La
carne está sujeta al dolor como la rueda al carro, o como la soga al cuello del
ahorcado. Decir carne es decir dolerse, por lo que no hay carne viva sin dolor.
No te engañes, mortal, donde hay carne hay algo de placer y mucho dolor. Donde
hay carne hay sangre y hay vida. Nadie hay que no se pinche un dedo y no le
salga sangre. Donde hay sangre hay también dolor y pasión. Cada ser humano es
un viático y recorre su particular Vía Dolorosa cargado de materia, comido por
las moscas que acuden al sudor y a la sangre que mana o que se seca. Descalzo,
hincándose las piedras y cargando con tan pesada cruz que hunde a quien la
porta. Lo hace caer a tierra dañando seriamente sus rodillas con los guijarros
puntiagudos de la rúa arenosa. ¿Quién hay que no se duela al paso de la carne
andante cargada por el peso de su propia materia y con muecas de espantoso
dolor enrojecidas por la sangre que resbala goteando?
No
creas que la carne rehúye el dolor, el cual permanece en ella agazapado o más o
menos manifiesto. Y eso que es polvo enamorado, pegajoso polvo al mezclarse con
sangre. Es lo que saben muy bien las moscas que acuden ventajosas al festín del
crucificado, que es carne, que es materia y sangre, rojo líquido que la riega y
conforma. En la copa que te da a beber la vida hay sangre, que no vino, y en el
pan, hay carne doblegada, amordazada, vacilante. No puedes renegar de ella ni
negarte a beberla, a probar del bocado que se te ofrece con diligencia. No, si
quieres que la carne y la materia se remonten sobre la mísera realidad
cotidiana o el féretro a donde han de depositarse. Viene y va el mortal humano
doliéndose, retorciéndose, por la calle pedregosa que hace sangrar sus pies
descalzos. Va y viene el Hijo del Hombre con su corona de espinas, valiente rey
de quienes lo vitorearon y de las multitudes que aclamaron su nombre. Nadie hay
que pueda sanarle de sus múltiples dolores que son muertes, heridas de fluyente
sangre. Será quizá, al menos, entregado a su Madre para que cierre sus ojos
o sea Ella quien reciba el último aliento del Varón de Dolores exhale sobre su bello y
tocado rostro.
José Antonio Sáez Fernández.
