sábado, 1 de noviembre de 2014

LA GRUTA Y LA LUZ.



   La poesía de Francisco Ruiz Noguera (Frigiliana, Málaga, 1951), surgida inicialmente en el ámbito de la influencia gongorina y siempre fiel a ella, ha ido enriqueciéndose progresivamente con la maduración personal, las experiencias viajeras y el arte (música, pintura, escultura, danza, etc.), tres pilares básicos de su lírico sentir. Del alto nivel de la consideración de su obra por parte de críticos y jurados literarios es muestra la amplia variedad y calidad de los premios que ha ido logrando con títulos como El año de los ceros (2002), El oro de los sueños (2002), Arquitectura efímera (2008), Otros exilios (2010) o La gruta y la luz (2014), libro este al que le fue otorgado el XVI Premio de Poesía Generación del 27; por citar sólo los títulos de su última etapa.


   La gruta y la luz resulta,a mi entender, un poemario ejemplarmente elaborado y dotado de un alto nivel conceptual, si así quiere considerarse. Ello no significa que la poesía de Ruiz Noguera esté falta de alma y de emoción, aunque quizás si pueda considerarse como conceptual y culta. Leyendo estos versos, acudirán a la mente del lector ecos de la poesía del mejor Jorge Guillén, aunque resultaría sumamente empobrecedor circunscribir el ámbito de las influencias al poeta vallisoletano. En efecto, uno tiene la sensación de estar leyendo a un poeta culto, señor de un lenguaje personal y que domina como pocos las formas líricas que le son tan familiares. Y hay emoción en su poesía, sí, una emoción que se despierta fundamente del arte y de la contemplación visual; esto es, del gozo estético que produce la contemplación de la obra de arte, en especial aquí de la pintura. Muchos son los pintores que le han servido de estímulo en su labor creadora, una amplia nómina de cuya modernidad doy fe. Los materiales de que se sirve el poeta malagueño pueden ser hondas impresiones, retazos y fragmentos que, a manera de collages, aparecen trazados en sus poemas; y no sólo de obras artísticas sino también de instantes vividos por el paseante urbano que se deja impresionar por la sorpresa de lo que, en ocasiones, bien pudiera parecer un mínimo acontecimiento. A través del cristal de sus gafas, el poeta sabe captar lo que de efímero y eterno hay en la belleza material. Sin duda es la suya una poética de lo visual y de su huella impresa en la sensibilidad del artista, quien acierta a apreciar la vocación de trascendencia que hay en la obra artística. Así, Francisco Ruiz Noguera parece considerar que la salvación del hombre y del mundo actual es posible a través del arte y de la creación artística.


  La gruta y la luz es obra que en sustancia trata el antagonismo existente entre oscuridad y luz. Si la realidad supone oscuridad, la luz viene proporcionada, como digo, por la obra de arte. Ya en las Soledades gongorinas se nos describía la gruta que servía de refugio al gigante Polifemo con magistral dominio de las más elevadas fórmulas del culteranismo. El arte, pues, tiene un poder tasformador en cuanto contribuye a dar luz a los espacios interiores de la "caverna" que carecen de ella. Algo así con respecto al alma del poeta o a su necesidad de cultivo espiritual, de enriquecimiento emocional, pues el caudal de emociones poéticas discurre sin duda paralelo a la provocación artística. El arte tiene vocación de eternidad y sobre él proyecta el artista, que además es hombre, su idéntico anhelo de permanencia o perdurabilidad. Podríamos decir así que un instante de belleza bien podría introducirnos en la eternidad o, al menos, impulsarnos hacia ella, crear en nosotros la ilusión o la certeza de que formamos parte de ella.

   La estructura del libro da fe de cuanto afirmo en este comentario, pues la primera parte lleva el título de "Interiores" y consta de 14 poemas. La segunda se titula "La mirada del paseante (Para una galería imaginaria de arte urbano)", con 17 textos. "Celebraciones" consta de 9 y de sólo un texto la cuarta parte, "Nuevo Límite" (esta vez aparece el aliento del poeta granadino Rafael Guillén, aunque en algún texto inicial se nos insinúa el de Cernuda). El "asidero plástico" y visual viene revelado al final del volumen, con los nombres confesados de los pintores que le han servido de inspiración para un despliegue verbal y conceptual que hace de la suya una voz tan personal como necesaria en el panorama de la poesía española actual.

                                                                                 José Antonio Sáez Fernández.

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