramuza fronteriza con guerreros infieles. De su lealtad al servicio de su rey, de su nobleza, de su alto sentido del honor, de su valentía y del vigor de su brazo empuñando la espada contra sus enemigos son testigos cuantos le siguen en el combate. Nadie como él maneja el alfanje contra los hijos de la Cruz ni hay nadie más aguerrido entre los hijos de la media luna. Apenas tuve ocasión de avistarlo en algunas recepciones de la corte y de fijarme en él, pero ya conozco sobradamente cuanto necesitaba saber de su persona. Es tal su apostura y elegancia que otras doncellas de la corte sonríen maliciosamente al escuchar su nombre y más de una deja escapar un suspiro a su paso. Pero yo sé que él me corresponde y un día no lejano habré de hablar con mi padre sobre los desvelos de mi corazón enamorado. Rumores corren ya por la corte, pues imposible resulta a quien ama ocultar dónde reside el anhelo más íntimo de su alma. La enamorada palidece y tiembla ante el enamorado, perturba su semblante con sólo escuchar su nombre en boca de los extraños, se retira a lugares recónditos y aislados, pues no ansía otra compañía que la de la persona amada. Apenas prueba alimento alguno, pues su sustento es el hálito del amado y de día en día, privada de su presencia física, empieza a preocupar a cuantos la rodean y hasta da en enfermar:


Sí. Se extrañan justamente
del ímpetu de mi amor;
pero es que mi hermoso amado
para mí es igual al sol,
sol que por morar conmigo
dejase aquella región.
Él es mi bien: si él se fuera,
mi alma huyera de él en pos.

Examinada por los galenos de mi padre, oí decir un día que mi enfermedad no era del cuerpo, sino del alma; y que las enfermedades del alma acaso sean más difíciles de sanar que las del cuerpo. Comienza ya a correr entre los súbditos el rumor de que la princesa Omalquirán, tan pálida y demacrada, tan delgada y exánime, está enferma de amor. Y en ocasiones siento que me falta el aire, me sofoco y languidezco, me sobreviene el desvanecimiento y acuden solícitas mis siervas a aliviarme con el agua más fresca de los aljibes y las cisternas de la fortaleza, secan el sudor de mi frente con delicados pañuelos humedecidos, dan color a mis mejillas y me tienden sobre el lecho de sábanas de seda y claros cortinajes que me protegen del calor sofocante del verano y del frío en el invierno. Todos intuyen mi mal, que no es otro que la ausencia de mi muy amado Asamar. 



Él es el aire que necesito para respirar y no ahogarme en los despiadados calores del estío; él, la brisa del mar que llega a mi ventana cuando oscurece; él, el canto de los pájaros que dan abrigo a la melancolía; él, la música de los acordados instrumentos y el cantarcillo del agua en la alberca; él, el delicado perfume del jazmín, la vistosidad y el colorido de los geranios y él, también, mi medicina. Resulta un secreto a voces que la Perla de La Alcazaba suspira por un apuesto joven de la corte del señor de Denia, quien forma parte de su guardia personal. Iré hasta mi madre y le rogaré que interceda ante el rey mi padre para que pueda él mediar ante el señor de Denia. Si como sé, Asamar es de sangre noble y yo le amo y él me corresponde, ¿por qué imperiosa causa habrían de impedir tan pródigos gobernantes que cumpliésemos nuestro más firme deseo? Sabios y juiciosos doctores del reino me han recomendado que, para recuperar la salud, pasee a diario por los patios y jardines de la fortaleza, puesto que no me es posible abandonarla o salir de ella. Me dicen que el aire aquí es saludable y que me vendrá bien la brisa que llega del mar, aspirar el suave olor de las flores en la primavera, escuchar el canto de las alondras y contemplar el vuelo de las palomas de vistoso plumaje girando alrededor de las murallas. A las aves confío mi íntimo desasosiego y quisiera que ellas llevaran hasta quien yo sé, allá en la luciente Denia, el latido de mi corazón enamorado. Sin estar prisionera, prisionera me hallo entre estas altas murallas que me cobijan y protegen de cualquier amenaza. Id, volad y apresuraos, palomas mensajeras, emprended el camino del este hasta mi amado y decidle que la bella Omalquirán languidece por el lastimero dolor que le causa su ausencia. Y volved luego a mí, traed a mis ojos las palabras escritas por su mano, el temblor de sus dedos y el vigor de su abrazo. Que Alá lo proteja de insidias y de envidias. Que goce para siempre del favor de su señor. Y pues no vivo sin él, decidle que anhelo su presencia y el acento de su voz poderosa. Que venga a mí porque adolezco y me duelo, tan largos y hueros son mis días.

                                                                      José Antonio Sáez Fernández.

(Continuará).